Algo más que Tokio: el Buda gigante de Kamakura

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Escapa del ajetro de la capital del neón con una ruta de montaña entre templos, deidades y bambú

El gran Daibutsu de Kamakura.
El gran Daibutsu de Kamakura. / Eider Burgos
Eider Burgos
EIDER BURGOS

Kamakura es una pequeña ciudad costera conocida como 'la Kyoto del Este'; por haber sido capital política de Japón en el siglo XII y por ser hoy foco de atracción por sus numerosos templos y altares. Está rodeada al sur por el mar y al norte por el bosque, desde donde arranca la ruta por el monte hacia el gran Daibutsu, el gigantesto Buda de bronce del templo Kotokuin, atracción principal de la localidad. Un recorrrido de hora y media entre bambú, deidades y cerezos en flor (si se viaja en la época) que contrasta con el bullicio y los neones de la insomne Tokio.

A una hora de la capital y perfectamente conectada por tren, la ruta senderista hacia el Daibutsu es una opción perfecta para los viajeros que quieran cambiar los rascacielos y el pachinko por el monte y el aire fresco.

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Para realizar esta escapada existen dos opciones que se asemejan al viejo dilema: el camino corto y aburrido (simplemente tomar el tren hasta la estación Kamakura y caminar 25 minutos hasta el santuario), y el largo pero más bonito. Si te decantas por la opción bucólica, lo mejor es salir desde la estación de Tokio o Shinagawa y tomar la línea de tren hacia Yosokusa (en esa marabunta de líneas que tiene la ciudad de Tokio por mapa, es la línea de color azul oscuro que desciende hacia el sudeste); detente en Kita-Kamakura. Recuerda que a la hora de viajar en Japón, siempre es mejor hacerlo con el bono Japan Rail Pass. Una vez allí, cruza las vías del tren, continúa hasta la siguiente calle paralela y tuerce a la izquierda. El camino hacia del Daibutsu comienza justo antes de volver a encontrarte con las vías del tren, a la derecha, en un camino en ascenso al principio asfaltado. Solo al principio.

Sección del mapa de la red ferroviaria de JR que lleva hasta Kamakura. Señaladas a la derecha, las estaciones de salida; a la izquierda, Kita-Kamakura, el destino. / Japan Rail

A partir de aquí el camino no tiene pérdida y está bien señalizado. La ruta incluye varias paradas. La primera, en el templo Jochiji, uno de los cinco grandes templos zen de la localidad. Una escalinata de viejas piedras precede a un pequeño complejo de edificios de pasado más esplendoroso, pero que aún conserva la quietud en sus jardines y cuevas.

Es aquí donde verdaderamente arranca la ruta, donde el asfalto deja paso al verde y los turistas desaparecen. Este camino entre árboles apenas está transitado, y los pocos que por aquí pasean son locales. En familia, ágiles ancianos que adelantan a los jóvenes sofocados, incluso madres que cargan con sus bebés en el abdomen, acunados en un Mei Tai.

El camino, aunque claro, se funde perfectamente con el paisaje: los escalones están esculpidos en la tierra y entre las grandes raíces; el sendero, marcado por la parte pelada del suelo. Hasta pequeñas esculturas de carácter religioso se confunden con la natura: unas son montoncitos de piedra donde los transeúntes añaden con cuidado la suya antes de continuar el trayecto; otras, esferas talladas y salpicadas de piedritas y flores con las que alguien ha decorado con mimo. Y de repente, pequeños bosques de bambú donde se filtran los rayos del sol.

Bosque de bambú y diferentes tramos de la ruta del Daibutsu de Kamakura. / Eider Burgos

El parque Genyijama es parada obligada en la excursión. Es el lugar perfecto para reponer fuerzas, en cualquiera de sus mesas de madera a la sombra, junto a un lago o en alguna de sus campas salpicadas de cerezos, que si vas en primavera, durante la semana del 'sakura', regalan una bonita estampa de flores rosáceas. El claro se abre junto al altar Zeniarai Benten, que presume de propiedades mágicas: si lavas tu dinero en su manantial, se multiplicará por dos en primavera (zeniarai, de hecho, significa «limpiar dinero»). Muy cerca, una explanada acoge la gran estatua de Minamoto Yoritomo, el comandante que inauguró en 1192 el periodo Kamakura y estableció la ciudad como capital política del país (de ahí su importancia actual).

Los últimos pasos hasta el templo Kotokuin, donde reposa el gran Buda, descienden por una larga escalera esculpida en la tierra, algo empinada (mejor ayudarse de una cadena instalada a la derecha) y que desemboca en dos direcciones. Daibutsu está a la izquierda, volviendo al asfalto (aunque en ningún momento desaparece la abundante vegetación), avanzando todo recto y a la izquierda.

