europa ya despertó

Si vuelven a ganar los secesionistas catalanes en las elecciones del 21-D, la fractura social entrará en bucle

El candidato número uno de Junts per Catalunya (JxCat), Carles Puigdemont, interviene por videoconferencia desde Bruselas durante el mitin de su partido./EFE
El candidato número uno de Junts per Catalunya (JxCat), Carles Puigdemont, interviene por videoconferencia desde Bruselas durante el mitin de su partido. / EFE
Tonia Etxarri
TONIA ETXARRI

La constante presión de los secesionistas catalanes a Europa, aprovechando la campaña del prófugo Puigdemont en beneficio propio y apelando a la comunidad para que «despierte», revela una ceguera propia de los fanáticos a quienes les estorba la existencia de quienes no se doblegan a sus caprichos. El cabeza de lista de Junts per Catalunya, consciente de que ya no puede prometer instaurar la república catalana que medio Parlament proclamó 48 horas antes de su fuga a los bosques de Flandes, reduce su actuación electoral a lanzar dardos contra una España imaginaria y contra una Europa que no se deja convencer por una publicidad engañosa y que ni siquiera se conmueve cuando les cuenta que en el país de donde ha huido no existe libertad (para saltarse la legalidad). Ese «club de países decadentes», tal como lo define Puigdemont, que no se deja impresionar por la presión callejera y mucho menos por los insultos hace ya mucho tiempo que despertó. Pero en sentido contrario al que esperaban los nacionalistas (ahora secesionistas) catalanes. Que una vez constatado el fracaso de su intento de insurrección contra la Constitución están haciendo política a la desesperada. Han forzado tanto la ley y su propaganda antiespañola y antieuropea que, después de la manifestación del pasado jueves en Bruselas, el vicepresidente de la Comisión, Frans Timmermans, reconocía todo su derecho a manifestarse pero advirtiéndoles de que «no se puede ignorar la ley». Días después de que el presidente, Jean Claude Juncker, dijera, visiblemente molesto, que «el nacionalismo es veneno».

Su elección de destino para fingir el exilio ha conseguido, sin embargo, movilizar a muchos ciudadanos independendistas que, inasequibles al desaliento, parecen despreocupados ante la fuga de casi tres mil empresas de Cataluña, sin ser conscientes de que un irresponsable está al mando de una nave que ha recalado en dique seco. Cataluña ha dejado de ser atractiva. Para los empresarios inversores, para el turismo. Pero de esa tragedia no se hace mención en su campaña. Desfilaron en Bruselas acompañados de grupos de la extrema derecha flamenca, racista y xenófoba, interesados en espolear el sentimiento de eurofobia allá por donde pasan. También tuvo otros apoyos. Como el del jelkide y portavoz parlamentario del PNV en Vitoria, Joseba Egibar, que se refugió en el calor de esa manifestación convocada en pleno puente festivo al tiempo que el Sociómetro desvelaba que el sentimiento independentista se va enfriando en Euskadi.

Quién sabe si, a medida que nos acerquemos al 21-D, Puigdemont acabe liderando una cruzada contra todo el planeta si tan solo la justicia belga, de los 28 Estados que componen la Unión Europea, le sigue blindando en su retiro inestable. Pero hoy por hoy está utilizando la campaña electoral para defenderse de la justicia española. Y le funciona. Porque la frialdad europea es inversamente proporcional al apoyo en intención de voto que empieza a recibir según detectan las encuestas. En estas elecciones tan atípicas y excepcionales en las que por primera vez se contempla la posibilidad de que una fuerza centrista constitucionalista, como Ciudadanos, sea la más votada aunque no consiga el mayor número de escaños, resulta llamativa la ascensión de la candidatura de Puigdemont. Su sobreexposición ha puesto en guardia a ERC, que se ve en inferioridad de condiciones al tener a Oriol Junqueras entre rejas mientras el expresident reaparece a diario a través del denostado plasma. Neoconvergentes y republicanos en plena disputa del voto útil porque más de millón y medio de votantes aún no se han definido en las encuestas. Pero, a diferencia de los independentistas que se unirán con toda seguridad si tienen la oportunidad de volver a gobernar, los socialistas catalanes van dejando pistas contradictorias mientras los comunes de Podemos ven que pueden perder su llave para la gobernabilidad porque buena parte de sus bases no son independentistas.

Lo que Europa necesita es que sus Estados miembros sean estables. Y en nuestro caso la estructura deja entrever una vía de agua con el desafío rupturista en Cataluña. Si vuelven a ganar los mismos que han provocado esta situación tan ruinosa, la fractura social entrará en un bucle insoportable para la democracia. Y Europa verá a Cataluña como un peligro.

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