El dilema de Rivera

Nadie dijo que tomar decisiones fuera fácil. Mucho menos, acertar

Albert Rivera./EFE
Albert Rivera. / EFE
Olatz Barriuso
OLATZ BARRIUSO

Nadie dijo que tomar decisiones fuera fácil. Mucho menos, acertar. El propio Mariano Rajoy ha perfeccionado a lo largo de los años el arte de la inacción aparente como estrategia de supervivencia política. Hasta que su estrella ha empezado a declinar, apagado su brillo por la compleja gestión de la crisis catalana y por décadas de corrupción estructural. De ese desgaste natural y de la falta de fuelle de las izquierdas se ha beneficiado Albert Rivera, al que le ha bastado con apropiarse de la bandera de la unidad de España y sentarse a esperar el irresistible ascenso de Ciudadanos en las encuestas. Tan optimistas pronósticos -la última, de Metroscopia, les sitúa a una estratosférica distancia de casi diez puntos del PP- han hecho crecer en el partido naranja la tentación de distanciarse de Rajoy, a quien ahora sostienen, y estirar la goma no se sabe si hasta el punto de romperla.

La investidura en Cataluña de un nacionalista radical como Quim Torra teledirigido por Puigdemont desde Berlín ha dado más munición a Rivera para criticar la supuesta mano blanda de Rajoy con los secesionistas. Según el relato liberal, el presidente del Gobierno estaría en manos del nacionalismo, en concreto de un PNV decisivo también para la aprobación definitiva de los Presupuestos el próximo día 24, que le estaría chantajeando para levantar el 155 una vez investido un president limpio de cargas judiciales. Obvia Rivera que ésa y no otra era la única condición para el fin de la intervención estatal en Cataluña y que el propio acuerdo del Senado del 27 de octubre así lo establece. Es verdad que Rajoy se comprometió en público, tras pactarlo con Andoni Ortuzar, a levantar el 155 «inmediatamente» después de la toma de posesión del Govern, pero en realidad no hizo nada que no estuviera previsto ya. Otra cosa es que el Senado autorizara su reaplicación si los independentistas desbordasen de nuevo la legalidad.

El PNV confía en que eso no sucederá, más allá de la firme voluntad del secesionismo de mantener la ficción del Govern ejecutivo en el exilio. También espera, y de ahí su silencio para no dar bazas al enemigo, que Rivera no caiga en la cada vez más fuerte tentación de romper la baraja y retirar el apoyo presupuestario a Rajoy con la excusa de que es el PNV el que marca la agenda. Ciudadanos sabe que su potencial electorado aplaude el discurso antinacionalista sin matices y la exigencia de prolongar el 155. Maneja sus propias encuestas y se cree con posibilidades de conquistar La Moncloa si ahora se abriesen las urnas. Pero romper el acuerdo presupuestario no es garantía de que Rajoy, que sigue teniendo la ventaja de apretar a discreción el botón nuclear, vaya a convocar elecciones de inmediato. Puesto en esa tesitura, el presidente podría optar por resistir hasta las municipales y forzar una doble convocatoria con las generales, sabedor de que Ciudadanos es un partido aún naciente y con una estructura más débil que no le beneficia en unos comicios de corte local. Además, Rivera sería señalado también como el responsable de frustrar la subida generalizada de las pensiones. Más factible es pensar que el líder liberal optará por permitir la aprobación de las Cuentas y romperá después amarras. Lo que es evidente es que por primera vez le toca decidir. Y que el dilema no es pequeño.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos