Desconcierto, como poco

La concepción de país que trasluce la propuesta del PNV para actualizar el autogobierno representa un paso atrás en el camino recorrido por los propios jeltzales

Desconcierto, como poco
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA

Todos los partidos, a excepción del popular, han depositado en la ponencia del Parlamento sus propuestas para actualizar el Estatuto. Tras seis años de debates y consultas, ninguno ha logrado enterarse, por lo visto, de lo que el otro piensa. Cada uno ha vuelto a poner sobre la mesa lo mismo que puso en la primera reunión. No es sorpresa en quienes sabemos habituados a oír sin escuchar. Pero llama la atención el caso del PNV. De él habría cabido esperar mayor esfuerzo. Se trata, en efecto, del partido que, además de ser el más importante líder institucional y promotor de la idea, más ha insistido en que perseguiría, como primer objetivo, un consenso que no fuera menor que el del Estatuto actual e incluyera las dos sensibilidades nacionales del país.

Pues bien, su propuesta sólo ha encontrado eco en EH Bildu, que se ha dado prisa en reproducir literalmente en su propia propuesta párrafos enteros de la jeltzale. Los demás no están dispuestos ni a debatirla. Tan plagada está de ideario nacionalista que no ven posibilidad de acuerdo. Más que actualizar el Estatuto parece transmutarlo. Ni siquiera el nombre del país, Euskadi, invento por antonomasia del partido, aparece citado. Por no hablar de la torpe referencia a las violencias, de la elevación de los derechos históricos a percha única de la que engancharse a la constitucionalidad, de la bilateralidad entendida en términos confederales, de la simplista relación entre el principio de legalidad y el democrático, de la sibilina introducción del derecho a decidir sin atreverse a pronunciar su nombre y de tantas cosas que no resultan aceptables a una mente no nacionalista.

Así las cosas, sólo cabe preguntarse qué es, si no el consenso, lo que busca el PNV con esta propuesta. La respuesta puede estar en que, dada la alta improbabilidad de que se llegue a un acuerdo entre las dos sensibilidades nacionales, el partido haya optado por dejar clara su posición y no exponerse a rebajar sus esencias justo antes de un largo período electoral, frente a un adversario de su propia familia que acaba de librarse del lastre de ETA y en un ambiente de excitación soberanista por influjo del conflicto catalán. Mejor al calor de la lumbre, que arriesgarse a la intemperie.

Ahora bien, al buscar refugio en la comodidad del hogar, puede que el PNV haya logrado mantener incólume la paz interna que estaba viéndose perturbada en los últimos tiempos. Pero lo habrá hecho -y esto es lo peor- al precio de exhibir lo más rancio y trasnochado de su repertorio doctrinal, al escarbar su propuesta en el fondo del baúl ideológico que el jelkidismo ha conservado desde los remotos tiempos de su fundación. «La definición de Euskal Herria», que es el título de su párrafo introductorio, es una bofetada en el rostro del lector no nacionalista, que lo predispone en contra del resto del documento. Y como, de tanto oírlas, las palabras resbalan por la mente sin dejar huella, me he permitido ponerlas en un contexto ajeno para que nos impresionen en la debida medida. Lo que sigue es copia literal del citado párrafo introductorio. Sólo los nombres y los números han variado. Imagínese, pues, el lector que la Constitución alemana se hubiera actualizado con ocasión de la reunificación y comenzara con el siguiente párrafo:

«El Pueblo Alemán es un pueblo con identidad propia en el conjunto de los pueblos de Europa, depositario de un patrimonio lingüístico, cultural y jurídico-institucional propio, que ha pervivido a lo largo de la historia, que está asentado geográficamente sobre diversos territorios que en la actualidad se encuentran políticamente articulados en varios Estados europeos -el alemán, el austríaco y el italiano- y otros tantos ámbitos institucionales diferenciados: Alemania que comprende dieciséis Lánder, la República de Austria que integra ocho Länder y el territorio gestionado por la región italiana Trentino-Südtirol. Su lengua -el alemán- y su cultura propias, junto con el sentido de pertenencia a una misma comunidad política, en conjunción con el resto de factores precitados, son los que forjan la identidad nacional alemana».

Este texto, que, como la propuesta del PNV, define la ciudadanía o la nacionalidad política en términos etno-lingüístico-culturales, causaría en los lectores reacciones encontradas. En unos pocos, alegría; en los más, miedo y repulsa. Jürgen Habermas, por ejemplo, lo habría tomado como un dramático paso atrás respecto de su idea de «patriotismo constitucional». A mí, aplicado a mi país, tal y como lo hace la propuesta jeltzale, me causa desconcierto, tristeza y vergüenza. Desconcierto, porque no me lo esperaba del PNV tras tanto camino recorrido. Tristeza y vergüenza, porque ni reconozco ese país ni me reconozco en él. Quien así lo ha definido, haya sido cual fuere su propósito, tiene el mérito de haber hecho de mí un apátrida.

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