Al borde de la implosión

La debilidad de la presión interior y la fortaleza de la externa han logrado que el tinglado levantado por el secesionismo amenace un derrumbe estrepitoso

Al borde de la implosión
REUTERS
José Luis Zubizarreta
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA

No es la primera vez que utilizo el término ‘implosión’ para referirme al único modo en que creo posible que acabe la aventura secesionista que desde hace ya seis años lleva poniendo en estado de crisis a las instituciones catalanas y españolas. Y es que, cuando el secesionismo decidió salirse del cauce de la legalidad para alcanzar su objetivo, todas las otras posibilidades de solución, como el diálogo y la transacción, la política, en suma, quedaron anuladas. Sólo quedaba el proceso implosivo que, según el DRAE, se produce cuando la presión interior de una cavidad deviene inferior a la externa y sus estructuras se derrumban «hacia dentro con estruendo».

Hubo ya signos a lo largo del proceso que, de haberse tenido en cuenta por los interesados, quizá podría haberse evitado un derrumbe tan estruendoso. La disolución de la coalición que fue CiU y que, de tan sólida, más parecía un único partido fue el primero de ellos. Vino luego, aunque también por causas sobrevenidas, la mutación o transustanciación de la CDC restante en el aún semi-clandestino Partit Demòcrata Europeu Català. Y no puede considerarse finalmente ajena a todo ello la purga que el president Puigdemont llevó a cabo en su Gobierno el verano pasado, dejándolo limpio de cualquier resquicio de disidencia. Pero ninguno de estos signos hizo a nadie prever el estrepitoso derrumbe que el proceso está hoy comenzando a sufrir.

La variante interior de las dos presiones cuyo desequilibrio provoca finalmente la implosión daba, pues, muestras desde el principio de enorme debilidad. Las fuerzas que la integran -PDeCat, ERC y la CUP-, además de ser enormemente heterogéneas en ideología, intereses y extracción social, están dominadas por un componente muy activo de competitividad electoral y lucha por el poder. Su unidad en pos de un objetivo común -la república independiente de Cataluña- ha sido siempre, por tanto, precaria y sobrevivido bajo constantes amenazas de fractura. Sólo ha podido salvarse a base de continuas y arriesgadas huidas hacia delante. A éstas se ha añadido a última hora la mesiánica personalidad de un líder que, encumbrado por su éxito electoral y el relato épico con que sus adeptos lo han rodeado, se ha creído en condiciones de imponer su estrategia, trufada de obvios intereses personales, a la variopinta mezcla de corrientes que fluyen por el torrencial cauce del secesionismo. El efecto devastador ha quedado a la vista de todos. Pero las cosas no habrían llegado al extremo, si la presión exterior no hubiera aportado lo suyo para que el tinglado comenzara a derrumbarse.

La presión externa provenía de los frentes más diversos. El Estado de Derecho, siempre parsimonioso, se decidió a desplegar, ante la inacción de su brazo político, su enorme fuerza coercitiva y a activar todos los eficaces instrumentos de que dispone. La comunidad internacional y, en especial, la europea, exhibieron, primero, indiferencia y, más tarde, una decidida oposición. La economía se sacudió su natural pusilanimidad y comenzó a dejar claro, goteando de manera alarmante las fugas de sus recursos, dónde estaban sus preferencias. Y llegó, por fin, lo más determinante: el sector de la sociedad catalana que se había mantenido silencioso o silenciado alzó su voz en la calle y marcó los límites a lo que se presumía inabarcable. La confluencia de estas múltiples presiones tuvo tal efecto, que los que hasta entonces se las daban de movimiento imparable se hallan hoy atascados en punto muerto o en un impasse que augura una pronta y estruendosa implosión.

De momento reina el desconcierto. El choque tan abrupto con la realidad ha causado en el grupo tal aturdimiento, que sólo el paso del tiempo, más corto que largo, será capaz de sacudir. La presión externa ha surtido su efecto, y sólo le cabe esperar, sin apresuramiento ni precipitación. No se trata, en efecto, de ganar, sino de ver cómo se reconstruye el edificio sobre bases más sólidas. Mejor, por tanto, que cánticos de efímeras victorias, ayudar a quienes están desconcertados y aturdidos a recuperar su compostura. Y, para ello, nada más eficaz que enfrentarlos a su propia realidad plural y plantearles la pregunta más pertinente: «¿por qué no dejáis de daros la espalda y os ponéis, de una vez, a hablar entre vosotros?». Y es que, ensimismados, como están, en sus cuitas y obsesionados con tanto enemigo exterior, se han olvidado de lo más básico del conflicto, a saber, que hay otros en la casa -los más, de hecho- que tienen mucho que decir y con los que habrá que dialogar para ponerse de acuerdo. Porque, una vez salidos del armario, no habrá modo de silenciarlos para volver a hacer como si no existieran.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos