cataluña, ¿un freno para quién?

El debate para que Euskadi se dote de un nuevo Estatuto entra en su fase decisiva. Que sea posible un pacto transversal dependerá de que el PNV no olvide a Ibarretxe ni a Puigdemont. Pero también de que Rajoy no piense solo en Ciudadanos

cataluña, ¿un freno para quién?
Alberto Ayala
ALBERTO AYALA

Seis años después, el debate para que Euskadi tenga un nuevo Estatuto que sustituya al de Gernika -el único que aún no ha sido reformado- entra, al fin, en su recta final. Y lo hace, como es evidente, seriamente condicionado por el desafío del independentismo catalán al Estado.

Los cinco partidos y coaliciones con representación en el Parlamento vasco están citados el próximo miércoles en la Cámara de Vitoria para que presenten sus propuestas de actualización de nuestro modelo de autogobierno. Luego, a partir de esos textos, intentarán pactar una serie de pautas que sirvan para encargar a un grupo de expertos la redacción de un anteproyecto de Estatuto. Será sobre ese documento sobre el que se produzca la negociación final.

Es decir que entramos en la fase determinante del debate, pero todavía nos quedan unos cuantos meses de espera por delante hasta comprobar si el proceso termina en fumata blanca o negra. Por eso los textos que los grupos lleven este miércoles a la ponencia de autogobierno no deben entenderse como su última palabra, sino como una especie de segundo documento de trabajo, tras los que presentaron en 2016.

La gran discusión va a girar en torno a lo que durante mucho tiempo se denominó derecho de autodeterminación y que el nacionalismo ha rebautizado en los últimos tiempos como derecho a decidir. Una expresión de éxito evidente en el debate político, pero que carece de sustento legal alguno, según admiten hasta cualificados juristas que se mueven en la órbita nacionalista.

Todas las miradas están puestas, de entrada, en el PNV de Andoni Ortuzar y del lehendakari Iñigo Urkullu. Y es que no es viable ningún pacto para cambiar el Estatuto que carezca del aval de los jeltzales, primera fuerza política vasca, y en ascenso, según todos los sondeos.

A partir de ahí, tanto Sabin Etxea como Ajuria Enea aspiran a que el nuevo marco legal cuente con el plácet de al menos tres de los cinco grupos parlamentarios. Y que representen tanto a la mayoría nacionalista como a la minoría constitucionalista.

A nadie se le oculta que el primer objetivo peneuvista es llegar a un pacto con el PSE de Idoia Mendia, su socio tanto en el Gobierno autónomo, como en las tres diputaciones y en la mayoría de los ayuntamientos vascos. Materializado ese eje no parece que fuera a ser demasiado complicado sumar al mismo a Elkarrekin Podemos, la formación que dirige desde diciembre Lander Martinez. No así a la EH Bildu de Arnaldo Otegi.

¿El problema? Que los socialistas -como los conservadores- ya han advertido de que jamás aceptarán el derecho a decidir. Y en el PSE, a diferencia de lo ocurrido en el PSC, que ha ido desguazándose a medida que avanzaba el ‘procés’, no existen disensiones internas relevantes al respecto.

Punto de encuentro

Cuál puede ser el punto de encuentro entre las posiciones actuales de ambas formaciones es la pregunta del millón. Como si será o no posible. Oficialmente las dos partes, que llevan tiempo hablando, se muestran moderadamente optimistas.

El actual PNV es el resultado del fracaso del plan Ibarretxe, que fracturó a Euskadi y a la propia formación jeltzale. Un partido que hoy apuesta por un nacionalismo dialogante, pactista y reformista y que, sin perder su ADN, concibe sobre todo el autogobierno como una herramienta para mejorar el bienestar de los vascos. Una política que los ciudadanos están avalando en las urnas.

La experiencia de Ibarretxe ha sido sin duda determinante en la frialdad con la que los peneuvistas han asistido al desafío independentista catalán al Estado, liderado primero por Artur Mas y luego por Carles Puigdemont. Una decisión estratégica no exenta de riesgos, criticada con dureza desde el sector más soberanista del partido, pero que los hechos han demostrado a la luz sobre tod de las consecuencias del fracaso del ‘procés: líderes huidos, encarcelados o procesados y la autonomía intervenida.

Ambas circunstancias, los fracasos de Ibarretxe y ahora de Puigdemont, cabe pensar que van a mover a los jeltzales a meter de alguna forma el freno en la negociación estatutaria y abrirse a algún tipo de solución final llamémosle posibilista. Siempre y cuando, claro está, logren contrapartidas que supongan avances en el autogobierno. Lo que está por ver.

Y es que el órdago catalán no sólo actúa en una dirección. El PP de Mariano Rajoy ha visto cómo la intención de voto en favor de Ciudadanos se ha disparado en detrimento de su partido, y a apoco más de un año para las próximas elecciones municipales y autonómicas de 2019.

El miedo que existe en la cúpula peneuvista, y en la de otros partidos, es que los populares intentar frenar la sangría de apoyos hacia la formación de Albert Rivera girando hacia posiciones más centralistas, como las que defiende la formación naranja.

Podría llegar a ser un obstáculo insalvable para que Euskadi tenga un nuevo Estatuto. Aunque el PNV modere sus aspiraciones de salida.

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