Líebana: viaje a lo desconocido

Vista exterior de la colegiata de Santa María de Lebeña. /ANDRÉS FERNÁNDEZ
Vista exterior de la colegiata de Santa María de Lebeña. / ANDRÉS FERNÁNDEZ

La comarca cántabra es mucho más que Potes y Picos de Europa, con una sucesión de aldeas, paisajes y monumentos

Elena Sierra
ELENA SIERRA

Cualquier viajecito a Potes tiene dos grandes atractivos: subir a Picos de Europa y zamparse un cocidito lebaniego, ese que se compone de una sopa como primer plato para continuar por los garbanzos de Potes y todos los sacramentos (el compango), incluido el relleno, la albondiguilla de miga de pan con chorizo, huevo y perejil. No hay por qué prescindir de ninguna de las paradas, nunca, pero es bueno saber que la zona tiene unos cuantos atractivos turísticos y culturales más que no tienen por qué dar en las cumbres. En Liébana y Picos de Europa hay carreterillas y senderos que, pasando entre bosques y por la ribera de los ríos, se dirigen hacia iglesias con mucha historia, núcleos rurales que parecen sacados de una película y recuerdos de antiguos trabajos.

Comarca de Potes (Cantabria)

Cómo llegar
Potes se encuentra en la muga entre Cantabria y Asturias, a 100 kilómetros de Santander.
Webs
turismodecantabria.com y www.valledeliebana.info.

El batán de Ledantes

La carretera que va de Potes a La Vega continúa hacia el puerto de San Glorio, hacia León, pero no hace falta llegar hasta él para encontrar, en Vada, la desviación hacia Ledantes. Este pequeño pueblo de montaña en el que el único ruido de la mañana son los trinos y los mugidos tiene dos puntos de especial interés (aparte de los caminos que se echan al monte). El primero es, en la parte de arriba, la iglesia de San Jorge, en cuyo interior hay pinturas murales de época renacentista, del siglo XVI. Hay que acertar con el día de misa para echarles un ojo. El otro lugar que merece la pena la visita es la vieja pisa o batán junto al río. Hay que bajar hasta él, y aunque la cuesta parece empinada en realidad se llega en unos minutos por entre los árboles frondosos -con las casitas suspendidas, en la ladera, a mano derecha-. Se pasa además junto a una casa justo a la vera del río en la que se refugió uno de los últimos maquis cántabros tras la guerra civil, una placa lo explica. Y después aparece el armazón de madera que desde comienzos del siglo pasado sirvió para golpear, desengrasar y enfurtir las telas, y conseguir tejidos resistentes de una manera ya no tan artesanal como se había hecho hasta entonces. Esta pisa, o batán, hecha de madera de roble, es una reliquia etnográfica y está situada exactamente donde estuvo en origen, en la confluencia de los arroyos Valtiero y San Andrés.

La ventana mozárabe

De vuelta del paseo por Ledantes, se puede parar en un mirador desde el que se obtiene una vista panorámica de la comarca, y la idea de que aquí la vida ha tenido que ser muy, muy difícil, aislada entre montes y rocas (precioso paisaje, eso sí). Ya en la carretera inicial, unos minutos más de coche en dirección a San Glorio sirven para plantarse en Enterrías y admirar, en la iglesia, esa ventana mozárabe de piedra caliza blanca que durante décadas fue un peldaño de la escalera para subir al coro. Menos mal que durante las obras de restauración se decidió darle el valor que tiene y colocarla en el frontal del altar mayor, bien visible su estrella de ocho puntas en el centro y ocho triángulos en el resto, otras florituras aparte.

