Bilateralidad

Es un error que Euskadi eluda su obligación de exponer los términos del Concierto y del Cupo amenazando con apuntarse a la desconexión

Bilateralidad
Kepa Aulestia
KEPA AULESTIA

La bilateralidad, en las relaciones entre el poder autonómico y el central, ha dado lugar a dos acepciones políticas, casi ideológicas, que pertenecen ya al acervo jeltzale. Está la bilateralidad que el lehendakari Urkullu reclama en cuanto a las relaciones entre Euskadi y Madrid, frente a la multilateralidad del Estado de las Autonomías. Y está la bilateralidad que el lehendakari Urkullu predica para promover una salida ‘pacífica’ al conflicto entre la DUI y el 155 en Cataluña. Son dos ‘bilateralidades’ distintas, porque es diferente su intención. Pero la idea trata de abrirse paso como clave de bóveda de un Estado digamos que transitorio, hasta provisional. O como método definitorio para pergeñar el futuro de la complejidad ‘a nuestro favor’.

La bilateralidad es la recomendación vasca para los catalanes. Aunque se trata de una prescripción escrita desde la ventaja que nos concede, para empezar, el sistema de Concierto y Cupo. Es esto último lo que limita el magisterio foral sobre el independentismo catalán, que era gobernante hasta anteayer y que el lunes se sabrá si puede salir de prisión. La insistencia en que la unilateralidad no es desechable responde sin duda a necesidades de campaña, después de que los líderes de la desconexión inmediata se pusieran tan en evidencia por su ineptitud a la hora de encauzar una energía social que, por lo visto, habían recabado sin ton ni son. Pero responde también a las dificultades que el autogobierno estatutario encuentra para elevarse un ápice sobre la reforma ‘cepillada’ por el Congreso y recortada por el Constitucional. Para imaginar siquiera una Cataluña a medio camino entre el resto de las autonomías y la república propia.

La bilateralidad es algo así como una alternativa moral a la unilateralidad, en tanto que es mejor por su apariencia sensata y dialogante, por su presunto realismo. Solo que ha de demostrarse como tal. Por eso se trata de una alternativa en la que los independentistas catalanes no confían, y a cuya música no acaban de poner letra sus principales valedores. Léase el PSC y En Comú. Sencillamente porque la bilateralidad depende, en cuanto a sus virtudes, de un interlocutor que, a su vez, depende de la multilateralidad que define al Estado compuesto. Rajoy resulta exasperante dando largas tras aplicar el 155 de la Constitución. Pero, afortunadamente, el poder político no es absoluto en España, a pesar de las malas señales que emitan determinados solapamientos entre el Ejecutivo y el Judicial.

El ‘oasis vasco’ tiene que ver en gran medida con las necesidades de los Ejecutivos centrales

Hay un escrutinio multilateral que, a diario, se pronuncia no solo sobre los intentos unilaterales de salirse con la suya, sino que también alza la voz respecto a un bilateralismo que los demás, los que se sienten excluidos o sencillamente desinformados, ven desafortunado. Digamos que es el multilateralismo de la sospecha o del ‘otro agravio’. Por mucho que apelemos a la Constitución y a los respectivos Estatutos de Autonomía, no hay norma alguna que conceda a ninguna comunidad la potestad de fijar su estatus de común acuerdo con el Gobierno central a cambio de contribuir a la estabilidad de la legislatura correspondiente.

El ‘oasis vasco’ tiene que ver en gran medida con las posibilidades que el gobierno de la Euskadi foral ha encontrado en las necesidades de los sucesivos ejecutivos centrales del Estado para dotarse de una mayoría parlamentaria suficiente. La capacidad persuasoria del principio de bilateralidad depende de que el interlocutor necesite servirse de ese diálogo a dos porque no tenga otra alternativa a mano. La crisis catalana ha incrementado el valor de la bilateralidad ‘entre España y Euskadi’, pero solo a efectos políticos. La bilateralidad es el argumento que exime a las instituciones vascas de dar cuenta del Cupo y del Concierto, y al mismo tiempo disuade al Gobierno central de explicar los pormenores del acuerdo. Pero supone un error de alcance sustraerse a los requerimientos de transparencia de las comunidades de régimen común, como si el blindaje foral fuese para siempre. Como si Euskadi pudiera eludir cualquier emplazamiento a que ponga en orden sus compromisos con el resto de España amenazando con apuntarse a la desconexión.

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