Un año de Gobierno tranquilo

Un año de Gobierno tranquilo
IOSU ONANDIA

Diez analistas políticos diseccionan los primeros doce meses del pacto PNV-PSE. Un Ejecutivo de cohabitación, en minoría y que ha buscado la estabilidad de la mano del PP vasco

EL CORREO
Ignacio Marco-Gardoqui Soy fan

Lo confieso. Soy fan del lehendakari, Iñigo Urkullu. Es un hombre afable, modesto y cercano en lo personal y administra lo público con mesura. Soluciona más problemas de los que crea. ¿Cuántos políticos pueden decir eso? Su primer año del segundo mandato ha sido una continuación de los cuatro anteriores. La coalición de gobierno ha funcionado sin grandes chirridos y las políticas desplegadas han sido muy similares.

Entre sus aciertos habría que situar el acuerdo alcanzado para apoyar los Presupuestos de Mariano Rajoy. Urkullu y su partido han utilizado un activo que vale mucho -los votos en el Congreso- para intercambiarlo en un asunto que nos trae casi sin cuidado -las Cuentas Generales del Estado-, valorado como si fuese una mina de oro. Justo al final del año, y aprovechando que el PP era necesario para aprobar los Presupuestos de la comunidad autónoma, ha conseguido vencer la presión del PSE y rebajar el Impuesto sobre Sociedades que creo y espero, era lo que deseaba.

Entre las carencias, echo en falta una mayor interlocución con las grandes empresas instaladas aquí -a quienes no sé por qué la mayoría de los agentes sociales y de la opinión pública vasca consideran unos intrusos incómodos y desagradables-, y, más aún, con las que podrían venir y no han venido. Cuando vemos las cifras del paro, y las de la inversión y las del I+D, etc... les extrañamos.

Por último, el mayor error me parece la escasa importancia que su Gobierno concede a la demografía. Este país se disuelve por el sumidero de la población. Carecemos de apoyo para garantizar las pensiones y de la regeneración necesaria para atender entre tan pocos activos a la enorme carga que supone sostener al cada vez mayor número de pasivos. Lo malo es que estas políticas son a tan largo plazo, que como no empezamos ayer, no lo solucionaremos mañana.

Olatz Barriuso Pacto acorazado

El primer año del segundo mandato de la ‘era Urkullu’ es también el primero del gobierno de coalición PNV-PSE, una alianza que devolvió a Euskadi a los pactos transversales de la etapa de Ardanza. La cuenta de resultados, doce meses después, arroja un saldo claramente favorable. Los firmantes celebraron en noviembre de 2016 su entente como un ejemplo para Cataluña y para España por su capacidad para tender puentes entre tradiciones políticas diferentes, y el lehendakari Urkullu confía ahora en que Cataluña se refleje en el espejo vasco tras el 21-D y ponga fin a una política de bloques que solo puede traer consecuencias funestas para el autogobierno.

Se confirma así la voluntad de PNV y PSE de blindar su acuerdo contra viento y marea por una cuestión de interés mutuo pese a que la aritmética, que dejó a las fuerzas del gobierno al borde de la mayoría absoluta, les obliga a incluir a un tercero en la ecuación. El PNV porque no dispone de otro socio más cómodo. El PSE porque necesita reforzar su presencia institucional.

Las discrepancias pactadas son elásticas: sirven para romper un gobierno cuando el mar de fondo lo aconseja -por ejemplo, en 1998, cuando el PSE de Nicolás Redondo vio posibilidades de triunfo electoral con un PNV embarcado en la aventura de Lizarra- y para mantenerlo cuando resulta mucho más cómodo mirar hacia otro lado. El PSE aceptará las exigencias fiscales del PP pese a haber hecho bandera de lo contrario porque no puede poner en riesgo la estabilidad del Gabinete con una prórroga presupuestaria.

