50 años del primer asesinato de ETA

Varios jóvenes observan la moto de la víctima, en el suelo, tras el atentado ante la atenta mirada de un agente. En el gráfico, los detalles de aquel atentado./Josemi BenítezGráfico
Varios jóvenes observan la moto de la víctima, en el suelo, tras el atentado ante la atenta mirada de un agente. En el gráfico, los detalles de aquel atentado. / Josemi Benítez

Un libro busca arrojar luz sobre el crimen del joven guardia civil José Antonio Pardines Arcay

LORENA GIL

Un sondeo del Euskobarómetro fechado en octubre del pasado año incluía la pregunta: ¿Quién fue la primera víctima mortal de ETA? Solo el 1,2% de los encuestados acertó. Casi el 20% erró en la respuesta y el resto, simplemente reconoció no saberlo. El libro 'Pardines. Cuando ETA empezó a matar' (editorial Tecnos), impulsado por la Fundación Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo, pretende «rescatar del olvido» al joven agente de la Guardia Civil José Antonio Pardines Arcay, cuya muerte a manos de la banda terrorista el 7 de junio de 1968 se convirtió en «el crimen inaugural de una nueva época».

La obra, cuya presentación tendrá lugar en Bilbao el próximo martes, ha sido escrita por trece expertos, entre historiadores, politólogos, periodistas y juristas, que analizan minuciosamente todo lo que giró en torno a aquel atentado del que ahora se cumple medio siglo. Coordinado por Florencio Domínguez y Gaizka Fernández Soldevilla, el trabajo incluye material inédito, testimonios orales, documentación policial y causas judiciales para arrojar luz sobre la víctima, sus verdugos, el grupo terrorista al que pertenecían, la sociedad en la que vivían y las consecuencias de aquel primer asesinato de ETA.

De futbolista a Guardia Civil

José Antonio Pardines Arcay nació en Malpica de Bergantiños (A Coruña) el 1 de junio de 1943. «La tradición pesquera que había comenzado con su abuelo Domingo Arcay y que continuó como atadora su madre, Estella, no la heredó él», recoge el libro. «Las estrecheces económicas de la España de los sesenta le impulsaron a entrar en la Guardia Civil». José Antonio tenía dos hermanos pequeños. «Tenía que empezar a trabajar si quería que ellos estudiasen». Su abuelo había formado parte de la Benemérita y su padre seguía activo en el Instituto Armado. Pero no lo tuvo fácil. «Su estatura, de apenas 1,66 metros de altura, rebasaba escasamente un centímetro la talla mínima exigida», revelan. Pero con 19 años, abandonó su sueño de ser futbolista y cambió las botas por el uniforme verde.

La banda no tardó en editar pasquines e incluso libros sobre Echebarrieta y elevarlo a «primer mártir»

Pardines empezó su andadura en la Guardia Civil en 1963 en la academia Regional de Instrucción de Barcelona. De allí pasó a Tudela Veguín (Oviedo), hasta que solicitó la especialización de motorista. Fue destinado en el subsector de Tráfico de San Sebastián. No llegó a estar cómodo. Incluso solicitó su regreso a Asturias. Pero año y medio antes de que ETA acabara con su vida, pidió continuar en Euskadi. «Algo tendría que ver Emilia», una joven salmantina que residía en Usurbil, con la que el joven agente había iniciado una relación.

Un control de carretera

Txabi Echebarrieta -así lo escribía él- e Iñaki Sarasketa viajaban aquel 7 de junio de 1968 por la carretera Madrid-Irún en un coche robado. Ambos iban armados. «Tenían una cita en Beasain con Jokin Gorostidi, quien iba a entregarles un cargamento de explosivos», se relata en 'Pardines. Cuando ETA empezó a matar'. «Debido a las obras en un puente de la Nacional I, los terroristas tuvieron que coger un desvío por la carretera local de Aduna», en Gipuzkoa. Allí, desde las tres de la tarde, se encontraban regulando el tráfico los guardias civiles José Antonio Pardines y Félix de Diego. Sobre las 17.30 horas, Echebarrieta y Sa rasketa pasaron por delante de Pardines. Este los siguió con su moto y les hizo señas para que pararan. El agente les pidió el permiso de circulación para, a posteriori, comprobar que los datos no coincidían con el número del bastidor. «Expresó su extrañeza en voz alta. Y esas fueron sus últimas palabras». Recibió cinco disparos.

