Enredo sin fin

El autoexilio está permitiendo que Puigdemont se adueñe del destino de su país; como si éste se encontrara unido inexorablemente a su suerte personal

Enredo sin fin
KEPA AULESTIA

El expresident, Carles Puigdemont, reveló ayer su propósito de presentarse a la investidura el próximo 31 de enero desde su autoexilio en Bélgica. Su tenacidad ha forzado un pacto interno en el independentismo catalán, que contemplaría la designación simbólica de Puigdemont, para así ‘restituir’ el gobierno de la Generalitat anterior al 155 y, a continuación, proceder a la elección de la persona que asuma la presidencia legal y efectiva de la autonomía catalana. Esta enésima maniobra para preservar la unidad secesionista está condicionada por el hecho de que Puigdemont se ha descubierto a sí mismo en el exilio voluntario, al que parece aferrarse. Las horas y días posteriores a la aplicación del 155 no condujeron a los líderes independentistas a demandar el restablecimiento de las instituciones legítimas de la Generalitat con el ánimo que posteriormente ha mostrado el president cesado entonces.

La inmediata convocatoria de los comicios del 21-D por parte de Rajoy desconcertó a los independentistas, que titubearon por un instante sobre si concurrir o no a las urnas del 155. Su participación electoral legitimaba sin duda la convocatoria. Tanto que cuando hoy Puigdemont reclama la vuelta al momento anterior al 27 de octubre, sugiriendo que fue esa la voluntad mayoritariamente expresada el 21 de diciembre, acaba enredándose y enredando al PDeCAT y a ERC sobre cuál es la fuente de legitimidad que lleva al autoexiliado a personarse a distancia para ser designado president. Incógnita que solo despejará la fórmula que él mismo y la Mesa del Parlament utilicen para describir su simbólica reelección.

Pero el enredo no se refiere únicamente a la creatividad ‘paralegal’ con la que, a todas luces, la mayoría independentista intenta despachar la sesión plenaria del 31 de enero. La querencia por realizar actos parlamentarios que no tengan efectos jurídicos y, por tanto, se pretendan imposibles de recurrir corresponde al ‘juego del gato y el ratón’ que podrá ser entretenido para sus protagonistas, pero que desacredita a las instituciones y hastía seguramente a la mayoría del público. De entrada resulta contradictorio que se busque la restitución de la legitimidad anterior al 155 mediante un pretendido ardid que podría dar lugar a la prórroga de ese artículo de la Constitución. Es lo que ocurriría en el supuesto de que Puigdemont resultara proclamado president tras una exposición por videoconferencia de su programa de gobierno. A no ser que tras la votación la Mesa de la Cámara certifique que se trata de una broma a 31 de enero, prometiendo mayor seriedad en las sesiones previstas para el 2 y 3 de febrero.

El desafío inmediato del independentismo es demostrar que su mayoría parlamentaria está en condiciones de gobernar

El independentismo se ha habituado a una peripecia entre endogámica y reactiva, creyendo que sus contradicciones internas sintetizan los problemas del país. Esa dificultad para aceptar y conciliarse en el pluralismo está en la base de la indiferencia hacia la legalidad; de la soberbia exclusivista para interpretar las normas a conveniencia. Como cuando, rizando el rizo de la farsa, Puigdemont argumenta su propósito de alcanzar la investidura por plasma echando mano de las recomendaciones europeas sobre la gobernanza mediante plataformas TIC’s. Simulando que es el precursor de una forma más avanzada de dirigir las instituciones de la democracia representativa.

Entre la endogamia y su carácter reactivo, el independentismo catalán -todo él- debería comprender que su desafío inmediato es demostrar que su mayoría parlamentaria se encuentra en condiciones de gobernar la autonomía catalana. Aunque para ello tendría que renunciar al victimismo como fuente sobrevenida de legitimidad, y evitar al máximo los litigios judiciales y ante el Tribunal Constitucional. Porque el independentismo catalán -todo él- debería entender que ha de fiar para largo su proyecto. Entre otras razones porque ya lo puso a prueba en la anterior legislatura, y resultó fallido. El autoexilio está permitiendo que Puigdemont se adueñe del destino de su país; como si éste se encontrara unido inexorablemente a su suerte personal. Mala cosa que un líder tan ensimismado se encuentre ausente y libre de un juicio crítico sobre su conducta en el universo independentista.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos