Espíritu sin crítica

Los independentistas se ven abocados a un final más frustrante que feliz, porque en algún momento dejaron de preguntarse de qué iba todo esto

Kepa Aulestia
KEPA AULESTIA

La primera víctima de la escalada independentista en Cataluña fue el espíritu crítico, y en esa medida la libertad. Víctima propiciatoria también en la actualidad, porque no hay manera de pronunciarse sobre la situación sin someterse a una disyuntiva maniquea, y porque la pugna banderiza silencia cualquier reflexión preocupada sobre el futuro. Resulta imposible un debate sereno sobre las causas primeras de una espiral, que los más entusiastas remontan a la fundación de España como nación o al origen layetano de los primeros pobladores de la Barcelona actual. Imposible ponderar en qué medida la impasibilidad de un PP fundido en una visión recentralizadora del Estado ha contribuido al victimismo, y en qué medida la huida hacia delante del secesionismo respondió inicialmente al impulso de unas élites incómodas por el final del ‘oasis catalán’ en tanto que ilusión fomentada por un pujolismo en horas bajas. En qué medida los populares descubrieron en la reivindicación catalanista una causa capaz de azuzar movimientos reactivos en el resto de España que contrarrestasen los motivos principales de su desgaste, los recortes y la corrupción. Y en qué medida la constitución de una república propia fue el refugio al que recurrieron los sectores dirigentes de la sociedad catalana para zafarse de sus propias responsabilidades, también en cuanto a la corrupción.

Las sesiones plenarias del 6 y 7 de septiembre, la convocatoria de la movilización plebiscitaria del 1 de octubre y la declaración al parecer simbólica de la república independiente sirvieron para cargar de razones al Estado constitucional, mientras el secesionismo permanecía agazapado para aprovecharse de la respuesta esperada. Aunque aun no se sepa exactamente para qué. El problema del independentismo es que sus actos no están sujetos a control alguno por parte de sus seguidores. El espíritu pretendidamente solidario ha acabado con cualquier viso de crítica interna. La gente deja de formular interrogantes en público por pudor, y acaba dejando de hacerse preguntas hasta en lo más íntimo. El proceso de autocensura en el independentismo catalán ha sido impropio de una sociedad que reclama transparencia y se muestra ávida de información. Los independentistas catalanes se han instalado, se han acomodado, en el aturdimiento de un ‘proceso’ cuya dirección han confiado a ya no se sabe quiénes, ni inquieren saberlo.

No debería resultar muy insidioso preguntarse sobre qué hace Carles Puigdemont en Bélgica, anunciando que desde allí dirige las estructuras de la república catalana, mientras Carme Forcadell elude la prisión con un aval de 150.000 aportados por la ANC tras declarar que lo del estado independiente fue simbólico y que acata el 155. Tampoco debería sorprender que muchos independentistas preguntasen a los integrantes del gobierno cesado sobre si sabían mucho, poco o nada respecto a los planes de deslocalización societaria de dos mil seiscientas empresas. O en qué se basaban para dar por descontado que el mundo, empezando por Europa, reconocería la república naciente. Hasta los independentistas más entusiastas podrían preguntarse sobre en qué situación quedarían aquellos que no lo fueran tanto, o no lo fueran nada, después de una DUI que Forcadell ha revelado ante el Tribunal Supremo que no era tal, dando la razón a la interpretación de los acontecimientos en que insistía el Gobierno Urkullu.

¿Acaso nadie entre los independentistas catalanes se pregunta de qué va, o de qué ha ido todo esto? Las aguas de una marejada que parecía incontenible vuelven con mucha dificultad a los cauces partidarios respectivos. Aunque lo significativo es que nadie se haga cargo de nada, más allá del abanico de acusaciones que despliegan todos los protagonistas del independentismo contra el Estado en sus distintas variantes. Con Puigdemont especialmente exaltado al tener que justificar qué hace donde está, y con quienes hoy participarán en la manifestación de Barcelona modulando su sincera protesta frente a la perplejidad en que habitan. En que habitan demasiados catalanes como para que el final les resulte más feliz que frustrante.

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