Ribera de Duero: tierra de vinos y lechazo

Viñedos en la comarca burgalesa.
Viñedos en la comarca burgalesa. / PHILIPPE DESMAZES

Los Pérez Pascuas de Pedrosa de Duero mantienen la liturgia de unos viñedos apreciados en todo el mundo, incluido el Vaticano

Pedro Ontoso
PEDRO ONTOSO

Recito a Antonio Machado mientras disfruto de una copa de Viña Pedrosa crianza de 2014 en la bodega burgalesa. «¡Oh Duero, tu agua corre y correrá mientras las nieves blancas de enero, el sol de mayo haga fluir por hoces y barrancas, mientras tengan las sierras tu turbante de nieve y de tormenta, y brille el olifante del sol, tras de la nube cenicienta!». El padre Duero, que nace en los Picos de Urbión, adopta en Castilla una atmósfera mesopotámica. Recuerdo a Arnold Toynbee y su ‘Estudio de la Historia’ en el que describe el valle inferior del Tigris y el Éufrates como cuna de la civilización por la vida que floreció en sus orillas. Y el empuje de la fe cristiana para cultivar viñedos y celebrar la fiesta de la Eucaristía. Muy cerca, el monasterio de Nuestra Señora de la Vid vela por la salud de los majuelos. En La Ribera, en efecto, el vino es una religión y son muchos los fieles que peregrinan a sus bodegas.

Los hermanos Pérez Pascuas y su familia, albaceas del alma y la identidad del patriarca don Mauro, mantienen la liturgia en los campos de Pedrosa de Duero. Hay que cavar las cepas, podarlas, mantener a raya al pulgón. Hay que vigilar los brotes, observar cómo se estiran los zarcillos, cómo se anuncian los racimos y cómo pintan las uvas. Luego hay que guiar al vino con el ojo, el olfato, el oído y el gusto. Tierra, trabajo, familia, tradición y fe. Mañana, tarde y noche pendientes del cielo.

Ribera de Duero

Dónde:
Roa, punto de arranque de la visita, se encuentra a 200 kilómetros de Vitoria, unos 260 de Bilbao. Webs rutadelvinoriberadelduero.es y riberadelduero.es.

Pedrosa, tierra de piedras rodadas por el Duero. «Sobre esta piedra fundaré mi Iglesia», proclamó San Pedro, que hoy reina sobre la majestuosa plaza en el corazón del Vaticano. Como los vinos de esta bodega desde 1994 cuando pusieron una pica en Vía della Conciliazione, la emblemática arteria romana que penetra en la plaza SanPadro. Llegaron hasta Juan Pablo II a través de Mario Tagliaferri, el poderoso nuncio que tanta influencia tuvo en la jerarquía española. El pontífice polaco celebraba la Misa de Gallo, en Navidad, con vino de esta bodega. Luego lo ratificaron otros embajadores de la Santa Sede como Lajos Kajda o Monteiro de Castro.

En su día los Pérez Pascuas tuvieron que decidir entre pan o vino, entre trigo o vid. Y se decidieron por el vino. Algunas de sus cepas, visiblemente retorcidas, tienen cerca de 100 años. Gran selección, gran reserva, reserva, crianza, cepa gavilán. Puro néctar de tempranillo, elegante y poderoso, que se merece la consagración. Medio millón de botellas anuales con un estilo único que maduran en 4.000 barricas de roble americano y francés y llegan a mercados tan exóticos como Corea del Sur o Japón. Las dedicatorias de las barricas lo atestiguan.

Templo de la Asunción en Roa de Duero, del siglo XVI y estilo gótico-tardío.

