éxodo catalán

Cataluña está más cerca de un '155 bis' que de una declaración unilateral de independencia

Quim Torra./AFP
Quim Torra. / AFP
Kepa Aulestia
KEPA AULESTIA

La coincidencia independentista en que Carles Puigdemont debía ser quien designara al candidato a la investidura como nuevo presidente de la Generalitat respondía más a la obstinación del primero para reivindicar la legitimidad de su liderazgo que a un consenso previo en las filas secesionistas. El nombramiento de Quim Torra ha sido la última vuelta de tuerca con la que Puigdemont continúa apretando al independentismo para que siga adentrándose en el callejón sin salida de la inestabilidad identitaria. Cuando se desató la marejada por la desconexión, hacia septiembre de 2012, las multitudinarias manifestaciones y cadenas humanas que fueron sucediéndose emularon el éxodo hacia una 'tierra sin mal'. Pero la búsqueda de ese horizonte de libertad plena, que prometía a los catalanes una vida dichosa en una república propia, ha acabado encontrando en el autoexilio de Puigdemont y de algunos de sus consejeros la fuente que dicta las esencias de la nación. La nación es siempre recreada desde el exilio, no lo olvidemos. Pero es probable que el exilio de Puigdemont sea el único caso en el que alguien ha decidido expatriarse para orientar a la nación, y logra su propósito; aunque sea en parte.

Resulta paradójico que una sociedad –la catalana– tan dueña de sí misma, tan poderosa en su capacidad de abrirse paso frente a la inestabilidad institucional, se vea obligada a atender al dictado del autoexilio, a los designios de Puigdemont. Si los parlamentarios independentistas se hubieran reunido en cónclave para señalar a un candidato a la presidencia de la Generalitat, Torra no hubiese quedado entre las primeras opciones. No hubiese formado parte de ninguna terna. Sin embargo, las discrepancias en el seno del independentismo han enmudecido de pronto. Las diferencias previas a la nominación de Torra entre ERC, Junts per Puigdemont y el PdECAT se han quedado en nada. Ello a pesar de que Europa entera se pregunta sobre si no había otra persona más idónea para acceder a la presidencia de la Generalitat. Siquiera para justificar las prevenciones que suscita el Estado de Derecho español entre los socios más suspicaces. Casi la mitad de Cataluña continúa abducida por el éxodo. Por un éxodo que encarna el autoexilio, como intérprete último de lo que conviene al país.

La homilía de Vísperas en la Abadía de Montserrat, el pasado 28 de abril, advirtió de que la misión no requiere de demostraciones, sino de un testimonio consecuente. No hace falta que el independentismo se empeñe en explicar sus ventajas; como tampoco hace falta demostrar la existencia de Dios. Lo que importa es ser coherentes con las convicciones propias. Dar testimonio de la verdad, sin que ésta tenga que ser demostrada. Nada mejor que el éxodo, el autoexilio, para eludir el compromiso de la prueba. Nada mejor que dictar a distancia el porvenir inmediato de la nación. Porque Torra no es ningún exaltado. Es, simplemente, el peón idóneo para llevar a cabo una misión que conecta con todas las corrientes que desestabilizan Europa. Nada menos.

Resulta caricaturesco suponer que la «provisionalidad» asumida por Torra responde a un tiempo de espera para que Puigdemont pueda regresar a la presidencia de la Generalitat. El éxodo catalán se limitaría, en esa versión, a la vuelta del expresidente autoexiliado al Palau. En otras palabras, mientras Puigdemont no pueda volver a la presidencia de la Generalitat, la democracia española seguiría en entredicho. Claro que tal lógica se viene abajo con Quim Torra como gestor de la 'transitoriedad'. Probablemente no había otro más leal a los dictados del éxodo y el exilio. Pero su trayectoria de provocador dificulta pensar en que pueda actuar como valedor eficaz de los propósitos del expresidente que se redescubre y redescubre al país, ahora desde Berlín.

Cataluña está más cerca de un '155 bis' que de una declaración unilateral de independencia. Cabe pensar que el independentismo desconcertado tras la forzada investidura de Torra se siente más confortado con la intervención del Gobierno central sobre la Generalitat que con la temeraria aventura por una república propia ya.

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