Estatua del militar Minamoto Yoritomo en el parque Genyijama. / Eider Burgos

Al Daibutsu lo custodian dos hercúleos guardianes de aspecto demoníaco. Son los Niō, protectores que viajaron con Buda pero que no llegaron al mismo grado de iluminación. Normalmente el de la derecha tiene la boca abierta, al contrario que el de la izquierda, representando el principio y el fin. El cetro que sostienen es el vajra, una vara con las cualidades del diamante y vehículo de la luz.

Antes de entrar al templo (por el que hay que pagar 200 yenes, alrededor de 1,50 euros), toca purificarse, lo que en japonés se conoce como 'temizu'; la gran pila de piedra donde se realiza es el 'temizuya'. El proceso es siempre el mismo: coge uno de los cazos con la mano derecha, llénalo de agua, vierte un poco sobre la izquierda para limpiarla, luego sobre la derecha; vuelve a llenarlo y con la izquierda lleva un poco de agua a la boca (sin tragarla); vuelve a lavar la mano izquierda, pon el cazo en vertical para que el líquido restante limpie el mango y devuélvelo boca abajo sobre el 'temizuya'. Ya 'purificado', puedes acceder al recinto. Recuerda que, por muy turístico que sea, estás en un templo, por lo que debes ser respetuoso.

Abajo a la izquierda, un Niō, guardián de Buda; a la derecha, el 'temizuya' donde purificarse antes de entrar al templo. Arriba, el recinto abierto del Daibutsu de Kamakura, foco de turistas. / Eider Burgos

Daibutsu se traduce como 'gran buda', y grandes budas hay por todo Japón. El que descansa en Kamakura desde 1252, sin embargo, es especial: es el segundo buda sentado más grande de todo el país, solo por detrás del de Nara. Mide 13,35 metros de alto; 121 toneladas de bronce. Para hacerte una idea, solo su oreja mide 1,90 metros de alto; su cara, con los ojos cerrados en expresión de paz, 2,35 metros de altura. Una persona de estatura media (europea, los japoneses son efectivamente más bajitos) ni siquiera llegará a vislumbrar por encima del pedestal que lo sostiene.

Son sus descomunales dimensiones las que le han salvado de una catástrofe tras otra. Aunque ahora Buda medita en posición de loto al aire libre, al principio se resguardaba en en el interior de una gigantesca sala de un templo de madera, destruido en dos ocasiones por tormentas a lo largo del siglo XIV y finalmente arrasado por un tsunami en el siglo XV. Desde entonces, la bóveda celeste es su único cobijo, lo que lo hace aún más atractivo, rodeado de un bonito paraje plagado de árboles y montañas. En 1923, un terremoto destruyó su base, que fue reformada en la década de los sesenta para dotarlo de una plataforma móvil que resistiese a los sismos.

Lo que le sale de la espalda no son alas, sino ventanas parar ventilar. Porque el Daibutsu es hueco y puede visitarse por dentro (por unos 20 yenes, unos 15 céntimos). El interior es pequeño y oscuro, y aparte de un par de placas explicativas sobre el proceso de fundición no verás mucho más, pero cuándo volverás a tener la oportunidad de ver a Buda desde dentro.

Arriba, las hipotéticas sandalias del Buda (en realidad, demasiado pequeñas). Abajo, la cabeza desde el interior y las ventanas que se abren a su espalda para ventilar el habitáculo. / Eider Burgos

Junto a la estatua encontrarás diversos carteles sobre las medidas exactas de la estatua y sus diferentes partes, las inclemencias a las que ha sobrevivido a lo largo de los siglos y sobre las reformas a las que ha sido sometido para siga sobreviviendo a los desastres naturales.

El resto del templo Kotokuin también merece un paseo tranquilo, con un jardín de suelo de piedras blancas, estatuas Jizo (unos pequeños niños de piedra, patrones de los viajeros y de los hijos difuntos), los cerezos, y rincones que, a pesar de la afluencia que pueda tener el templo, rezuman una sorprendente paz.

Para volver a la gran ciudad, puedes tomar la estación de Kamakura, a 25 minutos del templo (el camino está señalizado). Pero antes, disfruta de las bonitas tiendas locales, de la playa y los restos de un gran torii en el agua y de los múltiples templos que han hecho famosa a la ciudad. Aprovecha la calma antes del frenesí tokiota.

Cerezo en flor en el templo Kotokuin de Kamakura. / Eider Burgos

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