Un camionero navarro, de nombre Fermín Garcés, fue testigo de parte de los hechos e incluso intentó retener a uno de los etarras. «Agarró de la pechera a Iñaki Sarasketa y solo retrocedió cuando Txabi Echebarrieta esgrimió su pistola». Aún así, se subió en el primer coche en la fila del control y ordenó a sus dos ocupantes seguir al vehículo en el que huían los terroristas. Avisaron a Félix de Diego, compañero de Pardines, e informaron después de que los dos miembros de ETA se habían refugiado en Tolosa. Fermín Garcés supo entonces que quería ser Guardia Civil. Y lo logró, en septiembre de 1968, solo tres meses después del atentado.

1. Iñaki Sarasketa, fotografiado el 10 de junio de 1968 en dependencias de la Guardia Civil tras su detención. 2. Documento Nacional de Identidad falso en poder de Txabi Echebarrieta. 3. José Antonio Pardines tenía 25 años.

El verdugo 'héroe'

Tras asesinar a José Antonio Pardines, Txabi Echebarrieta e Iñaki Sarasketa huyeron en su automóvil, que acabaron abandonando. Buscaron refugio en Tolosa, en casa de un colaborador de la organización. «A las dos horas le pidieron que les sacara de allí en su coche», relatan los autores del libro. En el punto conocido como Venta-Aundi (hoy Benta-Haundi), les paró una pareja de la Guardia Civil, «que para entonces ya estaba en alerta». «En el control de produjo un tiroteo, en el que falleció Echebarrieta. Sarasketa y su cómplice pudieron darse a la fuga». Posteriormente serían detenidos. Sarasketa fue condenado a muerte -se le conmutó la pena por cadena perpetua-, pero salió en libertad con la amnistía de 1977.

Echebarrieta pasó de ser el verdugo al 'héroe'. ETA se encargó de ello. Pese a que la banda «no contaba con información sobre lo ocurrido, no tardó en editar publicaciones y pasquines» afirmando que el etarra había actuado en defensa propia a la hora de asesinar a Pardines y calificándole como el «primer mártir de la revolución». Un pasquín recalcaba que Echebarrieta valía «mucho más que todos los guardias civiles. Ellos nos lo han robado y pagarán por ello», advertían. «La imagen sonriente de aquel joven con flequillo y gafas graduadas forma parte de un icono que se ha reproducido hasta la saciedad en cientos de pintadas y carteles». El terrorista fue objeto de multitud de homenajes y de varios libros. Varias iglesias celebraron actos funerarios durante los días y semanas subsiguientes a su fallecimiento. «Los más reseñables fueron los de San Antón, en Bilbao». En los cementerios también se glorificó a Echebarrieta. Aprovechando la festividad de Todos los Santos, en distintas localidades aparecieron hojas animando a dejar una flor en su tumba en Derio. La figura de José Antonio Pardines, sin embargo, quedó sepultada en el olvido.

El 'Lobo' infiltrado

El salto cualitativo en la actividad terrorista de ETA trajo aparejada una reacción «torpe y brutal» por parte de la dictadura. Se promulgó un «decreto ley sobre represión del bandidaje y el terrorismo y se declaró un estado de excepción en Gipuzkoa». En 1968, tan solo en Bizkaia, la Brigada de Investigación Social arrestó a 312 peronas, de los que 108 fueron puestos en libertad sin cargos. Las Fuerzas de Orden Público (FOP) «no estaban preparadas para enfrentarse a ese desafío». Cuando la banda mató al inspector Melitón Manzanas el 2 de agosto de dicho año, solo dos meses después del asesinato de Pardines, las FOP no sabían nada sobre la organización clandestina ETA, «aparte de que existía».

