lo que eta nos debe

El dossier de los 'Pagaza' dirigido al lehendakari reclama una mirada justa al pasado

En primer término, un hijo de ‘Pagaza’; su viuda, Estíbaliz Garmendia; Maite Pagazaurtundua, Jorge Múgica y Fernando Savater./Unanue
En primer término, un hijo de ‘Pagaza’; su viuda, Estíbaliz Garmendia; Maite Pagazaurtundua, Jorge Múgica y Fernando Savater. / Unanue
Tonia Etxarri
TONIA ETXARRI

Quince años después, Andoain de nuevo. La familia de Joseba Pagazaurtundua, asesinado por ETA un 8 de febrero de 2003, vuelve al pueblo todos los años. Al pueblo que fue, en palabras de su hermana Maite, «el ecosistema perfecto del terror». A donde el socialista fue destinado como agente local en contra de su voluntad porque se sabía amenazado y acabó sufriendo un calvario de acosos, amenazas e intimidaciones hasta que ETA lo asesinó. Entonces, el Ayuntamiento de Andoain estaba gobernado por Batasuna (Euskal Herritarrok). Su alcalde y concejales del grupo se negaron a condenar el asesinato. Un año después, el Ayuntamiento, ya de la mano del PSE y con Batasuna ilegalizada, le concedió la medalla al mérito. Votaron a favor PSE, PP e IU. En contra, PNV-EA. No hace tanto tiempo de esta pesadilla. ETA ya no mata pero su terrible historia está siendo maquillada por la izquierda abertzale que disfruta de grandes cotas de poder institucional y a la que votaron 224.254 ciudadanos en las últimas elecciones autonómicas.

Por eso su hermana Maite, el nieto de Fernando Múgica (también asesinado por ETA hace 22 años) y Fernando Savater, arropados por familiares y amigos, volvieron ayer a Andoain. Para reclamar que no se tergiverse la historia. Tal como reclamaba el hijo de Gregorio Ordóñez hace días. Para exigir a quienes siguen sin condenar la historia de ETA que lo hagan. Sin eufemismos. Sin blanqueo. Sin maquillaje. Sin trampas con las palabras.

Si la documentación recopilada por los ‘Pagaza’ -que contiene cartas del asesinado, la cronología de los atentados durante 17 de los ‘años de plomo’ y las reacciones que provocaron entre los políticos de la época- tiene como destinatarios al lehendakari Urkullu; Jonan Fernández, secretario general de Derechos Humanos del Gobierno vasco; la alcaldesa de Andoain y Arnaldo Otegi es porque se siguen sintiendo desamparados por las instituciones en el relato de los hechos. Y despreciados por quienes justificaron aquel asesinato y tantos otros que, a día de hoy, siguen sin condenar.

«ETA nos debe un arrepentimiento sincero, nos debe perdón y una colaboración absoluta para esclarecer los más de 300 asesinatos sin resolver», exigía el joven Múgica.

Bucear en el archivo y rememorar aquellos terribles años es un ejercicio duro pero necesario. Fueron años por los que, más tarde, el PNV tuvo que pedir perdón. Por falta de sensibilidad. Por tantos silencios. Por haber mirado a otro lado. Por haber intentado comprender a los terroristas mientras descalificaban a colectivos pacifistas críticos con los gobernantes. Maite Pagazaurtundua los llamó, entonces, «corazones de hielo». Tras el asesinato de su hermano, el alcalde (Euskal Herritarrok) se negó a condenarlo. Pero el PNV se negó a apartar a Batasuna de la Alcaldía. Dirigía el partido Xabier Arzalluz. Presidía el Gobierno vasco Juanjo Ibarretxe.

ETA ya no mata pero sus víctimas siguen esperando que la historia se cuente tal cual. La izquierda abertzale suele expresar una condena genérica de la violencia. Mezclándola con otros casos. Difuminándola con otras épocas. Existen tres organismos institucionales sobre la ‘memoria’. Una ponencia parlamentaria en la que no participa el PP (el partido que junto al PSE tiene más víctimas del terrorismo) porque cree que EH Bildu solo busca maquillar la trayectoria de ETA. Un Instituto de la Memoria, con presupuesto público, que pretende abarcar el recorrido de la violencia desde el 36 (Guerra Civil) pasando por el franquismo hasta 2011. Y un Centro Memorial dedicado expresamente a las víctimas del terrorismo. Mucha parafernalia y pocos avances. El montaje del sufrimiento a partes iguales es una constante en los planteamientos de Batasuna. La tarifa plana del dolor entre quienes mataron y quienes fueron asesinados solivianta a la mayoría de las víctimas de ETA. Ven que ese ‘igualitarismo’ va calando en la vida institucional vasca. Muchos leen ‘Patria’ de Fernando Aramburu y ya se creen en paz con tanta ignominia padecida. Y duermen a pierna suelta. Si los ‘Pagaza’ siguen volviendo a Andoain es porque quieren que los acosadores y asesinos, así como el mundo de Batasuna, reconozcan que persiguieron a tantos ciudadanos para convertir a la sociedad vasca, obligatoriamente, en nacionalista. Pero Batasuna no renegará de la historia de ETA. Es su propia historia. Pero si la trayectoria de ETA queda justificada, alguien podrá tener la tentación de reeditarla.

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