El PSE se ha quejado de las veleidades pro independentistas catalanas de los jeltzales guipuzcoanos pero no ha pasado de la protesta formal. Su propia utilidad política se explica por su vocación de moderar a sus socios nacionalistas y evitar que se echen al monte. Si la alianza PNV-PSE ha sobrevivido al artículo 155 lo hará a cualquier cosa, incluso al derecho a decidir, un asunto en el que cada socio tiene libertad de movimientos.

José Luis Zubizarreta No dormirse en los laureles

Dicen que la democracia es un sistema aburrido. Si así es, la nuestra roza la perfección. Y no vea nadie en la afirmación un juicio peyorativo sobre cómo ha venido haciéndose política en Euskadi este año que cierra el primer aniversario del Gobierno de coalición PNV-PSE. Se trata, más bien, de una valoración sinceramente laudatoria. Porque, en política, lo contrario del aburrimiento no es la diversión, sino el sobresalto y la sobreexcitación que aquí tuvimos que sufrir hace no tanto tiempo y en otras latitudes parecen haber decidido imitar en los actuales. Después de tanta épica heroica, nada mal viene un prosaísmo que serene los ánimos.

La cuestión es ahora, una vez dada por buena este «aurea mediocritas» en que, por fortuna, vivimos, cómo logra el Gobierno preservarla a lo largo de la legislatura y qué piensa hacer con ella para no caer en la tentación de apoltronarse en la rutina. Lo primero, la preservación del sosiego, se verá sin duda amenazado por la propuesta de actualizar el autogobierno. Será en este punto donde el moderantismo que ha venido propiciado por el talante del lehendakari y la transversalidad de la coalición haya de erigirse en el bien superior a defender frente a intereses de parte que nos devolverían a viejas rencillas.

Lo segundo, el no apoltronamiento en la rutina, precisa de una sacudida que estimule la mejora en pos de la excelencia. El riesgo es aquí la autocomplacencia que tiende a dormitar en los laureles de la loa y la comparación facilonas. Más no es mejor. Educación, sanidad, servicios sociales o política lingüística y cultural merecerían una evaluación crítica que evitara el conformismo acomodaticio e hiciera que el impulso de los buenos viejos tiempos encontrara nuevos estímulos para huir de una mediocridad que distaría mucho, esta vez, de ser áurea.

Antonio Rivera De perfil (y) bajo

Max Weber profetizó que las sociedades de masas darían protagonismo a los liderazgos carismáticos. La fotografía del siglo XX lo es de retratos de grandes gobernantes, benéficos y perversos. De entonces a ahora todo ha cambiado. La sobreexposición, la rutina, la desacralización de la política y lo efímero de las reputaciones y de la credibilidad han puesto de moda personalidades corrientes, ratificadas por la ciudadanía ante el estupor de quienes ven aún la política como pasión. Tanto desastre y viaje a la nada vistos invitan a apostar por personalidades templadas.

En días normales, el ciudadano ya solo le pide a su gobierno que no le incomode, que no le desangre, que no lo complique más y que le asegure los bienes y servicios a que le obliga su función. Cuando vemos que hace solo una década estábamos con el plan Ibarretxe a vueltas, hace menos con los pistoleros en activo y ahora mismo con el shock catalán, se agradece este estado de parsimonia que vive Euskadi y, de paso, la inane personalidad de su conductor máximo.

Toda realidad política busca dos cosas esenciales: proteger los valores del grupo y servir de instrumento para la disputa por los recursos. Lo primero, si eres nacionalista, se le supone; sobre lo segundo da cuenta la aprobación esta semana de la nueva ley del Cupo. Además, si en lo doméstico sigues la agenda y estrategias que marca desde hace años la santa alianza de jeltzales y socialistas vascos, el éxito está asegurado.

Una sociedad de más de 30.000 dólares per cápita sabe de sobra que su identidad nacional reposa en el bienestar y calidad de vida de su ciudadanía. Y tiene que ser muy frívola o apasionada para echar por la borda tanta dicha buscando la esquiva trascendencia de la política.

