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Carme Forcadell, pueblo y corto

Carme Forcadell, pueblo y corto
IVÁN MATA

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

La historia acuña a veces interpelaciones sobre el mármol. César, por ejemplo, en las escaleras del Senado, 44 a.C, dirigiéndose a su hijo: «¿Et tu, Brute?». Fidel en La Habana, 1959, dirigiéndose a Cienfuegos: «¿Voy bien, Camilo?». Carme Forcadell en la Diada, 2014, dirigiéndose a Artur Mas: «President, ¡posi les urnes!».

En los tres casos, por cierto, al menos uno de los protagonistas acabó mal. Carme Forcadell se dirigió aquel día a Artur Mas frente a una multitud de manifestantes que formaban una ‘V’ (de votación, de victoria) abarrotando la Gran Vía y la Diagonal. La guardia urbana dijo que eran 1.800.000 personas (cifra que supera la población total de Barcelona); la Delegación del Gobierno contó 520.000. Forcadell dijo que se trataba de la mayor manifestación en la historia «de Europa».

Datos personales

Nació en Cherta en 1955. Es licenciada en Filosofía y Periodismo. Militante de Esquerra desde 1999, fue la primera presidenta de la ANC. Preside el Parlament desde 2015. El Tribunal Supremo le imputa delitos de desobediencia y prevaricación. Actualmente está en libertad bajo fianza,

En aquel momento era la presidenta de la Asamblea Nacional Catalana, organización que pese a su juventud (fue fundada en 2012) ya tuteaba en público al Govern. En aquel discurso de la Diada, Forcadell ejecutó con virtuosismo la suerte que había hecho de ella una figura imprescindible del ‘procés’. Consistía en hablar en nombre de una entidad abstracta, el pueblo, mientras atiborraba esa abstracción de virtudes (decente, pacífico, democrático) e instaba a los políticos a estar a su altura. «El referéndum lo convoca el pueblo», llegó a clamar Forcadell, moviendo el brazo como un gato de la suerte peronista. Lo de «President, ponga las urnas» fue, por tanto, una orden. Y la daba el pueblo, que hablaba a través de Forcadell como hablaban los espíritus a través de Madame Blavatsky.

Pasó de liderar el acelerante social del 'procés' (ANC) a ostentar una alta representación institucional (Parlament)

Tres años después, Artur Mas había caído en las escaleras del Palau de la Generalitat acuchillado por la CUP y Carme Forcadell -que pasó de la ANC a Junts pel Sí con la facilidad con que se hacen en Cataluña estas cosas- presidía el Parlamento autonómico. Pasó de liderar el acelerante social del ‘procés’ a ostentar una alta representación institucional. Ese salto redobló su peso simbólico y tuvo algo de sutil venganza. Ahora ella tendría que responsabilizarse de cada paso en el camino de la unilateralidad.

Sin embargo, Forcadell no se arredró. Quienes la conocen aseguran que la independencia es su obsesión desde que comenzó a militar en Esquerra y que eso incluso frenó su ascenso en la época posibilista de Carod y Puigcercós. En las sesiones de septiembre en las que el Parlament votó las llamadas «leyes de desconexión» Forcadell pasó por encima del procedimiento parlamentario, negando comisiones, desoyendo al secretario y quedando constantemente sobrepasada por el filibusterismo técnico de la oposición. El espectáculo fue asombroso. En sus peores momentos, Forcadell miraba al Gobierno como preguntando qué debía hacer. O quizá pidiendo permiso para zanjarlo todo a su manera, activando el mecanismo mágico que la había llevado hasta allí. Quizá incluso mejorándolo: poniendo los ojos en blanco y llevándose una mano al oído, para sintonizar mejor: «Un momento. Me dice el pueblo que los letrados de la Cámara no pintan nada en los asuntos jurídicos de la Cámara. El pueblo me confirma que el pueblo está por encima de las leyes. ¿Es todo, pueblo? Muy bien. Pueblo y corto».

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