Plomo y ceniza

Sigo leyendo a Machado, a Bécquer a Gerardo Diego sobre la generosidad del Duero. Se me cruzan frases de Karol Wojtyla, José María Aznar –visitaba esta bodega antes de inaugurar el curso político–, Antonio Banderas, el entrenador de la Real Sociedad, el vallisoletano Eusebio Sacristán o el economista financiero José Ignacio Goirigolzarri, que sacaba tiempo para refugiarse en este rincón entre tantas horas de planificación estratégica. «Entre cerros de plomo y de ceniza, manchado de roídos encinares, y entre calvas roquedas de caliza, iba a embestir los ocho tajamares del puente el padre río, que surca de Castilla el yermo frío». Machado canta al Duero, que riega Soria, Burgos, Valladolid, Segovia y Zamora.

Y es verdad que las aguas de este río miman las tierras de La Ribera donde se extiende un bosque de majuelos que dan vida a numerosas bodegas. Pago de los Capellanes, Carmelo Rodero, Hermanos Páramo Arroyo, Lambuena, Valderiz, López Cristóbal, Raíz, Viña Solorca, Condado de Haza, Dominio de Cair (de Juan Luis Cañas), Tarsus... son algunas de las marcas que jalonan esta ruta. El vino es una perfecta excusa para recorrer esta tierra cargada de historia y de leyendas.

Un día en Roa

La comarca está salpicada de pueblos que merecen una parada, bien para admirar su patrimonio artístico o bien para adquirir sus productos locales, que tienen que ver con el vino, el cordero, el queso, el pan, la morcilla o los pasteles. Sotillo, Gumiel de Mercado, Hoyales de Roa o la Villa de Aza. En este recinto fortificado nació la beata Juana de Aza, madre de Santo Domingo de Guzmán, generosa con los pobres. Incluso con el vino más preciado de su noble casa. El dominico se educó en Gumiel de Izán, otra villa cargada de historia. La Aguilera, escenario de otro milagro con la toma del hábito de numerosas jóvenes de la comunidad Iesu Communio en el convento de San Pedro Regalado, en el que se vende una excelente repostería artesana. Peñaranda o Aranda de Duero también están cerca.

La población más próxima es Roa, que para una jornada tranquila se basta y se sobra. Es la sede de la denominación de origen del vino Ribera del Duero, ubicada en un antiguo hospital que ahora se encarga de velar por la salud de la marca. También fue fuerte de los liberales en las guerras carlistas. Pero este balcón del Duero tiene otros atractivos como el Puente Mayor, que conserva restos de su pasado romano, y la calzada que unía Clunia y Astorga.

Lechazo al horno en el Nazareno.

O el paño de la antigua muralla medieval y la excolegiata de Nuestra Señora de la Asunción en la plaza. La ermita de Nuestra Señora de la Vega, hasta la que se puede subir andando para hacer algo de senderismo. El cardenal Cisneros, poderoso líder religioso y político, murió en esta localidad cuando acudía a recibir al futuro emperador Carlos V. En esta localidad también murió, pero ajusticiado, Juan Martín El Empecinado. El pueblo, en memoria de la injusta muerte del famoso guerrillero, ahorcado por mandato de Fernando VII, le ha erigido una estatua de la que se sienten muy orgullosos. Y la verdad es que algo de su carácter lo han heredado.

Ruta del lechazo

Antes o después del recorrido hay que sentarse a la mesa para comer un buen asado de cordero, el famoso lechazo castellano, que se puede degustar en La Chuleta o en El Nazareno. El segundo restaurante, que responde al apodo del fundador, Teófilo Cristóbal, tiene más predicamento. Sus herederos manejan con habilidad las claves del asado, que nada tienen que ver con otras fórmulas culinarias. Horno de panadero y madera de encina. Está al nivel de otros templos que tientan en la ruta del lechazo, como el Mauro de Peñafiel o el Mannix de Campaspero. En La Chuleta, además del asado, tiene fama su besugo al horno. En la carnicería de Rafael, en la Plaza Mayor, hay buenas morcillas, queso, cordero y picadillo. Las tortas de aceite de la panadería Hermanos del Val son de premio.

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