¿Todavía alguno se sorprenderá si afirmo que Urkullu es nuestro Rajoy?

Tonia Etxarri Adaptarse o sufrir

El primer aniversario del Gobierno de coalición entre el PNV y el PSE ha coincidido con la aprobación en el Congreso de la revisión del Concierto y la aprobación de la nueva ley Quinquenal del Cupo. Una consecuencia de la doble necesidad (la de Rajoy de ampliar apoyos en los Presupuestos y la de Urkullu de aprobar los suyos) y un triunfo de la negociación bilateral entre el Gobierno central y Euskadi.

A pesar de que este Ejecutivo ha legislado poco, aparte de los Presupuestos pasados, de que el paro subió en el tercer trimestre y de que el informe PISA ha vuelto a sacar los colores al sistema educativo vasco, el lehendakari se puede colgar la medalla de la estabilidad.

Se suele decir que el pesimista se queja del viento, el optimista espera a que cambie y el realista se dedica a ajustar las velas. Es lo que ha hecho Urkullu. Adaptarse. Ha preferido atender las exigencias del PP sobre la rebaja de impuestos a las empresas, negociándolo con los socialistas, que han tenido que hacer verdaderas piruetas sobre sus ‘líneas rojas’ en política fiscal, antes de quedarse sin Presupuestos.

El resto de sus compromisos van a un ritmo deliberadamente lento. El nuevo Estatuto sigue encallado. Las diferencias en torno al derecho a decidir impiden el consenso amplio que dicen perseguir. Su viaje a Quebec, que pasó más desapercibido de lo esperado al coincidir con la fuga de Puigdemont a Bruselas, sirvió para lanzar la idea de que no habrá lugar para la aventura fuera del pacto.

Menos autocomplaciente debería estar con la ponencia de Memoria y Convivencia. Mientras el PP siga sin participar en ella porque EH Bildu no condena la historia de ETA, no logrará atraer a la mayoría de víctimas y, en consecuencia, será un fracaso.

Kepa Aulestia Un acuerdo inevitable

Los socialistas vascos no podían hacer otra cosa, hace un año, que entrar en el Gobierno de Iñigo Urkullu y, con ello, afianzar el entendimiento con los jeltzales para el conjunto de las instituciones de Euskadi. Ahora que el SPD ha rehusado continuar en el Gobierno federal de Alemania con la canciller Merkel al frente, debido al coste electoral que le ha supuesto tal complicidad con el centro-derecha, el PSOE no ha tenido dudas en apoyar la aplicación del 155 de la Constitución, secundando al Ejecutivo de Rajoy, y el PSE parece más cómodo que nunca en su sintonía con el PNV.

Ello a pesar de haber tenido que desdecirse en materia fiscal para asegurar, precisamente, el voto del PP a los Presupuestos autonómicos. La disyuntiva no fue tal hace un año, y no puede serlo ahora. Los socialistas vascos no pueden elegir entre gobernar en coalición con los jeltzales o pasarse a la oposición. No solo porque cualquier renuncia por su parte deslizaría la política vasca hacia la inestabilidad y la radicalidad, dejándoles además en tierra de nadie. También porque la identificación de su propio electorado con las siglas por las que se inclinan tiene que ver con su imagen de gobierno, aunque sea en una posición subalterna o secundaria. Incluso al precio de que haya siempre votantes que digan sentirse desencantados y opten por abandonar electoralmente a los socialistas.

La socialdemocracia sufre siempre los efectos de su acción connivente con las políticas liberales, pero tampoco puede distanciarse del ámbito de la responsabilidad institucional. Mucho menos en Euskadi, cuando el PSE no está en condiciones de postularse como alternativa a un partido, como el PNV, que actúa también como socialdemócrata y ocupa la primera posición en el ranking.

Alberto Ayala Moderación y estabilidad

El Gobierno PNV-PSE apaga su primera vela de cumpleaños con Euskadi instalado en la estabilidad y la moderación. Cuando todavía persisten los rescoldos del incendio catalán, la mayor crisis de la democracia española, que el País Vasco se haya mantenido al margen, pese a las constantes presiones de EH Bildu y ELA al PNV, solo puede ser motivo de satisfacción.

