Bigotes y populismo

Correa, Granados y el Bigotes han modificado el relato con que explicaban su abultado patrimonio en dinero negro

'El Bigotes'./
'El Bigotes'.
JUAN CARLOS VILORIA

En el último mes los referentes más mentados de la corrupción política en España (exceptuando a Bárcenas), Correa, Granados y el Bigotes, han modificado el relato con que explicaban su abultado patrimonio en dinero negro y sus relaciones opacas con empresarios y gentes de la jet política por las que están siendo procesados. Ni la cárcel ni las duras acusaciones de la fiscalía anticorrupción con altas peticiones de penas habían conseguido sacarles hasta ahora de su enroque testifical: «Todo era legal señoría». De pronto hemos descubierto la otra cara de los rostros de hormigón armado a que nos habían acostumbrado. Granados tira de una manta que según él no existía, el Bigotes dispara a todo lo que se mueve y Correa recupera la memoria para señalar a Francisco Camps y sus antiguos amiguetes de Valencia como los auténticos culpables de la trama Gürtel. El momento cumbre lo escenificó Alvaro Pérez, ya sin mostacho, arremangado como un descamisado cualquiera en la comisión de investigación (?) del Congreso de los Diputados poniendo nombres y apellidos a los que «soltaban el mondongo».

De pasada, como quien no quiere la cosa, salen a colación un amigo de Rajoy por aquí, o el esposo de la jefa del PP, Dolores de Cospedal, por allá. ¿Qué han desayunado estas prendas? ¿Han tomado dosis masivas de ‘De memori’? No. Mucho más sencillo. Se han apuntado al populismo. A esa nueva ‘religión’ que lo resuelve todo, que tiene víctimas y culpables predeterminados y que te puede salvar del desastre incluso aunque te pillen con las manos en la masa. Solo se trata de señalar y culpabilizar de todo el mal a las élites políticas y sociales, los señores del pepé, los banqueros buitres, y corruptos en general. No pasará mucho tiempo antes de que veamos a los ‘arrepentidos’ apuntarse a los Círculos de Podemos presumiendo de haber destapado la corrupción. A ver si cuela. La tendencia populista a reducir la lacra de la corrupción a las élites políticas está ocultando una parte muy considerable del iceberg. Y permite a los tramposos derivar sus responsabilidades individuales ubicándose en ese relato casi como víctimas «del sistema». En el libro que el economista holandés Vincent R. Wermer ha dedicado a la «España real» hay muchas cosas discutibles pero es cierto que aquí cuando la gente piensa en la corrupción solo piensa en el Gobierno. Pero se olvida que el 20% de la economía nacional es sumergida. O sea, en negro. Vincent no dice, como Podemos, que el PP es el partido más corrupto de Europa, que puede ser, sino que España es el país más corrupto de la UE. El economista que ha resumido los defectos de España en trescientas páginas pone el dedo en la llaga a nuestro pesar señalando los dos pilares de Celtiberia: Hay falta de ética y nadie asume responsabilidades. Habría que añadir una más. Ante los problemas de corrupción el deporte es pegar una patada hacia arriba.

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