La coacción pacífica

Tras declarar la independencia, Puigdemontse ha convertido en el propagandista de una España imaginaria, sólo presente en su cabeza

Tonia Etxarri
TONIA ETXARRI

El escaso seguimiento de la huelga convocada por los independentistas catalanes reflejó ayer el abismo que separa a los activistas de la república fallida del resto de la sociedad catalana, preocupada, sobre todo, por poder llegar a su puesto de trabajo y conservar su empleo en plena fiebre de fuga de empresas que buscan otras zonas que les garanticen seguridad jurídica. A medida que el ‘gran paro político’ para reclamar la libertad de los encarcelados y protestar contra el artículo 155 se iba convirtiendo en un clamoroso fracaso, a los convocantes no les quedó otra salida que la coacción, los piquetes de presión y el corte de tráfico para paralizar cualquier actividad normal en las grandes ciudades. Una táctica que, además de volverse contra ellos porque los ciudadanos no ocultan ya su hartazgo ante tanta tensión política generada por los independentistas, les dejó desprotegidos de su antifaz de ‘la sonrisa y el pacifismo’. Ya no engañan a nadie a pesar de volver a utilizar a menores para cortar las vías del AVE, entre otras cosas para impedir la actuación policial. Esas actitudes de coacción, impidiendo a los ciudadanos llegar a trabajar, repartir mercancías o presentarse a un examen, distan mucho de ser pacíficas al impedir la libre circulación de las personas. Pero este es el clima que está provocando el equipo del fugado Puigdemont que, una vez perdida su brújula, si es que alguna vez la tuvo, se está enrocando en sus posiciones para extender el caos desde Barcelona hasta Bruselas. Como si buscara el estallido del ‘Big Bang’, el cosmos español a quien le ha declarado la guerra por la sencilla razón de que el Estado democrático le impide violar las leyes.

Desde que declaró la independencia catalana un viernes y huyó de ella un lunes, el expresident se ha ido convirtiendo en el propagandista de una España imaginaria, existente tan solo en su cabeza. Con monólogos televisivos plagados de insultos. Porque hablar de fascismo, nazismo y franquismo es un insulto, no sólo para el Gobierno de Mariano Rajoy, sino para cualquier ciudadano que vivió y sufrió los infortunios de la dictadura. Hasta tal punto es así que dirigentes de la izquierda retirados de la política, indignados, han salido al escaparate para exigirle que no retuerza la Historia ni banalice el sufrimiento de los presos políticos de la época más negra de España que, evidentemente, no es ésta. Pero Puigdemont da una vuelta de tuerca a su contrapropaganda con tan poca habilidad que arremete contra las autoridades europeas que no le apoyan y de las que pretende que le ofrezcan un santuario para su impunidad. Ajeno al daño político que ha ocasionado ya a la sociedad catalana y a su propio partido. Y a sus propios compañeros encarcelados, de momento, por riesgo de fuga.

La anulación de la declaración unilateral de independencia y la ley de ruptura por parte del Tribunal Constitucional da una pista a los organizadores de este esperpento hacia la república independiente que duró cuatro horas. Un aviso a navegantes ahora que la pregunta recurrente se enfoca hacia el 21-D. ¿Y si volvieran a ganar los independentistas? Pues saben que no pueden volver a actuar con la impunidad con la que lo han hecho. Que no pueden violar el Estado de Derecho. Que el Parlament no se puede arrogar atribuciones que no le corresponden. Que las trampas y la mentira no le saldrán gratis. Y lo más importante: que deje de coaccionar.

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