Cuando decidieron retornar a la senda de la cohabitación, peneuvistas y socialistas pactaron un programa continuista respecto a lo que fue la gestión del primer Gobierno Urkullu. Además, reconocieron sus divergencias en cuestiones nucleares, como el autogobierno y el derecho de cada uno a defender sus posiciones. Doce meses después, los aliados han reaprendido a trabajar juntos y demuestran cada día que para ellos el pacto es el gran valor a preservar.

En este tiempo, la mejora de la economía y el paro han contrastado con la concatenación de problemas, despidos y cierres en empresas de renombre. ETA ha entregado el grueso de su arsenal a cambio de que Francia permitiera a la izquierda abertzale montar un numerito en Bayona para tratar de camuflar lo que no era sino otra prueba de su completa derrota ante la democracia. Pero ni la banda se ha disuelto ni Sortu ha dado ningún paso para abjurar de su pasado. El gran error del Gobierno Urkullu ha sido empeñarse en políticas equidistantes.

El PNV ha sabido aprovechar su posición de privilegio en el Congreso y ha dado estabilidad al Gabinete Rajoy a cambio de jugosas contrapartidas. Ese eje PP-PNV acaba de consolidarse esta misma semana con la aprobación por el Congreso de las leyes del Concierto y el Cupo. Pero también con la decisión del PNV de arrastrar al PSE a bajar cuatro puntos el Impuesto de Sociedades para contar y lograr el apoyo presupuestario de los populares. En esas condiciones parece imposible que el PSE pueda marcar perfil propio con algunas de sus políticas.

La gran incógnita de futuro es si los jeltzales condicionarán el nuevo Estatuto al reconocimiento del derecho a decidir. Tras Cataluña cuesta creer que el PNV caiga en la radicalidad, sobre todo si el Estado se mostrara permeable a alguna de sus demandas.

Xabier Gurrutxaga Liderazgo no reconocido

Se cumple ahora un año de la segunda investidura de Urkullu. En la primera fue elegido con los votos del PNV. En la segunda se reforzó mediante un acuerdo entre el PNV y el PSE, que se constituía así en el eje vertebrador de la política en Euskadi.

De la mano de Urkullu la formación jeltzale se ha situado en la centralidad política, lo que le ha llevado a representar ese amplio cauce por el que la mayoría de los vascos quiere que discurra la sociedad, sin que las tensiones que vengan de los extremos alteren el itinerario.

Los excelentes resultados de 2016 avalan la apuesta de Urkullu de situar la política bajo los parámetros del diálogo y los pactos. Ha descartado la confrontación como elemento central de su estrategia por estéril e ineficaz.

De la misma forma que sabe que la libertad de Euskadi nunca podría justificar un asesinato, sabe que el gran valor a preservar por un dirigente, máxime si se dice patriota, es la unidad del pueblo vasco, evitando fracturas irreversibles que darían lugar a la destrucción de Euskadi como proyecto nacional. Es la apuesta por la nación posible para la inmensa mayoría en lugar de inclinarse por la nación óptima para los propios.

No es fácil este ejercicio de responsabilidad en un dirigente nacionalista, cuando además su partido se encuentra sometido a presiones que tratan de impedir esa configuración de un nacionalismo transversal de carácter pactista y no rupturista.

No le habrá resultado fácil este año de tanta convulsión por la crisis de Cataluña sortear las presiones que pretendían que el lehendakari se implicara por la vía unilateral en lugar de persistir en la vía vasca basada en el pacto. Menos mal que no lo hizo y aguantó ofreciendo su colaboración a Puigdemont para una salida honrosa.

