Coherencia con riesgos

Que el PNV de su respaldo a la cadena por el derecho a decidir para que sea un éxito es lógico pero para nada inocuo

Manifestación del colectivo Gure Esku Dagu/
Manifestación del colectivo Gure Esku Dagu
ALBERTO AYALA

El PNV se va a implicar, de una u otra forma según la distinta sensibilidad de sus organizaciones territoriales, para que la segunda cadena humana por el llamado derecho a decidir que el colectivo Gure Esku Dagu ha convocado para el 10 de junio próximo sea un éxito

El respaldo gustará a unos y disgustará a otros, pero resulta cualquier cosa menos extraño. Porque numerosos burukides y alderdikides, incluido el presidente del Euskadi buru batzar (EBB), Ardoni Ortuzar, ya se sumaron a la primera, la que unió Durango con Pamplona en junio de 2014, y que se organizó a rebufo del espectacular éxito de la vía catalana, copia a su vez de la cadena báltica. Y porque resulta del todo coherente con el ideario nacionalista.

Pero se trata de un movimiento no exento de riesgos. El PNV siempre ha mantenido una cierta distancia con Gure Esku Dago. Probablemente porque el colectivo surgió de la órbita de la izquierda abertzale tradicional. Pero, sobre todo, porque lo último que desean los jeltzales es que se convierta en una suerte de Asamblea Nacional Catalana (ANC) bis, que en los últimos años ha condicionado de manera importante la actuación de los partidos nacionalistas en aquella comunidad. Y por evidente temor al contagio, a que el oasis vasco pudiera convertirse en un lodazal político como el catalán.

A un año y una semana para que se celebren las próximas elecciones municipales y forales, el partido de Ortuzar no escatima esfuerzos para cuidar su perfil público. Toca, pues, nadar y guardar la ropa. Estar en misa y repicando. Como siempre, como cada día, pero de una manera aún más especial.

Los peneuvistas están persuadidos de que el talante y la gestión del lehendakari Urkullu les garantiza el respaldo del segmento más templado del electorado vasco. Del nacionalista, sí, pero también el de antiguos votantes del PSE y del PP, partidos cada vez más debilitados por razones diferentes.

Sabin Etxea creía que los pactos presupuestarios con Rajoy completarían esa imagen de pragmatismo y moderación. El año pasado así fue. Éste, en que se las prometía aún más felices tras arrancar a los conservadores el compromiso de subir todas las pensiones igual que el IPC en 2018 y 2019, ha aparecido la contestación de un sector de los pensionistas que no se conforman y exige una prestación mínima de 1.080 euros. Algo sin duda deseable, pero hoy por hoy fuera de toda lógica económica.

El otro flanco a cubrir es el del electorado más nacionalista. Pues bien, a satisfacer a ese sector se orienta, sin duda, la propuesta soberanista de preámbulo para el nuevo Estatuto planteada por los jeltzales en la ponencia de Autogobierno la semana pasada. Del todo coherente pero inesperada porque su maximalismo impide cualquier pacto transversal. Y decisiones como el respaldo a la cadena por la autodeterminación del próximo fin de semana.

Movimientos calculados, pero no exentos de riesgo. Cuando une se sube al alambre, por mucha que sea la experiencia que se tenga, siempre existe el riesgo de caerse. Que se lo pregunten si no al expresident catalán Artur Mas y a la cúpula del PDeCAT, la formación heredera de Convergencia, completamente desbordados por Puigdemont y por la calle.

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