Una de las estrategias en la lucha contra el terrorismo fue contar con un infiltrado, se recuerda en la obra 'Pardines. Cuando ETA empezó a matar'. «Se peinaron Bilbao y alrededores en busca de candidatos que encajaran en el perfil». Mikel Lejarza fue el más conocido, que no el único. Era natural de Villaro, pero vivía en Basauri. Procedía de una familia tradicional, vascoparlante y católica. Conocía, además, a algunos simpatizantes de la banda. Pese a que entonces se decía «mejor ser amigo del diablo que de un 'madero'», Mikel finalmente accedió. Desde entonces, pasó a llamarse 'Gorka' para ETA y 'Lobo' para las fuerzas de seguridad. Tras casi ser arrestado por policías que desconocían su doble identidad, su tapadera se vino abajo a raíz de que la BBC hablara de un posible infiltrado en la organización terrorista. La 'operación Lobo' se cerró con 158 detenciones. Siete de los diez integrantes de la cúpula de la banda fueron encarcelados. La rama político-militar quedó prácticamente desmantelada. «En el sur de Francia empezaron a aparecer carteles y fotos de Mikel Lejarza acusándole de haber traicionado al pueblo vasco y poniendo precio a su cabeza».

Cinco muertes relacionadas

Cinco de las más de 800 personas asesinadas por ETA tuvieron algún tipo de relación con José Antonio Pardines. Esta curiosidad viene recogida en la obra. El 6 de mayo de 1975, el agente Andrés Segovia fue acribillado por la espalda cuando iba caminando por la vía férrea en dirección al cuartel de Gernika. La víctima acababa de terminar su turno de vigilancia en la fábrica Astra, Unceta y Cía, la misma en la que se fabricaron las pistolas de Echebarrieta y Sarasketa. El propietario de dicha empresa, Augusto Unceta, también fue asesinado por la banda terrorista en el 77, así como los dos guardias civiles que le escoltaban: Antonio Rivera y Ángel Fernández. «El día anterior a dicho crimen, el Consejo de Ministros había ratificado el proyecto de Ley de Amnistía», apuntan los autores del libro.

El agente que aquel 7 de junio de 1968 formaba pareja con Pardines, Félix de Diego, fue asesinado más de una década después por dos pistoleros de ETA en el bar Herrería de Irún, «propiedad de la familia de su esposa». «Había pasado a la reserva despues de sufrir un accidente de motocicleta y padecía un cáncer terminal de riñón que lo tenía impedido». Los autores fueron Luis María Marcos, a quien tras disparar una vez se le encasquilló la pistola, y Fernando Arburua, que le remató de seis disparos. Este último ejercía entonces como «sacerdote católico». Acabó por colgar los hábitos. «Nunca se ha arrepentido».

'Operación Pardines'

Un operativo conjunto de las autoridades francesas y la Guardia Civil se saldó a mediados de septiembre de 2015 con la detención en Francia de los presuntos jefes políticos de ETA Iratxe Sorzabal y David Pla. Ambos terroristas, que se encontraban en una casa rural de la localidad de Saint Etienne de Baigorri, eran dos de los tres etarras que habían anunciado en octubre de 2011 el «cese definitivo de la actividad armada».

El dispositivo policial tenía un enorme simbolismo, también desde el punto de vista político e histórico. «Y necesitaba de un nombre que estuviera a la altura de las circunstancias, uno que se recordase para siempre y que sirviese para rendir homenaje a todas las víctimas que ETA había causado», destacan los autores de la obra. «El nombre no podía se otro que 'Operación Pardines'».

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos