Paseo por el centro de Burgos

Vista desde las alturas de la catedral de Burgos. /Félix Ordóñez
Vista desde las alturas de la catedral de Burgos. / Félix Ordóñez

Una visita guiada al casco antiguo de Burgos muestra la personalidad de este municipio presidido por su imponente catedral y repleto de anécdotas

IRATXE LÓPEZ

Viajar no significa solo ver sitios, se trata de conocerlos a fondo, patear sus calles, empaparse de una historia que se abre paso en tu conciencia mientras alzas el cuello hacia ventanas y tejados, giras la testa en dirección a pórticos y columnatas, descubres con mirada atenta adornos y señales. La ciudad de Burgos no queda lejos. Es probable que muchos hayamos recalado en ella alguna vez pero este reportaje invita a redescubrir su pasado en compañía de una guía que la ama y la conoce.

Sagrario García-Morato aguarda al grupo junto a la estatua del peregrino, en la Plaza del Rey San Fernando. Sonríe paciente hasta reunirlos a todos y comienza la ruta avisando de que son muchos los nombres y apellidos importantes para la localidad pero «tampoco se trata de aprendérselos porque al final el público se hace un lío, por eso intentaré mencionar los justos». Alfonso III inaugura la lista. Fue este rey quien ordenó fundar el cerro del castillo en el año 884. Después otro Alfonso, el sexto, decide que Burgos dejará de ostentar la capitalidad del Reino de Castilla pero trambién desvía el Camino de Santiago incluyendo su tránsito por la ciudad. Se desarrolla así la conexión con Europa que inaugura vías comerciales. El siglo XV firma la edad de oro para los burgaleses. Con el XVII empieza la decadencia. Carlos III ayuda a reflotarlo en el XVIII. Después llegará el despegue industrial.

«Tenemos el honor de contar con tres títulos de Patrimonio de la Humanidad: Atapuerca, el Camino de Santiago y la catedral. Aún así no vivimos del turismo sino de la industria», aclara Sagrario. Por encima de sus palabras se impone la presencia del renombrado templo que tardó en completarse cinco siglos, lleno de colorido aunque ahora apenas se conserven policromías (algunas se están recuperando). Otros dos nombres aparecen lanzados al aire: el del obispo Don Mauricio y el de Fernando III, promotores de la obra. Y un tercero, el futuro obispo Don Alonso de Cartagena quien, tras acudir al Concilio de Basilea para defender la posesión de las Islas Canarias, entre otros asuntos, regresará de tierras alemanas obsesionado con el gótico flamígero que manejaría después Juan de Colonia con excelencia en el edificio.

A la izquierda, la Puerta de la Coronería de la catedral de Burgos. A la derecha, el grupo desciende a la zona de Las Llanas. / Iratxe López

Las anécdotas sobre esta catedral se suceden y, frente a la cercana iglesia de San Nicolás de Bari, surge una nueva, la del posible origen de una costumbre navideña, colocar calcetines para que Papá Noel deje dentro sus presentes. Cuenta que surgió a partir de uno de los milagros de este santo, preocupado por la pobreza de un feligrés que ante la falta de pan que echarse a la boca debió echar a la calle a sus propias hijas para atraer monedas con la venta de sus cuerpos. Era tan precaria la situación que cada una disponía solo de un par de medias, lavadas a diario con delicadeza, puestas a secar sobre la chimenea. Apiadado el buen Nicolás, introdujo dinero en estas prendas, de ahí que hoy día se siga manteniendo la tradición de guardar en ellas los regalos.

Algo más adelante, en la Puerta de la Coronería, segunda más antigua de la catedral, la lección a los feligreses, y al grupo, sobre el camino correcto a emprender para alcanzar la gloria queda clara. Está inscrita en relieves en los que el turista observa cómo rey, reina, obispo, monje y franciscano son los únicos elegidos para acceder al cielo mientras otros arden retorciéndose en el averno. Un pompis mostrado impunemente por otra de las estatuillas, y algunos detalles chistosos más, dibujan la sonrisa en el público que aprende allí mismo lar razón de que este acceso fuese clausurado. Parece que la ciudadanía adquirió la molesta costumbre de pasar desde ese punto hacia el río atravesando la catedral, acompañados de todo tipo de jolgorio, mercancías… ¡e incluso ganado!

Descenso hacia Las Llanas para posar los pies sobre el antiguo mercado del cereal. «Su venta estaba controlada antiguamente por el Monasterio de Las Huelgas, al que llegaban monjas de sangre real o noble. En un tiempo en el que la posición de las mujeres era complicada, la abadesa de este templo solo debía obediencia al Papa, controlaba cien villas y recibía el impuesto de la cueza. Imaginaos la enorme importancia de aquella eclesiástica con poder por encima de casi todos los hombres», explica la cicerone. Otra figura con mucho menos rango pero esencial a partir del medievo fueron los zapateros. «En una ciudad que acogía a 150.000 peregrinos al año, este gremio disfrutaba de buena salud».

La guía da una explicación sobre un plano de Burgos. A la derecha, el grupo atiende ante el arco de Santa María. / Iratxe López

Algunos pasos más adelante se abre a los congregados la Plaza Mayor informe que surgiría según el crecimiento medieval irregular. «Allí vendían los artículos de primera necesidad. Lo que poca gente sabe –comenta Sagrario muy cerca de allí, delante de la placa colocada en el suelo después de atravesar lo que fue la Puerta de San Pablo– es que Burgos estaba repleta de canales, como una pequeña Venecia. Hasta que tras unas fuertes inundaciones fueron tapados».

Bajo los plataneros del Paseo del Espolón, que disponen desde hace ochenta años de un cuerpo especial de jardineros para garantizar su supervivencia, continuará el grupo la marcha hasta la Puerta de Santa María, donde tenían lugar las reuniones del Concejo. «Como queda patente en una leyenda del escudo, Burgos fue siempre fiel a la monarquía… salvo en una ocasión. Cuando en el siglo XVI Carlos V llega con intención de reinar, no es bien recibido por los burgaleses que, por primera vez, se rebelan. Reconocida la metedura de pata quisieron congratularse con el rey, por ello su imagen se instala en el centro del Arco de Santa María, que ahora contemplamos».

Descansa acompañando, entre otros, del omnipresente Cid que, a pesar de no ser nombrado entre las líneas de este reportaje a propósito, sí salpica con su leyenda y realidad diferentes rincones de la capital burgalesa. Recodos dispuestos a ser leídos como un libro abierto en la compañía debida, durante esta ruta.

Rimbombin Urban Hostal.
Rimbombin Urban Hostal.
Dónde dormir: Rimbombin Urban Hostal

Muy céntrico, pegado a la plaza Mayor, a un paso de la catedral. Moderno. De vivos colores. Acogedor. Con estilo… Los buenos calificativos se acumulan para describir este original alojamiento que cuenta con muy buena nota de sus clientes, merecida sin duda, en portales como Booking y Tripadvisor.

Descanso y confort del huésped son su prioridad, por eso ofrece cómodas habitaciones, alegres por el color naranja que las viste, diseñadas con todo detalle estético y de materiales. Si a esas ventajas le sumas la excelente relación calidad-precio, muy por encima de la media para un hostal, la estancia se convierte en una experiencia única y más que agradable. También tiene un apartamento para cuatro personas, por si prefieres mayor independencia.

En el mismo edificio donde te alojarás, cuentan con restaurante propio, el tradicional Rimbombin, que luce una extensa barra repleta de pintxos y tiene fama por la variedad de sus raciones. Entre los caprichos más cantados a cocina: la alpargata, los tigres y el ferrero morcilla. Para compartir, huevos rotos con paleta, revuelto de boletus con foie micuit, brocheta de lechazo, bacalao gratinado… Un listado enorme de delicias que colmarán de manjares tu estómago.

(C/ Sombrerería 6, Burgos. Tf. 947 261 200. http://www.rimbombin.com/)

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