La democracia por los aires

Nunca un mal mayor, sea cual sea su tamaño, debería justificar este destrozo

La democracia por los aires
BRAULIO GÓMEZ

Jugar a la guerra sucia desde el Estado nunca está justificado en democracia. Si se siente amenazado, debe articular su defensa dentro de los márgenes de la ley. Si mantenemos ese principio democrático básico, nadie debería celebrar la conducción temeraria del Gobierno de Mariano Rajoy de la crisis catalana, que ha obligado a dar un volantazo contra la propia Carta Magna al mismísimo Tribunal Constitucional. De repente, vivimos en un país en el que el TC se inventa sus reglas de funcionamiento y sus funciones, y se ve obligado a desafinar respuestas políticas fuera del marco legal para impedir un mal mayor.

Pero nunca un mal mayor, sea cual sea su tamaño, debería justificar este destrozo. El de una democracia española que ha saltado por los aires por la incapacidad del Gobierno de Mariano Rajoy de buscar una salida política dialogada con los que ganaron legítimamente la consulta ilegal del 1 de octubre y la legal del 21 de diciembre.

Tan solo han pasado unas horas de la exhibición de este nuevo episodio de guerra sucia estatal y el rasgado de vestiduras y los clamores al cielo se han diluido en cuanto los focos señalan otra vez al obcecado Carles Puigdemont negándose a ceder la presidencia a cualquiera de sus compañeros independentistas. Lo del Tribunal Constitucional anticonstitucional es lo suficientemente grave para que saltaran inmediatamente del barco constitucionalista todos los actores políticos que defienden otro modelo de democracia en el que no quepa la guerra sucia. No debería depender de los próximos movimientos que pueda realizar Puigdemont o de cómo termine la pelea por el poder que mantienen ERC y PDeCAT.

En los últimos meses, desde el Gobierno español se ha venido defendiendo un modelo de democracia en el que no cabía el derecho a decidir y donde el cumplimiento de la ley funcionaba como única energía legitimadora del sistema. Desde su propio ideal, el empeño por despojar preventiva e ilegalmente de sus derechos políticos a Puigdemont ha alimentado con datos objetivos los argumentos de los que consideraban de forma exagerada que el Estado funcionaba de forma no democrática.

La vuelta a la normalidad democrática en España es una necesidad urgente. Este empecinamiento del Gobierno español de imponerse por las buenas o por las malas al Parlament de Cataluña sin ningún tipo de diálogo está rompiendo la legitimidad del Estado. En estos momentos, la recuperación de la salud democrática depende más de un cambio de Gobierno en el Estado que de la desaparición de Puigdemont de la escena política.

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