Irantzu, paraíso de la tranquilidad

La amalgama de estilos del claustro, construido a lo largo de dos siglos, imprime carácter y sosiego al cenobio navarro./I. LÓPEZ
La amalgama de estilos del claustro, construido a lo largo de dos siglos, imprime carácter y sosiego al cenobio navarro. / I. LÓPEZ

El cenobio construido por los frailes del Císter en el siglo XII es un compendio vivo de arquitectura y etnografía en un paraje de naturaleza desbordante

IRATXE LÓPEZ

Hay veces que la belleza de un edificio se multiplica acompañada por la del entorno. Eso sucede en el navarro monasterio de Irantzu. Las líneas que marcan su estructura combinan con las curvas naturales. Según llegas al lugar la paz abraza con cariño de madre campos, montes y huertas, y el visitante comprende lo sencillo que resultaría imbuirse en el retiro espiritual de su entorno hace unos cuantos siglos. A Irantzu se accede a través de un desfiladero que mira al valle. Hoy día, montado en un vehículo, la tarea parece sencilla pero en el siglo XII los primeros monjes cistercienses no lo tenían fácil. La dificultad era elegida, eso sí, por eso nadie se quejaba.

Monasterio de Irantzu. Abárzuza (Navarra)

Dónde: Abárzuza se encuentra a 7 kilómetros al norte de Estella. Web: www.monasteriodeiranzu.com.

Los padres fundadores recomendaron situar sus monasterios en zonas apartadas con abundante agua. Lógico, así podía crecer la vida práctica, regada por la humedad, y la religiosa, acompasada con el rumor de naturaleza y soledad. Siguiendo esta premisa nació Santa María de Irantzu, nombre apoyado en la abundancia de helechos (en euskera, ira) que pueblan esta tierra. En el año 1176 se instaló junto a la iglesia de San Adrián una comunidad de monjes cuyo objetivo pasaba por erigir el monasterio. Intrincados en la orden del Císter, reforma de los monjes benedictinos, se diferenciaban de estos últimos -excesivamente relajados por culpa del tiempo y la acumulación de bienes- por adoptar una vida basada en el ascetismo y el trabajo manual, de ahí que se convirtieran en grandes agricultores.

«La ociosidad es enemiga del alma», aseguraba su fundador, San Bernardo, y de la mala influencia de la holgazanería huían cada segundo marcado por el reloj. Para añadir otro rasgo diferencial vestían túnica blanca en vez de negra, mudando la tonalidad de rutinas y trajes. En esas transcurrían sus días, dentro de la cocina que ahora observa el visitante. Sobre anchos muros de piedra reforzados por contrafuertes sobresale la magnífica chimenea del siglo XIII, donde una olla aguarda colgada de una cadena sobre el fuego, a la espera del rancho invisible.

La fachada principal del edificio es severa, sin adornos, salvo los arcos de medio punto abocinados de su portada de acceso. A cambio se presenta ante el visitante un bonito claustro iniciado a finales del siglo XII, que no vio finalizadas las obras hasta el XIV. La amalgama de estilos resulta obvia, desde los primitivos arcos de medio punto hasta los apuntados del gótico, con elaborada tracería.

Recomendaciones

Qué hacer
Si te apetece un recorrido breve (2,5 kms. ida) y perfecto para la familia, desde el monasterio parte una ruta corta, de algo menos de una hora, hasta la Esquina de Elke. Se trata del cañón del río Irantzu que, en ligero ascenso, transcurre paralelo a la corriente, bordeando sus pozas. Antes de completar el primer kilómetro, un hayedo ocupa el bosque y el camino alterna hormigón y piedras. Tras cruzar al otro lado de la corriente, los robles cubren la luz del sol y van apareciendo las primeras hayas de Urbasa. El segundo cruce del cauce tiene lugar junto a un roble centenario.
Dónde dormir
A pocos kilómetros de Irantzu, en Estella, Gure Ganbara es un apartamento abuhardillado con capacidad para cinco personas idóneo para el descanso. Amplio, con una cocina enorme a la que no le falta de nada, cuenta con todos los servicios disponibles en una casa. Es tranquilo, moderno, detallista y de cuidada estética. Desde la ventana abierta en el techo de la habitación principal se distingue una de las cruces que, sobre la montaña, protegen una localidad visitada por numerosos peregrinos. El confort espera en el apartamento tras dar una vuelta por el casco antiguo, repleto de edificios interesantes. Muy céntrico, a un paso se abre la plaza de los Fueros, con sus restaurantes y pastelerías de alcurnia donde probar el típico gorrín asado y las rocas del Puy (chocolate con avellanas). También la zona de bares en la que tomar pintxos y copas mientras escuchas música. Mayor, 26, 4ºB (Estella). 606386679. apartamentogureganbara.com.

Caminar por este rincón consuela. Hace volar la mente hacia infinitos y más allá. Si se esfuerza, el recién llegado puede ponerse en la piel de quienes por allí transitaban, aquellos monjes que cuidaron su higiene en el maravilloso lavatorio de planta hexagonal adosado al claustro. No sería especialmente cálido el ejercicio, en lugar abierto, regado por el agua pura de un manantial cercano canalizado hasta ese rincón. Los religiosos se aseaban por grupos antes de pasar al refectorio, donde esperaban -ahí sí, bien calientes- los alimentos.

Contra la distracción

La vida transcurría tranquila entre quehaceres. También dentro de la sala capitular, construida al mismo tiempo que la iglesia, en el siglo XII. De planta cuadrada, con cubiertas de crucería que se apoyan en dos columnas centrales, en ella tenían lugar las reuniones con el abad cada mañana, para repasar la regla y encomendar los deberes. En la iglesia abacial, que atendía a las normas del padre fundador con paredes carentes de adornos para evitar distracciones y llamar a la calma y oración. Dentro de las celdas de castigo, recogimiento para aquellos que reconocían públicamente sus faltas o que eran acusados por un compañero. La penitencia impuesta: uno o dos días sin salir a base de pan y agua.

Cada estancia aguarda abierta para su reconocimiento. A ellas se suma lo que queda de la iglesia de San Adrián, ruinas que señalan el lugar donde los primeros cistercienses presentaban sus oraciones mientras piedra a piedra levantaban el monasterio. Ahora, fuera de sus lindes, quedan huertas y ganado. Reses que observan con normalidad a los curiosos, caballos acostumbrados a las visitas, dispuestos a la caricia sin pretensiones.

Cuando con el paso de los años, en 1835, Mendizábal ordenó la desamortización de los bienes eclesiásticos, muchos monasterios de Navarra quedaron abandonados, condenados a la ruina. El de Irantzu resistió escondido entre montañas, bajo la protección de tropas carlistas que restaron ganas al enfrentamiento. Cuatro años después, en 1839, los generales Espartero (isabelino) y Maroto (carlista) se abrazaron en Bergara, poniendo fin con ese gesto a la contienda. Ése fue el arranque de la decadencia para este monasterio, en ruina total hasta 1942, fecha en la que fue reconstruido a instancias de la Fundación Príncipe de Viana.

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