Tras los pasos de Don Quijote

Molinos de Alcazar de San Juan, al atardecer.

Ruta del Quijote. La novela inmortal de Cervantes recorre esos rincones manchegos de los que el autor no quería acordarse en una sucesión de paisajes blancos, amarillos y azules

Luis López
LUIS LÓPEZ

Es tan universal el Quijote, y tanto nos han acompañado desde pequeños los paisajes manchegos con sus molinos y sus llanuras amarillas, que resulta casi un misterio por qué no habíamos visitado antes esa tierra detenida en el tiempo. Pero, ¿qué importa este retraso, esta negligencia, si El Toboso lleva siglos ahí, esperándonos? Castilla La Mancha es la fiel representación de su esterotipo, una sucesión de campos de cereales sobre los que el cielo azul se apoya en el horizonte. En verano tiene algo de fantasmagórico porque el paisaje, ondulante por los suaves promontorios y por el aire caliente que desprende el asfalto, está como muerto. Y los pueblos blancos dormitan, desiertos y achicharrados. Así que ahora, con un clima más benigno, puede ser un buen momento para acercarse a esta tierra que es, con permiso de Alonso Quijano, la otra protagonista de la gran obra escrita por Miguel de Cervantes.

Información útil

Dónde dormir:
Qué comer:
La cocina manchega es contundente y sencilla, así que es fácil disfrutar de una experiencia auténtica en muchos lugares. Pero hay que ir mentalizado para engullirse unos duelos y quebrantos (revuelto con chorizo, jamón y tocino), unas gachas (puré de harina tostada con ajo, pimentón, panceta, chorizo y guindillas), migas , pisto manchego...

Es verdad que ‘El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha’, una de las más importantes creaciones de la literatura universal, no es novela en la que se especifiquen muchas localizaciones. Ya lo anuncia el autor en el arranque, donde ni quiere acordarse del lugar donde vivía aquel «hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor». Estudiosos de medio mundo se han esforzado por identificar escenarios con más o menos consenso y también se han enzarzado en discusiones que seguramente le resultarían muy divertidas a Cervantes. Por eso, a la hora de visitar esta tierra lo mejor es dejarse llevar. Incluso perderse, y tener la misma sensación que cuando se viaja a Nueva York por primera vez: todo parece conocido de tantas veces visto o imaginado.

Cuatro pueblos, un país

Si vamos a estar más cómodos con una hoja de ruta, que a veces viene bien, hay cuatro municipios que han ideado el país del Quijote, un recorrido por algunos de los lugares más emblemáticos en el universo cervantino. Al finalizar el viaje, y presentando los sellos que imponen las oficinas de información turística en cada pueblo en un documento a los efectos, se expide el certificado de Caballero Andante o Dulcinea de La Mancha, según el sexo o sensibilidad de cada quien. ¿Qué cuatro pasos hay que dar para adquirir semejante condición? El primero, en El Toboso. ¿Hay acaso un lugar con más resonancias cervantinas?

La patria de Dulcinea tiene casitas blancas y edificios de manpostería. Destacan un par de conventos y la iglesia parroquial de San Antonio Abad (que ha adoptado la fea costumbre de cobrar entrada salvo en horario de culto); en su lado sur, la plaza de Juan Carlos I, donde un metálico Don Quijote hinca la rodilla ante su amada. Está el Museo Cervantino, una pequeña excentricidad con ediciones de El Quijote en 70 idiomas diferentes; y el Museo del Humor Gráfico Dulcinea, con dibujos de la muchacha elaborados por humoristas famosos. Pero lo realmente imprescindible es visitar la Casa Museo de Dulcinea del Toboso.

Dice la tradición que en el siglo XVI fue habitada por don Esteban y su hermana doña Ana, que habría inspirado el personaje de la idealizada amada del hidaldo. Seguramente todo eso será una filfa, pero el edificio ofrece una representación muy interesante de lo que era un caserón manchego en aquellos tiempos, de cómo vivía aquella gente, qué comía, cómo se relacionaba...

