Daños colaterales

El proceso secesionista de Cataluña, además de socavar el prestigio de esa comunidad, ha puesto bajo sospecha el concepto mismo de nacionalismo

Daños colaterales
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA

Calmado, de momento, el huracán secesionista catalán, llega la hora de tasar daños. Los que se han producido en la propia Cataluña son bien conocidos y han sido ya ampliamente comentados, si bien su alcance no ha podido aún precisarse con total exactitud. Cabe, no obstante, afirmar, sin ningún temor a equivocarse, que dos bienes han quedado seriamente dañados. Uno, más fácilmente cuantificable, se refiere a la economía, y su magnitud podrá medirse con absoluta precisión a no mucho tardar. El otro, de carácter más intangible, guarda relación con la calidad de la convivencia en la sociedad catalana y llevará todavía un tiempo calibrar en su exacta envergadura. En todo caso, aun cuando su hondura no sea fácilmente expresable en cifras, la fractura social que puede observarse a primera vista presenta dimensiones alarmantes.

Pero estos dos daños, que ya sólo niega quien no quiere ver para no tener que hacerse responsable, quedan, por así decirlo, dentro de la comunidad que los ha causado. Hay otro, sin embargo, que, afectándola también a ella, la trasciende hasta el punto de expresarse sólo en su proyección exterior. Me refiero a esa dimensión que tanto aprecia toda sociedad, y que en la catalana ha sido objeto de particular orgullo, cual es la del prestigio. Pues bien, si se hace excepción de su incuestionable habilidad para el espectáculo, que ha quedado una vez más meridianamente demostrada a lo largo del ‘procés’, la sociedad catalana ha visto derrumbarse estrepitosamente, en un par años, todas las demás dotes que integraban la ascendencia de que había gozado durante siglos. Todo aquello que hasta ahora se reconocía y apreciaba bajo el nombre de ‘catalanismo’ se ha visto gravemente tocado por mor de la conducta engañosa, manipuladora, chapucera, egoísta y altiva que su mayor exponente, el nacionalismo, ha exhibido a la hora de conducir el fracasado proceso de secesión. No le va a resultar nada fácil a la sociedad catalana recuperar el prestigio que tanto le ha costado lograr y tan poco dilapidar.

No quedan, sin embargo, ahí circunscritos los daños que ha causado el ‘procés’. Sus efectos han sido, por desgracia, sumamente expansivos. Y es que, aparte de los que van a tener que soportar el catalanismo y, por extensión, la sociedad catalana en su conjunto, también otros, en España y en Europa entera, habrán de sufrir los suyos como de rebote. Me centraré en uno que, por afectar directamente a nuestro país, merece más atención. Y es que, junto al catalanismo, también el ‘nacionalismo’ en cuanto tal, sea de la procedencia que fuere, se ha visto tocado a consecuencia de este fracasado proceso secesionista. En el Estado español y, más allá, en la propia Unión Europea, el concepto mismo de nacionalismo ha quedado hoy tan ‘mal visto’ que, para volver a hacerse aceptable, no podrá ya presentarse desnudo. Tendrá, más bien, que adjetivarse con calificativos que, como cultural, inclusivo y respetuoso de la ley, le devuelvan su prestigio perdido.

En España, por comenzar por lo cercano, se han alzado ya voces autorizadas, tanto del mundo de la política como de la academia y la intelectualidad, que, tratando de corregir lo que juzgan dejación continuada, reclaman mayor presencia del Estado en todo el territorio ‘nacional’. ‘Más Estado’ es la reivindicación que, vergonzante de proclamar desde la reinstauración democrática, se ha puesto hoy de moda. Por ello, si a algún ingenuo se le hubiere ocurrido pensar que el llamado ‘procés’ supondría una brecha en el muro de la temida recentralización del Estado, que vaya abandonando la idea. No se trata, además, de una corriente de pensamiento procedente de lo que, desde las periferias, suele denominarse ‘rancio nacionalismo español’, sino, en buena medida, de una reacción de corte más racional que, frente a la propuesta de la España plurinacional o Nación de naciones, prefiere culpar de los males actuales a la escasa insistencia en la «indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible» que tan enfáticamente proclama el artículo 2 de la Constitución.

No es ésta, por lo demás, una reivindicación que no vaya a encontrar eco más allá de nuestras fronteras. También ahí fuera, en Europa, se han escuchado voces que, en reacción a lo ocurrido en Cataluña, han evocado trágicos recuerdos de un pasado no muy lejano y proclamado aquello de que «el nacionalismo es la guerra» o, con menos dramatismo, pero no menor determinación, el principio de la integridad de los Estados y la inamovilidad de las fronteras. Son hechos, por tanto, que forman parte de esa realidad que impone sus leyes y que quienquiera que pretenda hacer política en la Unión Europea no tendrá otro remedio que tener en cuenta. Nada de lo ocurrido en Cataluña ha sido en vano. Ha servido, más bien, de aviso a navegantes.

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