Una bicefalia para más conflicto

Cataluña elige un president provisional que supervisará Puigdemont para un mandato breve supeditado al 'procés

Una bicefalia para más conflicto
EFE
Alberto Ayala
ALBERTO AYALA

Visca Catalunya Lliure!' (Viva Cataluña Libre). El independentista radical Quim Torra eligió ayer estas tres medidas palabras, propias de quien cree vivir en un país sojuzgado, para agradecer su elección por el Parlament como 131 president de la Generalitat, primero de todos ellos en autodefinirse como 'provisional'.

Cataluña evita así otras elecciones y se adentra en una legislatura que se presume entre corta y cortísima, de seis a doce meses, según decidan los líderes del 'procés'. Lo harán en función de si les conviene más ir a las urnas cuando sean llamados a juicio o coincidiendo con las municipales de mayo de 2019. Una legislatura para insistir en el desafío del secesionismo -minoritario en las urnas, aunque mayoritario en el Parlament gracias a la ley electoral- al Estado.

Pero, además, estrena una inédita bicefalia presidencial. Con un president oficial, legal, Torra, que se autoconsidera 'provisional'. Y un ex, el huido Puigdemont, al que el secesionismo reconoce como 'legítimo' jefe del Ejecutivo catalán. Ambos se verán hoy y darán una rueda de prensa conjunta en Berlín para demostrar que, como la canción, la vida sigue igual. O peor.

Tan pronto el nuevo Govern tome posesión, y salvo sorpresa, terminará la excepcionalidad derivada de la aplicación del artículo 155 de la Constitución y aquella comunidad recuperará su autogobierno. Lo que no recobrará es la normalidad.

No es posible con un president que exhibe preocupantes tics supremacistas, racistas y xenófonos, según volvieron a denunciar ayer todas las formaciones no nacionalistas del Parlament y hasta el grupo socialista europeo en base a los propios escritos de Torra a lo largo de estos últimos años. No cuando todo apunta a que varias carteras del nuevo Ejecutivo recaerán en manos de exconsellers presos por decisión del juez Llarena (como Turull y Rull) o huidos (como Puig), lo que les impedirá dirigirlos en el día a día.

Pero, sobre todo, no habrá normalidad porque difícilmente puede haberla cuando Torra ha anunciado, y en eso no parece hombre de dobleces, que su prioridad seguirá siendo construir 'república catalana' y acometer un proceso constituyente. Cuando, en un guiño a la CUP, no dudó en afirmar ayer que 'la calle es nuestra'. Y cuando pretende seguir adelante con los planes del independentismo de degradar el papel del órgano que representa la voluntad de los catalanes, el Parlament, para potenciar dos foros creados 'ad hoc' por el secesionismo: el Consell de la República, que liderará Puigdemont, y una Asamblea de Cargos Electos, integrada por concejales y parlamentarios soberanistas.

Prepárense para toneladas de palabras, de gestos, de decibelios, de grandilocuencia independentista un día sí y al otro también. Para pronunciamientos en los bordes mismos de la legalidad pero no contra la ley, para evitar nuevos problemas con la Justicia y nuevos encarcelamientos.

Con semejante hoja de ruta por parte independentista, la disposición al diálogo mostrada por el presidente Rajoy parece condenada de antemano al fracaso. Y no por el estrecho marcaje al que le tiene sometido Ciudadanos. Simplemente porque con un nacionalismo que 'de facto' no acepta la ley y que ni siquiera asume que sólo representa al 47% de los votantes catalanes no queda resquicio alguno para el optimismo.

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