A 18 kilómetros está Campo de Criptana, segunda etapa de esta ruta cervantina y donde se encuentra la postal manchega más internacional. Coronando el pueblo, en el cerro de La Paz, se yerguen 10 molinos de viento (tres de ellos datan del siglo XVI) de esos que don Quijote confundía con gigantes. Las crónicas cuentan que en tiempos de Cervantes había más de treinta, por lo que muchos dan por hecho que fue aquí donde el escritor imaginó la fiera y desigual batalla.

Merece mucho la pena visitar el molino Infante (que junto con Sardinero y Burleta mantienen la estructura y mecanismo de hace cinco siglos) para conocer como funcionaba el invento. Aún hoy, un molinero profesional mantiene a punto los engranajes de manera que son capaces de cumplir perfectamente con su cometido de moler el grano. El resto de edificios también están explotados para uso turístico, como el Culebro, que alberga el museo de Sara Montiel, vecina ilustre de Campo de Criptana.

Un molino para Sara

Aseguran allí que era una mujer muy normal y cuentan anécdotas de cuando iba a alojarse a la casa de su prima. No como otros ilustres de la zona, que son un poco más estirados. Un paseo por el barrio alto del Albaicín morisco, blanco y azul, y una visita a una casa cueva (hay restaurantes en estas cavernas) también son interesantes antes de poner rumbo hacia Alcázar de San Juan.

Esta población, a 8 kilómetros de Campo de Criptana, ya tiene su enjundia, con más de 30.000 habitantes. Presume de que en la iglesia de Santa María la Mayor se conserva la partida de bautismo de Miguel de Cervantes, y también ofrece al visitante el Museo del Hidalgo, una casa solariega del siglo XVI que está interesante. Por supuesto, hay distintos vestigios medievales y todo eso. Pero lo que de verdad es imprescindible en Alcázar de San Juan es subir al cerro de San Antón, donde cuatro molinos de viento alineados dominan el paisaje. El promontorio se levanta en medio de una llanura imponente, pura Castilla, y las vistas desde aquí son impresionantes. Al fondo, la silueta de Campo de Criptana. El atardecer desde este punto, todo rojos, amarillos y azules fríos, puede ser una de las experiencias más memorables que ofrezca La Mancha. Además, no parece ser un sitio muy frecuentado y es fácil presenciar en soledad y silencio ese espectáculo.

La última etapa está en Argamasilla de Alba, a unos 40 kilómetros al sur de Alcázar. ¿Qué conexión hay aquí con el universo cervantino? La Cueva de Medrano. Dice la leyenda que fue aquí donde Cervantes comenzó a escribir su novela más universal, y autoridades como Azorín y Rubén Darío daban la teoría por buena. Este sería «el lugar de La Mancha de cuyo nombre no quería acordarse». Naturalmente que no hay certezas históricas, pero sí indicios razonablemente científicos que sostienen esta hipótesis. El más repetido es que el farsante Avellaneda hizo salir de aquí a Don Quijote y posteriormente Cervantes, en su batería de desmentidos a la obra del imitador, no lo negó.

Y mucho más

Sea como fuere, lo que cuenta la leyenda, y también la señora de la oficina de información turística mientras expide el certificado de Caballero Andante y Dulcinea de La Mancha, es que el recaudador de impuestos Miguel de Cervantes, en su paso por Argamasilla, lanzó requiebros subidos de tono a una muchacha que resultó ser sobrina del marqués Rodrigo de Pacheco, un meapilas que era el mandamás del lugar. Enterado de la salida de tono, ordenó encarcelar al literato (al que se describe como bastante chulo y arrogante) durante varios meses en esa cueva. Está bajo el nivel del suelo y parece un espacio diseñado para engendrar historias amargas.

Todo lo anterior no es, ni mucho menos, una enumeración exhaustiva de los atractivos que ofrece una tierra tan mágica como La Mancha. Aquí cerca están las Lagunas de Ruidera, la teatral Almagro, Valdepeñas con sus vinos, y una interminable lista de monumentos y paisajes, de castillos, iglesias y peñascos. Un ecosistema de resonancias épicas que anima, de una vez por todas, a leer –al fin– o releer –«non fuyades, cobardes y viles criaturas»– la novela total.

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