Ribadesella: el Paseo de la Grúa

Vecinos observan el Cantábrico desde el Paseo de la Grúa en Ribadesella./E.C.
Vecinos observan el Cantábrico desde el Paseo de la Grúa en Ribadesella. / E.C.

Pasear por este enclave de la localidad asturiana es respirar verdad y salitre, aventura e historia

IRATXE LÓPEZ

Ribadesella navega entre dos aguas, las del Sella, que socava con su fluir el pueblo, y las del mar Cantábrico, a quien se encomienda el río antes de fenecer. Cuando el visitante pasea por sus callejas respira verdad y salitre, aventura e historia. Los pies recorren la localidad asturiana mientras el alma se posa en su memoria. Por eso caminarla requiere un andar pausado y un rincón a la altura de sus emociones: el Paseo de la Grúa.

La senda cubre el extremo oriental de la ría, bajo el monte Corberu en cuya cima aguarda silente la Ermita de Guía, esa Virgen preocupada por los marineros, protectora fiel de quienes se juegan vida y salario aguas adentro. El discurrir es tranquilo, parejo al agua que, como una excelente compañera, concede la dicha de la soledad invadida solo por el rumor de la corriente y el graznido de gaviotas. Lección de mitología e historia asturiana aguardan al final del camino, cuyo principio arranca en el puerto, con la playa de Santa Marina y el monte Somos delante, las casas de pescadores y la sierra detrás.

Dos vistas del Paseo de la Grúa en Ribadesella. / E.C.

Dicen que el lugar cuenta ya tres siglos, diseñado por expertos en el XVII y XIX, cuando Carlos III decidía presentes y futuros de España. Que en su costa atracaron barcos de mercancías con destino a América, navíos donde se enrolaban valientes de espíritu y hambrientos de pan, en busca de sueños o existencias. La necesidad, grumete de esperanza, abordaba esas naves. Quienes permanecían en puerto daban el adiós con danzas al final de este paseo, deseando la dicha y la manera de regresar. No eran humanos los únicos participantes de este revuelo. Bueyes tirando de mercancías atravesaban el suelo de canto rodado que pisas, tirando de buques hasta la barra portuaria donde una trainera tomaba el relevo mientras la fuerza del viento hinchaba las velas rumbo a ultramar.

Por el camino hay que fijarse en los detalles, en las marcas de ataduras impresas por el tiempo alrededor de los bolardos denominados rulos de retorno. A estos cilindros estáticos se ataban los barcos para remolcarlos desde la bocana hasta el puerto. Eran otros tiempos, los elegidos para construir el primer puente con el que salvar la ría (1865), hasta entonces superada gracia a una barcaza desde la Rambla de la Barca hasta la Punta del Arenal, en la playa de Santa Marina. El Gremio de Mar y Puerto de Ribadesella arrendaba este servicio a un barquero. Personas y mercancías pagaban peaje para cambiar de orilla, también peregrinos dirección a Santiago.

Todas estas narraciones escuchó cientos de veces El Farín de la Grúa, baliza de 1905 que observa ahora el excursionista y da la bienvenida al puerto. Hermana pequeña de otra ya demolida, luce en su corona brillo carmesí con el que avisa de la vuelta al hogar a quienes partieron, deslumbrando de alegría hasta cinco millas náuticas. También el manantial de la Fuentina se cansó de oír relatos pues dio de beber a buques e inspiró poemas como el firmado por Pin de Pría, 'La Fonte del Cay', en bable.

Uno de los murales dibujados por Toni Silva sobre la historia de Ribadesella desde las cavernas hasta hoy.
Uno de los murales dibujados por Toni Silva sobre la historia de Ribadesella desde las cavernas hasta hoy.

El final del paseo se acerca. Lo advierte la aparición de personajes mitológicos como el Diañu Burlón, el Cuélebre, la Güestia y el hiperactivo Trasgu. Juguetones, inquietos, hablan al recién llegado sobre costumbres asturianas, leyendas y mitos repetidos de generación en generación para desaconsejar o divertir. Como broche de oro queda el encargo a un grande del cómic, los Paneles de Mingote, seis murales sobre el devenir de Ribadesella desde la Prehistoria hasta hoy día. Fiel al guión creado por el escritor local Toni Silva, el dibujante ideó las imágenes que el artesano asturiano Pachu Muñíz trasladaría a cerámica. Tonos azules y sepias dominan estas ventanas al ayer que cuentan con información en braille y audiciones. Momentos relevantes para los vecinos de un pueblo que debió acostumbrarse a la partida de seres queridos. Que no quiere dejar partir su idiosincrasia.

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