Guardián de la memoria etrusca

Túmulos circulares en la necrópolis, que se puede recorrer a través de pasos habilitados o de los antiguos senderos./Pedro Ontoso
Túmulos circulares en la necrópolis, que se puede recorrer a través de pasos habilitados o de los antiguos senderos. / Pedro Ontoso

La necrópolis de Banditaccia, al norte de Roma, es el complemento lúdico y cultural a la macro oferta turística de la ciudad

Pedro Ontoso
PEDRO ONTOSO

Roma es una ciudad que seduce y te transporta en el tiempo gracias a su extraordinario patrimonio histórico. Es una ciudad que atrapa y te permite soñar. Que te invita a traspasar las paredes de sus palacios e iglesias para descubrir secretos inconfesables. Por eso se puede perdonar que también sea una ciudad cara, ruidosa y un poco descuidada. Pero no hay que dejarse engullir. Hay vida más allá del Foro, del Panteón, de la Fontana di Trevi, de la Piazza Navona, del Campo dei Fiori o del mismísimo Vaticano. Por ejemplo, y aunque parezca una contradicción semántica, hay vida en Cerveteri, la necrópolis etrusca que nos permite explorar y adentrarnos en una de las civilizaciones más sugerentes. Y a tan solo 40 kilómetros de la capital italiana.

Los vestigios etruscos están muy diseminados y su huella se aprecia en enclaves como Viterbo, Arezzo, Bolsena, Cortona, Perugia, Sutri, Vulci o Veio. Las necrópolis de Tuscania o Tarquinia son también escenarios privilegiados. Mi primer contacto con ellos fue hace 17 años en el Museo Gregoriano del Vaticano. Pero el flechazo se produjo cinco años después en Volterra, en la campiña toscana, una ciudad fortificada de obligada parada en un recorrido por esta atractiva región. Allí observé los primeros sarcófagos con personajes reclinados, tallados con una maestría que me cautivó. Pero también me llamaron mucho la atención unas esculturas de bronce, alargadas y estilizadas, alejadas de los atléticos y corajudos guerreros etruscos.

Me pareció un antecedente de lo que luego haría Alberto Giacometti. Me recordaban a las estilizadas y alargadas figuras de la serie 'Mujeres de Venecia' y a esos hombres 'cayéndose' o 'señalando' del artista suizo. He leído que el novelista y poeta francés Jean Genet, cuya vida encierra también grandes enigmas, las ha calificado como «centinelas de los muertos». De hecho, Giacometti era un creador que dialogaba con la antigüedad, con el arte primitivo, y tenía una especial predilección por la cultura egipcia, en la que era muy fuerte la creencia en el más allá.

Ciudad de los muertos

La cultura etrusca se quedó en mi retina para siempre. Ahora me reencuentro con ella en el Lazio, en una zona de praderas verdes, bosques y viñedos, muy generosa en su producción agrícola. En Cerveteri, la antigua Caere, hay más de 2.000 tumbas, aunque sólo han sido acondicionadas para las visitas un puñado de ellas. Es la necróplis de Banditaccia, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Es una auténtica ciudad de los muertos, que permite conocer, o mejor, aproximarse, a un aspecto al que aquel pueblo concedía mucha importancia. Además del comercio y de la guerra, del ocio suntuoso y de los grandes banquetes, estaba el más allá, la vida después de la muerte. Una puerta que habría que franquear en algún momento y para lo que habría que estar preparado.

El cementerio acoge tumbas excavadas en la roca volcánica. Abajo a la izquierda, la Rocca, como se conoce al castillo, domina la ciudad. Abajo a la derecha, un rincón de Cerveteri.

He podido pasear en una tarde de otoño por esta pacífica ciudad de los muertos. Ocupa más de 400 hectáreas de terreno –algo más de 10 para el visitante– sobre una colina, con una avenida central, la Vía Sepulcrale Principale, y otras calles secundarias, con tumbas a ambos lados. Hay túmulos de piedra labrada en toba (roca volcánica) de forma circular. Otros son cúbicos y perforan el propio terreno. También hay sepulcros tallados en la piedra que me recuerdan a los que he visto junto a las iglesias rupestres de Burgos y Palencia. Y pozos donde metían las cenizas de los difuntos.

Muchas tumbas están abandonadas, cubiertas de tierra y de maleza, entre las que sestean los gatos. El sol de septiembre se cuela entre los olivos salvajes y a través de los pinos, asociados a este paisaje desde la antigüedad. Sientes el poder del pasado. Es una arqueología invasiva. Recintos con mucha historia. El musgo que los acaricia, como un escudo protector, es como un velo sagrado. Piedras y musgo están llenas de significado. Los etruscos generaron su propia teología, su propia religión, y se percibe en las cámaras funerarias y en las piezas que han resistido el paso del tiempo, desde el siglo VIII antes de Cristo.

Centauros y argonautas

Por ejemplo en la Tumba de los Relieves, donde se pueden apreciar escenas de la mitología de sus dioses y se reproducen utensilios domésticos. Muchas tumbas se asemejan a las casas en las que habitaban, con escalones, estancias y tejados. Para ellos era muy importante la familia, lo mismo que la relación de pareja y el mundo afectivo. De aquí procede el famoso sarcófago de los esposos, que se conserva en el museo de Villa Giullia, en Roma. El museo nacional de Cerveteri se ubica en el castillo-fortaleza.

Esos sarcófagos de piedra o terracota con esculturas en las que los supuestos difuntos aparecen con rostros sonrientes. La sonrisa etrusca, la que presta el título a la magnífica novela de José Luis Sampedro. Cerámicas con escenas de guerra que atestiguan su poderío militar. Trirremes que recuerdan su potencia naval. Objetos de orfebrería con los que se adornaban las mujeres etruscas de alto nivel, en una sociedad muy jerarquizada. Tapas de urnas en las que destacan centauros y argonautas. Y horribles monstruos marinos a los que habrá que enfrentarse en el viaje eterno. A la civilización etrusca se la ha calificado de oscura, enigmática y refinada. Yo añadiría que también es fascinante.

Asomados al mar Tirreno

Cerveteri, ubicado a 30 de Civitavecchia, es un lugar privilegiado como parada y fonda. Domina una suave colina desde la que se divisa, a lo lejos, el mar Tirreno. A menos de seis kilómetros uno puede refrescarse en las cristalinas aguas de la Costa de Ladispoli y de la Marina. Hasta aquí se retiraban las familias patricias en su huida del calor romano y ahora se repite el éxodo en el famoso "ferragosto". Cuenta con playas muy especiales como la de Torre Flavia y rincones para la práctica del buceo. Son muchos los que prefieren alojarse en esa zona y desplazarse desde allí a Roma. La oferta de alojamientos es amplia y muy variada. Una posibilidad es la casa de agroturismo Casale di Gricciano, regentado por una familia muy acogedora. La "mamma" y la hija atienden la cocina y el restaurante, con menús caseros, y el marido la producción agrícola de la "azienda", donde se embota tomate y mermelada, se elaboran quesos propios, aceite y miel y se destila grapa y otros licores. Y tiene piscina. La pasta con jabalí y el carpaccio de choto con boletus, regado con un Montepulciano d"Abruzzo rosso, reclama una larga sobremesa para evocar los manteles etruscos (www.casaledigricciano.com). También se puede realizar una visita de jornada con cualquiera de las excursiones que se programan desde Roma. Desde la capital italiana hay autobuses y una línea de tren que conecta con la comarca. Luego hay que coger una naveta para llegar hasta la necrópolis, que en esta época cierra a las 17.30 horas.

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