Paseo por la Pamplona más batalladora

Escultura del Parque de la Ciudadela, Pamplona/E. C.
Escultura del Parque de la Ciudadela, Pamplona / E. C.

La capital navarra guarda con celo su complejo defensivo, uno de los mejores de la península, repleto de parques, animales, edificios y obras artísticas

IRATXE LÓPEZ

Pamplona es mucho más que Sanfermines. Su turbulenta historia, plagada de cañones y de balas, ha dotado a la ciudad de uno de los complejos defensivos mejor conservados de la península. Un recorrido a pie y a tu aire acerca al turista hasta sus baluartes, desde los que la instantánea sobre los barrios periféricos y los montes que abrazan la capital navarra resulta inmejorable.

La costumbre de pasear por la muralla no es nueva, la tienen muchos vecinos. Puede hacerse para olvidar nuevas rutinas o para recordar antiguas, como en este caso. Dar cuenta de sucesos lejanos, de batallas surgidas en una ciudad antaño fronteriza. Retroceder unos pasos, hacia el pasado. Adelantar otros, camino de parques y edificios que contienen obras artísticas hoy día.

Lo primero que hay que ver es el Fortín de San Bartolomé (XVIII), único conservado de los tres propuestos por el marqués de Verboom, ingeniero militar fundador del Real Cuerpo de Ingenieros. Fue la última defensa completada en Pamplona aunque ahora lo vistan jardines de Tejería y de la Media Luna. Allí abre sus puertas el Centro de Interpretación de las Fortificaciones, que ayudará a entender el recorrido.

Después aparece la amplia Robda Obispo Barbazán, llevando la contraria al resto de la ciudad vertebrada por callejas estrechas. Un gran balcón sobre las murallas abre horizontes entre el Rincón del Caballo Blanco y el Fortín de San Bartolomé. Vegetación y paisaje se imponen por la línea amurallada, allí donde queda protegida la parte más sagrada del municipio, la del Palacio Arzobispal y el claustro, la capilla Barbazana y la cabeza de la catedral de Santa María la Real.

Un baluarte, el del Redín, se convierte en siguiente cita. Construido alrededor del año 1540 es, junto con el de Labrit, el más antiguo. Su altura le señala como mirador sobre el río Arga. Por allí se mezclan gritos de chiquillería y pausado transitar de mayores que divisan pensativos los barrios de la Rochapea, la Chantrea y San Jorge, el monte San Cristóbal con su fuerte abandonado al fondo. La nostalgia de lo no vivido mueve los pies hasta el Revellín de los Reyes (XVIII), que mejoró las defensas gracias a técnicas militares desarrolladas por el ingeniero Vauban.

Defensa exterior

Una puerta, el Portal de Francia, destaca como la mejor conservada de las seis que limitaban el recinto. El virrey, duque de Alburquerque, mandó construirla en 1553 y quedan su puente levadizo y cadenas. Cerca, una placa recuerda la huida de Zumalacárregui de Pamplona en 1833 para presidir las tropas carlistas.

El parque de la Taconera, de 1830, es el más antiguo además de uno de los más queridos. Árboles, setos, flores, monumentos y animales habitan el pequeño zoo localizado en sus fosos y murallas. Destaca en él el baluarte de Gonzaga, peculiar debido a las continuas reformas de los siglos XVII y XVIII. En la misma zona gana puntos el revellín de San Roque, construido durante el reinado de Carlos II como defensa exterior de la Ciudadela.

Nuevo destino: el baluarte del Abrevador. Su ascensión deja clara la seguridad que confería el complejo amurallado. El sólido frontal de la Magdalena, con los baluartes bajos de Nuestra Señora del Pilar y de Guadalupe, no deja indiferente. El baluarte del Pilar se une al del Abrevador a mediados del XVIII. Armoniza los siglos XVI y XVIII y muestra la evolución en los avances técnicos de la ingeniería militar. Sobre otro más, el de Parma, se halla el Palacio de los Reyes de Navarra, hoy Archivo de Navarra, motivo de disputa continuo entre monarca y obispo durante la Edad Media. Levanta sus piedras con Sancho VI el Sabio (1150-1194). La galería del patio pertenece al siglo XV. La portada a la época de Carlos I de España (rehecha en 1598 por la visita de Felipe II).

El recorrido durante el que los soldados oteaban horizonte y alrededores forma parte del Paseo de Ronda. Desvela la trasera del antiguo burgo de San Cernin, desde la Taconera hasta el Caballo Blanco. Es un mirador impresionante, rodeado de verde y monumentalidad, un remanso de paz entre muralla y río. Queda arrancarse hasta la espectacular entrada del Portal Nuevo. En 1675, con el conde de Fuensalida como virrey, se cimentó esta obra. Bombardeado en 1823 por los absolutistas, el puente sería reconstruido aunque en 1906 desapareció para dar amplitud a la carretera. Hoy lo sustituye una pasarela de hierro. Víctor Eúsa levantó, a mediados del siglo pasado, el Portal Nuevo tal y como se aprecia en la actualidad.

Arquitectura militar del Renacimiento

Son muchas las estrellas de este firmamento arquitectónico pero entre ellas brilla con fuerza propia La Ciudadela. Se trata del mejor ejemplo de arquitectura militar del Renacimiento español y uno de los más destacados conjuntos defensivos de Europa. Gracias a ella respira la ciudad, a sus parques interiores, la Vuelta del Castillo y al cinturón que lo rodea. Ocio, cultura y deporte sustituyeron a la guerra dentro de sus dependencias.

Nace en 1571, bajo el reinado de Felipe II. Giacomo Palearo, el Fratín, dibuja sus planos teniendo en cuenta las nuevas técnicas bélicas, basadas en cañonazos de largo alcance. Es el virrey de Navarra Vespasiano Gonzaga, duque de Sabbioneta y de Trajetto, quien decide proteger el lugar con una fortaleza similar a la de la Ciudadela de Amberes, pentágono regular con cinco baluartes en sus ángulos: San Felipe el Real, Santa María, Santiago, San Antón y la Victoria –los dos últimos caen en 1888 al construir el primer Ensanche. Otro virrey, el conde de Oropesa, añadiría las medias lunas de Santa Teresa, Santa Ana, Santa Isabel, Santa Clara y Santa Lucía. En 1646 los trabajos estaban acabados pero añadieron el Polvorín, la Sala de Armas, el Horno y el almacén de víveres y bodega, hoy Pabellón de Mixtos.

Robustas bóvedas, a prueba de bomba, protegen los accesos. Demostraron su valía pues la construcción jamás fue tomada por las armas. O casi. Durante el invierno de 1808, cuando el Marqués de Vallesantoro se negó a alojar tropas francesas tras una copiosa nevada, el ejército galo comenzó a lanzar bolas de nieve a los navarros que guardaban la Ciudadela. El juego les hizo gracia y olvidar sus obligaciones. Tras la maniobra de distracción, los militares navarros se encontraron rodeados y desarmados. Poco después comenzaría la guerra de la Independencia en España. El recinto se utiliza para exposiciones. Sus jardines están salpicados por esculturas que han transformado este espacio en un museo al aire libre.

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