Hay gente que confunde al dirigente con el mitinero, con el agitador de masas. Para esas personas Urkullu nunca será un buen dirigente. Sin embargo, el lehendakari debe ser un dirigente responsable al que se le debe juzgar por el acierto o no de sus decisiones. Y en ese examen en estos cinco años se ha consolidado como un buen gobernante, con criterio propio, que no es poco. Si Puigdemont hubiera tenido una parte de ese criterio propio, Cataluña hoy le estaría agradecida.

Braulio Gómez Mirando a España y al PP

El impacto más grande que ha tenido el primer año del Gobierno de Iñigo Urkullu ha estado relacionado con la inestabilidad de la vida política española. En el último año el lehendakari se ha convertido en un actor decisivo en el mantenimiento del Ejecutivo de Mariano Rajoy. Gracias a ello, ha conseguido la aprobación del Concierto y del Cupo vasco para el periodo de 2017 a 2021 e importantes inversiones para Euskadi. Por otro lado, ha sido reconocido como mediador tanto por la Generalitat como por el Estado español en el conflicto territorial abierto en Cataluña con el fin de impedir la declaración unilateral de independencia y la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Aunque no consiguió ninguna de las dos cosas, ha crecido su figura como hombre de Estado. Esta situación privilegiada como actor decisivo en la política española ha tenido su contrapartida en Euskadi.

La contrapartida de las extracciones al Gobierno minoritario de Rajoy es el deslizamiento suave del Ejecutivo de Urkullu hacia las posiciones sociales y económicas del PP. Este ha sido el año en el que el Gobierno vasco hizo suyo el discurso del Partido Popular sobre las ayudas sociales a los más necesitados, desarrollando más medidas para controlar un fraude insignificante que para extender la cobertura a los perdedores de la crisis. Al mismo tiempo, ni rastro de medidas del mismo calado para perseguir la economía sumergida o el fraude fiscal de las empresas. Y este va a ser también el año de los retoques fiscales, priorizando que las empresas paguen menos impuestos en sintonía con las posiciones que defiende el Partido Popular en Euskadi.

Estos dos vasos comunicantes han permitido que el Gobierno minoritario vasco disfrute de una cómoda estabilidad.

Jesús Prieto Sosiego y revolución

Se nos presentan todos los días políticos de nuevo cuño que nos venden un programa electoral en 140 caracteres. Ciertos sectores sociales creen ciegamente en sus mensajes y atrapados en esa liquidez que ya denunciara Zygmund Bauman, son incapaces de distinguir entre emociones y razón o entre gestión política y chatear.

Iñigo Urkullu es un lehendakari que se me antoja revolucionario, sí, revolucionario en el sentido radical que su gestión política representa, asentada en valores ‘sólidos’ como son el sosiego y la prudencia. El lehendakari ha cimentado su legislatura en el proceder silencioso, en la gestión discreta y en la aceptación de que es el presidente de una comunidad integrada por ciudadanos plurales con identidades múltiples. Y ante el panorama que nos ofrece la ‘ciberpolítica’ de la demagogia; el sosiego que ha presidido esta legislatura (la tranquilidad fue también el aspecto más valorado de Patxi López) se convierte en una auténtica originalidad, en un valor realmente revolucionario.

Por supuesto que queda mucho por hacer tanto en materia de desarrollo humano, integración social e igualdad. Aunque los datos de crecimiento de nuestra economía se acercan al 3% y la tasa de paro ronda el 12%, hay un duro camino por recorrer en transferencias, empleo y reactivación social. Y no les oculto mis dudas, aun reconociendo los evidentes avances habidos, sobre el recorrido en educación, paz, convivencia y derechos humanos. Aun así, esta legislatura es la de un hombre que ha generado sosiego y bienestar ‘sólido’ para sus ciudadanos frente a las promesas ‘líquidas’ de quienes, incluso desde su propio partido, le instaban a batirse en el circo mediático.

Recuerdan aquel viejo adagio: ‘La clave de todo está en el sosiego. Se obtiene un pollo incubando con paciencia un huevo, no rompiéndolo para que se abra’. ¡Pues eso!

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