Una iglesia excepcional

Decir que la de Santa María de Lebeña (en la fotografía de la izquierda) es la iglesia mozárabe mejor conservada de Cantabria es decir la verdad, pero tal afirmación no termina de darle la importancia real que tiene este templito construido allá por el siglo X y único entre los de su especie. Y es que solo hay otro de la misma época y estilo en toda la comunidad -el de San Román de Moroso, en Arenas de Iguña- y resulta que aquel es tiene solo un tercio del tamaño de éste. Es decir, que Lebeña es importante, mucho, por origen, su forma y sus dimensiones. Situada en el pueblito que le da nombre, al lado del río Deva y ya dentro de esos más de 20 kilómetros de espectaculares formaciones rocosas que son el desfiladero de La Hermida, los arcos de la iglesia recuerdan a los de las mezquitas, no en vano sus constructores fueron aquellos pobladores cristianos que vivieron en territorio musulmán entre los siglos VIII y XI y que se trasladaron al norte cuando las cosas se pusieron feas. Trajeron consigo sus artes constructivas y por eso en un extremo de Cantabria hay un edificio como este, con arcos en el interior y cenefas en la fachada. El paso de los siglos le añadió a Lebeña pórtico y sacristía barroca, y también una torre separada. En el altar, una viejísima piedra que puede ser de origen celta, con su disco solar en el centro, algo que tampoco suele verse en las iglesias. Puede visitarse todo el año de 10.00 a 13.30 y de 16.00 a 19.30 horas, excepto los lunes, por 1,50 euros.

La torre de Mogrovejo

Una aldea de película, tal cual. Porque aquí se rodó una versión de las andanzas de 'Heidi', la niña de los Alpes. Y porque la torre del siglo XIII que la preside se recorta contra las moles rocosas de los Picos de Europa. Calles en las que las protagonistas son casonas con balconadas de forja y escudos de familia construidas entre los siglos XVI y XVIII, jardines casi selváticos y casas montañesas, algunas con sus hornos de pan aun visibles. Fue declarado Conjunto Histórico y tampoco hay que desdeñar el hecho de que tenga un par de bares. A Mogrovejo se llega por la carretera que va desde Potes a Fuente Dé, al poco de pasar Camaleño.

Herencia minera de Ojedo

Casi pegado a Potes, según se llega desde el desfiladero de La Hermida, está Ojedo. Y en Ojedo, junto a nuevos edificios de pisos, los hornos de piedra en los que se tostaba la blenda proveniente de las antiguas minas de Picos de Europa. Sí, hubo muchas, en distintas épocas, y quedan restos por toda la comarca. De hecho, dos de los grandes iconos de la zona se deben a esta tradición minera: la carretera del desfiladero se realizó para transportar aquella riqueza hacia la costa y en la campa bajo los cables de Fuente Dé hay una vieja estructura que recuerda que el propio teleférico tiene su origen en la necesidad de bajar el mineral desde la montaña.

El viejo monasterio de Piasca

De Ojedo sale la carretera que se dirige hacia Cabezón de Liébana, Pesaguero y el puerto de Piedrasluengas. Nada más pasar el primero, un desvío a la derecha marca rumbo a Piasca, un pueblecito que no puede quejarse de las vistas y el entorno. Pero lo más importante es ese tesoro llamado Santa María de Piasca, una iglesia que hunde sus raíces en el siglo XII y que fue construida sobre los restos de un monasterio muy anterior -se tiene constancia de su existencia desde al menos 930-. Será por eso que a la iglesia se accede casi como si se entrara a una casa, a través de un portalón y un pasillo cubierto. Ya la portada del templo está llena de figuritas, con esa triple hornacina en la que están esculpidos San Pedro, San Pablo y la Virgen con el Niño. Otra puerta está decorada con cabecitas. Y tiene varias ventanas de formas diferentes dispuestas por todo el perímetro. Todo ello la ha convertido en el mejor ejemplo del románico en Cantabria.

Agua y sidra en Aniezo

De vuelta desde Cabezón de Liébana, entre Vieda y Frama, un desvío a la derecha lleva hasta Aniezo, donde un pequeño recorrido a pie por el bosque y siempre pegado al agua muestra la importancia de río para la economía local. Además de una réplica de un batán, hay un molino, una pequeña central eléctrica, un potro de herrar al ganado, un lavadero y las canalizaciones correspondientes para aprovechar el agua en la vida diaria. En Aniezo, donde dicen que nació Beato de Liébana, está también el Museo de la Sidra. El edificio tiene más de 200 años y muestra cómo se elabora la bebida tradicional de la comarca, la cocina tradicional lebaniega, el corcho y su aprovechamiento y el horno de pan. La visita incluye degustación. Contacto y reservas: 942732114 y en info@valdeaniezo.es.

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