La derrota final de ETA

La banda terrorista se disuelve no por su propia voluntad, sino por la victoria de la democracia. Aunque desaparezca, su huella asesina debe quedar en la memoria durante generaciones

La derrota final de ETA
Manuel Arroyo
MANUEL ARROYO

Lo que nunca debió nacer se ha disuelto. Por fin. Sesenta años y 855 asesinados después. Más de 300 de esos crímenes, aún por resolver. Las siniestras siglas no volverán a actuar. Un alivio. Un respiro. Pero no caerán en el olvido. Es imposible olvidar tanta sangre inocente derramada. Tanto dolor. Tantas lágrimas. Tantas vidas destrozadas para siempre. Tanto terror. Tanta ignonimia.

Todo eso ya es pasado. Memoria. Recuerdo. Y tendría que constituir el corazón del relato que le debemos a las nuevas generaciones sobre lo que verdaderamente ha ocurrido en este país. Para que el fanatismo criminal de estas décadas no caiga en el olvido. Para que no se repita. Para dejar en evidencia las mentiras de ETA. Su patético comunicado de despedida y cierre. Su vomitivo e insultante anuncio de que desaparece para que «el proceso a favor de la libertad y de la paz continúe por otro camino». Unas palabras incapaces ya de engañar incluso a los suyos. A los que han jaleado el tiro en la nuca, han señalado la próxima víctima a abatir en una desalmada cacería y han justificado la barbarie sin dar siquiera un respingo.

ETA se disuelve, sí. Pero no es un gesto de generosidad o bondad, como quiere hacer creer con ese tono de perdonavidas tan propio del matonismo cuando se ve forzado a entregar la cuchara. No es un reconocimiento del trágico error que ha supuesto su existencia. Ni una muestra del más mínimo arrepentimiento por su voracidad asesina. Baja la persiana porque felizmente ha sido derrotada. Porque la democracia se ha impuesto. Porque la Justicia, las fuerzas de seguridad y la colaboración internacional han vencido. Porque el Estado de Derecho ha doblado el pulso a unos pistoleros enloquecidos que, al igual que el Quijote confundió los molinos de viento con gigantes, han confundido su delirio criminal con la pretendida salvación de un pueblo vasco que ni necesitaba salvadores ni los ha aceptado jamás como tales, salvo una ínfima minoría.

Sí. La trabajada escenificación de estos días es el último acto de la derrota final de ETA. Un esperado adiós en el que la banda terrorista ha sido incapaz de explicar, incluso a su clientela más fiel y menos exigente, por qué lo deja. Qué ha ocurrido para que la oprimida Euskal Herria ya no necesite quien la salve del asfixiante yugo de España y Francia a golpe de coche bomba y asesinatos en masa en nombre de la libertad. También incapaz de ofrecer un balance sobre los frutos que han dado seis décadas de actividad criminal. Aunque esto último sería muy simple: cero. Ni independencia de Euskadi, ni amnistía ni socialismo; mejor dicho, la dictadura del proletariado a la que aspiraba. Aquella «virguería marxista» de la que hablaba Xabier Arzalluz. Lo único que deja es un reguero de sangre, sufrimiento a raudales y cementerios repletos.

Nada de lo que sentirse orgulloso. Nada que merezca un acto para intentar blanquear unas siglas tan negras como el que se celebra mañana en Cambo y en el que la presencia al más alto nivel del PNV solo puede causar sorpresa; incluso, estupor. Una cosa es hacer guiños a la izquierda abertzale para compensar la 'luna de miel' con el PP de Rajoy -a ese doble juego de Sabin Etxea ya estamos acostumbrados- y otra dar cobertura (habrá quien diga actuar de palmero) al forzado agur de una banda que tanto daño ha hecho a Euskadi, al conjunto de España y a la causa de la libertad

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