Durar y enredar

Entre la debilidad del Gobierno, las rivalidades internas de la oposición y la crisis del sistema, la legislatura está condenada a la más absoluta insustancialidad

Durar y enredar
José Luis Zubizarreta
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA

Cada vez está haciéndose más evidente que esta legislatura, que con tan mal pie comenzó, en lugar de recomponerse, avanza a pasos agigantados hacia la más absoluta insustancialidad. Un solo ejemplo podrá servir de metáfora. Ahora que el conflicto catalán perdía grados de virulencia y se adormecía en la modorra del hastío general y el desconcierto de sus líderes, sólo ha podido ser reemplazado, en el ámbito de la opinión pública, por ese otro muermo que, olvidado al pairo del anterior, le había dado un breve respiro. El muermo es, por supuesto, la corrupción del Partido Popular. Ambos asuntos, ‘procés’ y corrupción, al margen de su indudable relevancia, han sido el velo que ha ocultado el vacío en que se hunde la política del país y que amenaza con arruinar la presente y las demás legislaturas que vayan sucediéndose.

Ya el fracaso de la anterior y la tardanza con que comenzó ésta, dilatando al límite los plazos de la investidura, auguraban lo peor. Quedaba, sin embargo, la ilusión de que, a falta de una mayoría de Gobierno, sería la oposición la que se encargaría de suplantarlo, ejerciendo labores ejecutivas. Enseguida se desvaneció. Si la debilidad impedía al Gobierno actuar -sus únicas acciones de relieve han sido la aprobación de unos Presupuestos y la aplicación del artículo 155 de la Constitución- la oposición estaba, más que bloqueada por el obstruccionismo del Ejecutivo, paralizada por sus propias rivalidades. Ambos han visto así rebajadas hasta el ridículo sus aspiraciones. Las que un día fueron las del Gobierno se han reducido a durar; las de la oposición, a enredar con la esperanza de medrar.

La unidad de la oposición resulta sertan quimérica como la estabilidad del Ejecutivo

Poco más que durar está, en efecto, haciendo un Gobierno que casi cuenta con los dedos de sus manos las leyes que ha sido capaz de aprobar. Peor aún. Ignorando las rancias convenciones constitucionales, se dispone ahora a continuar gobernando, no ya sin Presupuestos, sino sin cumplir siquiera con la obligación de arriesgarse a presentarlos en la fecha establecida. Antes se dimitía por ello, dando paso a nuevas elecciones. Pero, ante el temor de unos resultados catastróficos, ahora se apela a la recuperación económica para justificar la continuidad. No sería el interés propio, sino la responsabilidad de país, lo que al Gobierno le obliga a adoptar la incómoda decisión de durar. La estabilidad, reducida a mera parálisis, se erige así en bien supremo ante el que ceden todos los demás que integran la razón de ser de cualquier gobierno. En la incertidumbre, moverse es más arriesgado que quedarse quieto. Un peculiar modo de entender aquello de que ‘en tiempo de desolación no hacer mudanza’.

Las responsabilidades están, sin embargo, repartidas. Nunca estuvo fundada la ingenua ilusión de que la oposición podría ejercer las labores que el Gobierno no es capaz de llevar a cabo. Los hechos lo han demostrado. Y no es, como decíamos, a causa del bloqueo gubernamental. La razón está en que a la oposición sólo la une el nombre. Lo demás, llámese interés o ideología, la divide y enfrenta. La oposición vive, más que del presente, del futuro, en el que tiene puestas sus esperanzas y del que aspira a obtener, enredando y medrando, lo que el presente le niega. Su nombre le viene dado, por ello, no sólo por su relación frente al Gobierno, sino también o, mejor, sobre todo, por la que mantiene frente a aquellos que comparten su misma condición parlamentaria. Amigos de conveniencia, enemigos en esencia. Y, en una Cámara tan fragmentada y revuelta como la actual, todos y cada uno de los compañeros de bancada son vistos, no como aliados, sino como caladeros en los que pescar de cara a los siguientes comicios. La unidad de la oposición resulta ser así tan quimérica como la estabilidad del Gobierno.

Todo esto, que es consustancial a la dinámica de toda democracia liberal, se acentúa entre nosotros en las actuales circunstancias. La crisis general del sistema representativo se ha puesto aquí de manifiesto en el surgimiento de dos partidos que se proponen suplantar, cada uno desde su ámbito, a los que representaban la división tradicional entre la izquierda y la derecha, por no hablar de la distorsión que ha creado en las relaciones la crisis catalana. Uno de esos nuevos partidos, embriagado por su éxito electoral precisamente en Cataluña y adulado por las encuestas, ha tratado de situarse en el centro para así poder roer de quienes tiene a sus flancos. Y, si uno de éstos caería en el abismo si se desplazara más a la derecha, el otro, en su eventual huida hacia la izquierda, quedaría atrapado en un abrazo asfixiante. Lo dijo Amós: «escapó del oso, reposó la mano en la pared y le picó una víbora». Y lo peor está por venir. De lo cual la próxima legislatura será, además, sólo un anticipo.

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