Calella no se arrepiente

Una pancarta y un lazo amarillo en la balconada del edificio consistorial de Calella piden la puesta en libertad de los «presos políticos». /MARTIN BENET
Una pancarta y un lazo amarillo en la balconada del edificio consistorial de Calella piden la puesta en libertad de los «presos políticos». / MARTIN BENET

Los vecinos del municipio barcelonés mantienen que los guardias civiles a los que se expulsó de un hotel se extralimitaron la noche del 1-O

ANDER AZPIROZ

Basta con echar un simple vistazo a los resultados de las últimas elecciones municipales para darse cuenta de que en Calella una mayoría de la población es, si no profundamente independentista, sí al menos decididamente nacionalista. Los datos hablan por sí solos: CiU, Esquerra y la CUP sumaron 14 concejales por los 4 de PSC, PP e Iniciativa.

Este municipio barcelonés de 20.000 habitantes, uno de los núcleos turísticos más importante de El Maresme, saltó a las portadas la primera semana de octubre después de que un contingente de antidisturbios de la Guardia Civil destinado en Cataluña para impedir el 1-O tuviese que abandonar la localidad, donde se alojaba, tras enfrentarse con manifestantes que protestaban por las cargas policiales.

El escrache primero a los agentes del instituto armado a las puertas del hotel Vila y la carga de algunos de ellos después causaron un terremoto en el pueblo, donde, recuerda un vecino, «aquellos días se podía cortar el ambiente con un cuchillo». También la dueña de un comercio cercano al Vila guarda en la memoria y describe con ardor lo vivido entonces. «Los agentes tomaron toda la zona y se veían armas por la calle». Pero, coinciden ambos testigos, la tensión acabó en el momento siguiente a que las furgonetas de la Guardia Civil enfilaran el camino de salida.

La alcaldesa, Montserrat Candini, del PdeCAT, presionó para que el Ministerio del Interior retirase a sus efectivos de inmediato. «No queremos –dijo– que los hoteles de Calella sean un cuartel». Los agentes se fueron.

«Empezaron a repartir»

Dos meses después de aquellos incidentes la opinión mayoritaria en las calles de este municipio barcelonés es aún la misma que entonces. Desde el PSC, socio de gobierno del PDeCAT de Candini, se es contundente al recordar lo que sucedió la noche de autos. Los socialistas mantienen que dos no se pelean si uno no quiere. Que es cierto que hubo un escrache ante el hotel Vila, pero también, lo que consideran mucho más grave, que agentes de paisano «empezaron a repartir».

Según denunciaron los agredidos, se les llegó a golpear con porras extensibles. Sea como fuere, para Josep Torres, portavoz socialista en el Consistorio y segundo teniente de alcalde, «cuando uno viste un uniforme debe saber controlarse». Es temporada baja en Calella y se nota. De hecho, el hotel en el que se alojaron los miembros de la Guardia Civil está cerrado.

La ausencia de turistas da más visibilidad a los símbolos independentistas. Por ejemplo, a las velas y retratos de ‘los jordis’, Oriol Junqueras y Joaquim Forn colocados a la puerta del Ayuntamiento. Pero lo que más fácil se ve es la senyera y el lazo amarillo colocados en el campanario de la iglesia de Santa María i Sant Nicola, del siglo XVIII. No es casualidad. El párroco impulsó un manifiesto a favor del referéndum junto a otros 400 religiosos catalanes.

Visita de Mas

Dos parroquianos de un bar situado en el centro histórico de Calella se muestran muy críticos con unos y con otros. «Todos roban, al final el que mejor lo hace es solo porque se lleva menos, lo que para mí ya es un logro», dice uno de ellos. Se trata de un autónomo desencantado, entrado en una edad en la que ya se comienza a pensar en lo que deparará la jubilación y que saca pecho tras afirmar que un día que Artur Mas apareció por la localidad para ensalzar las bondades del independentismo le cogió por el codo y le preguntó: «Ya, pero a los que trabajamos por cuenta propia ¿qué? Vaya cara con la que me miró la alcaldesa», añade con una mueca de una media sonrisa.

En la mesa contigua le escucha la segunda persona. Uno habla en castellano y el otro responde en catalán, pero el idioma no impide que se entiendan y asientan en varias ocasiones en los que uno defiende su parecer. «La verdad es que yo siento mucha curiosidad por saber quién será el próximo presidente», dice el que habla catalán. «Pero si ya tenemos presidente», responde el autónomo en castellano. La conversación termina con este último intercambio de argumentos, tras el que ambos se despiden de forma afectuosa.

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