equiparaciones

Policías y Guardias Civiles frente al Congreso de los Diputados. /EFE
Policías y Guardias Civiles frente al Congreso de los Diputados. / EFE
Manuel Alcántara
MANUEL ALCÁNTARA

Una vez más se ha demostrado que ni la igualdad, ni la hermandad, ni mucho menos la fraternidad, son posibles. Hay que luchar porque seamos menos distintos de nuestros vecinos. A eso le llamamos equiparación, pero encubre el miedo a caernos con todo el equipo, que no funciona como conjunto. Más de 30.000 agentes se unieron. Había uniformes verdes y azules, pero como los llevaban por dentro, no se distinguían a quienes los vestían. Lo mejor en estos casos es calificar a las manifestaciones de «históricas». Todos los datos son fiables, pero oscilan entre los 30.000 y los 70.000, según quienes los cuenten. Sin duda hay contables que suman los pies y luego no se molestan en dividirlos por dos. Dicen que el ambiente era festivo y que no se podía identificar a los que estaban más contentos porque estaban eufóricos todos. Se trataba de pedir que ganen el mismo dinero todos los servidores públicos y el problema es sobre todo para Zoido, pero antes tiene que pasar por Cristóbal Montoro.

El coste de la equiparación empezaremos a saberlo a partir de los Presupuestos de 2018, pero ya sabemos que la causa de los policías y los guardias civiles es justa porque sencillamente se lo merecen. «España es uno de los países más seguros del mundo», ha recalcado nuestro ministro del Interior y no podemos llevarle la contraria aunque viaje muy poco y con mucha escolta. La repentina muerte del fiscal Maza, que fue clave en la defensa de la ley frente al golpe separatista catalán, empeora las cosas en pleno juicio al ‘procés’, cuando crecen las patrañas regionalistas. Eso de que cada país tiene lo que se merece puede ser, más que una profecía, una maldición. Nos merecíamos la lluvia, pero las nubes no sueltan ni gota. La Virgen de la Cueva no quiere salir de su guarida y ella sabrá por qué.

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