De teatro al Puerto Viejo

FOTOS: IRATXE LÓPEZ

Seguro que conoces el Puerto Viejo de Algorta, que más de una vez te has parado a tomar algo en una de sus terrazas. ¿Pero qué sabes de su historia? ¿Y de sus antiguos moradores? Una entretenida visita teatralizada despeja esas incógnitas.

IRATXE LÓPEZ

‘El Txo’ es un grumetillo que se dedica a ayudar a la tripulación de su barco. Se levanta el primero y se acuesta el último porque su día a día está lleno de deberes. Despierta a los compañeros de las txalupas, les sirve de apoyo en lo que necesiten. Su aspecto es jovial, de pillo enfundado en raídos pantalones de arrantzale, txapela sobre la testa y abarcas en los pies.

Aborda el grupo el primero, con gran sorpresa de los congregados que hasta entonces han centrado su atención en las explicaciones del guía. Ésas que hablan de que hace tiempo Algorta era un solo acantilado de arenisca asomado a El Abra. Las que se regalan al público en esta visita teatralizada al Puerto Viejo.

Información útil

Dónde:
Puerto Viejo de Algorta Punto de encuentro Oficina de Turismo de Getxo, Playa de Ereaga.
Cuándo:
Domingos de julio, agosto y septiembre (excepto el 13 de agosto) Horario 11:30 a 12:30 h.
Precios:
3 euros, menores 12 años gratis Idioma Castellano
Reservas:
Información y reservas 94 491 08 00

Cuentan los vocablos que desde el siglo XV Bizkaia empezó a crecer, a enriquecerse. Europa requería materias primas de Castilla y la actual provincia vasca se convirtió en puerto comercial. Llegaban nuevas técnicas de cultivo. Terminaban las guerras de banderizos. Getxo no poseía demasiadas salidas al mar, ninguna fácil, desde luego. Apenas existían ensenadas pues sus acantilados caen a plomo sobre el agua. Salvo en dos rincones. En uno de ellos nacerá el pequeño puerto pesquero. Muy pequeño y muy pobre.

Por entonces, Portugalete contaba con la exclusividad del comercio de navegación por lo que la actividad debía ceñirse a la pesca del día. «Mis ropas son míseras, como mi paga –comenta ‘El Txo’–. Pero a mí me gusta la libertad». El dinero no cegaba los ojos de estos vecinos, por eso hombres y niños salían al Cantábrico. Mientras, desde tierra, las mujeres recogían escombros marinos, recolectaban algas, vendían pescado, arrastraban gabarras como sirgueras… Eran muchas las tareas, como explica Boni en uno de los rincones más hermosos de esta visita, la Plaza del Farol. Allí trata de abrir un cofre, el que ha podido quedarse tras el naufragio de un barco. Nerviosa, soñando que tal vez sea mucho lo que esconde. Deseando que el invisible tesoro ayude a aumentar los tímidos ingresos que presta la venta de algas en caseríos cercanos, algas que se utilizan como abono o cama para el ganado. «Si hay que recoger hierbas para que las vacas duerman como señoras, se hace. Hay vacas que viven mejor que algunas que yo me sé», recita con una dósis de cruda realidad.

Bonifacia no es la única que practicaba el raque. Esta recolecta había sido regulada con claridad: un tercio de lo encontrado se lo quedaba el descubridor, los restantes la autoridad. Era aquel un mundo con normas; con obligaciones que cumplir. Lo ha advertido antes la hija del lemán quien, sentada en Portuzarra Kalea, narra anécdotas de una vida difícil. Su padre es uno de esos tripulantes que tomaban el timón de los navíos para llevarlos a buen puerto a través de las complicadas aguas que riegan la zona. Desde la atalaya que ahora nos acoge, vigilaban el horizonte para correr hacia los barcos. El primero que tocara al recién llegado lo conducía con tiento con el objetivo de asegurar su pase a través de la Barra, una peligrosa zona en la que confluían las corrientes del Ibaizabal, el Gobela y El Abra, trampa en la que muchos se hundieron.

A lo largo del barrio siguen las explicaciones. Paseando entre sus intrincadas calles, retorcidas y repletas de casucas que se aprietan unas a otras abrigadas de compañía. Era su forma de resguardarse, de protegerse de los temporales en el único puerto vasco orientado al noreste. Hogares que se subdividieron para acoger a nuevas familias o a los hijos y nietos de las que ya los ocupaban. Adornados ahora con flores, eguzkilores y gran colorido, como el paisaje de un cuento protagonizado por gentes recias de cuyos cuartos salieron corsarios como Otxoa de Getxo, que asaltaba barcos franceses e ingleses; o el grumete de la carabela Niña, que acompañó a Colón.

Tras ascender pequeñas cuestas, bajar leves escaleras, torcer al final de pasadizos… la visita acaba en 'Etxetxo' (la casita), en el pórtico de este edificio, antigua sede de la Cofradía. En ese espacio destinado a las reuniones de los vecinos, el barrio se abría al mar.

Queda que, cada uno por su cuenta, aproveche las terrazas que pueblan el entorno para tomar unas rabas, algún que otro pintxo y una cerveza o un vino. Para reposar lo escuchado. Disfrutar del verano en este magnífico entorno. Y marcharse conociendo el ayer, además del hoy, gracias a las escenas salpicadas durante este recorrido.

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