Olvida la prisa en Lekunberri

La localidad navarra, por la que caminaron también Ernest Hemingway y Orson Welles, ofrece a los visitantes un precioso casco antiguo, la vía verde de Plazaola para practicar con la bicicleta y excursiones a pie de distinta dificultad

IRATXE LÓPEZ

El pulso de un pueblo se mide de día, a esas horas en las que la gente va y viene con su rutina a cuestas. Entonces la actividad se despliega. El olor a pan recién hecho invade las calles. Los vecinos hacen cola en las carnicerías. Y los labriegos se ocupan de sus huertas. Al atardecer, el paisaje cambia. Manadas de niños huyen de la escuela para conquistar cada esquina con sus juegos. Las cafeterías se ahogan en gentes dispuestas a sorber otro trago de vida. La luz va cayendo, igual que cae la jornada.

Es el latir diurno, los destellos que imprime el sol sobre la tierra. Después, de noche, cuando las sombras han desplegado su telón opaco y las farolas se encienden para llevarles la contraria, a la hora en que las almas en pena susurran anécdotas de antaño con los fantasmas, llega el momento de que los vivos interesados por el detalle salgan a sentir la belleza de los edificios, a escuchar la noche. Con caminar pausado. Percibiendo el ritmo de sus pisadas y el eco de las de moradores antiguos, los que dieron forma al corazón y a la historia de un municipio.

A la localidad navarra de Lekunberri hay que quererla de día y adorarla de noche. Cara y cruz forman la moneda de un tesoro escondido entre naturaleza, el 'buen sitio nuevo', como anuncia su propio nombre, ése que por culpa de su situación fronteriza fue arrasado y reconstruido varias veces a lo largo de los siglos. Partida por una cicatriz de carretera, su rostro muestra a un lado la cara más moderna, preñada de chalets y adosados donde existir parece deber sencillo; al otro, un casco antiguo que merece tranquilidad de espíritu y vista atenta. Para encontrar cada resquicio. Doblar esquinas. Asomar la nariz. Curiosear el diseño de fachadas, su semblante pétreo.

De excursión

50 kilómetros pedaleando:
Un total de 50 kilómetros de vía verde con poca pendiente aguardan en la antigua estación de Plazaola, donde arribaron gentes anónimas o famosos como Hemingway, Alcalá Zamora o Fabiola de Bélgica. Allí mismo es posible alquilar la bicicleta con la que completarás una ruta repleta de túneles (no olvides llevar frontal o linterna y ropa de abrigo) y bellos parajes hasta Andoain, un gusto para los sentidos y tu afán deportivo (puedes contratar el regreso en furgoneta si no te apetece pedalear de vuelta). (Alquiler de bicis: 948 604 644).
Para alargar la excursión:
Si te apetece más caminar puedes acercarte a pie o en coche hasta Iribas. De allí parte un recorrido sencillo hasta el Nacedero de Aitzarreta. ¿Que te sabe a poco? siempre puedes utilizar el comienzo de esa senda para seguir hasta San Miguel de Aralar en una ruta circular bastante más exigente por el valle de Araitz y Larraun.

Si algo distingue a la navarrica localización por la que también anduvo Hemingway son los enormes caseríos vascos levantados sobre tres plantas. Enormes, no grandes, gigantes que en su tiempo hacían las veces de establo, vivienda y granero; coronados por escudos que ennoblecen y dan el derecho de hidalguía a sus moradores, aunque ahora tal circunstancia no valga para mucho salvo para engordar genealogías. Moles como la Casa de Cultura Mitxausenea, actual biblioteca, que suaviza sus formas con techumbre de madera y cristal. Piedra sobre piedra ensamblada también en el lavadero donde las mujeres se reunían para hacer la colada, apaleando la ropa y la honorabilidad de algunos vecinos entre cotilleos y jabón.

Dicen que los humanos nos parecemos, que nos hieren idénticos dolores y nos alegran iguales dichas. No solo somos similares los hombres, a veces pueblos instalados a miles de kilómetros de distancia resultan también hermanos. Quien haya visitado El Tirol sentirá cierto aire 'oleriú' entre estas callejas. Fachadas blancas, puertas y ventanas rojas o verdes. Maderas vistas. Flores en los balcones. La idea invade el recuerdo especialmente en un rincón situado frente a 'Donjuanea Txikia' donde una placa reza 'Aquí nació el poeta Ángel Urrutia Iturbe', autor de maravillosas palabras: '... y volar, y volar, siempre volando, hasta hacernos azules de ternura'.

Colgados sobre los muros carteles advierten del oficio en cada inmueble. 'Harategia' (carnicería), 'Okindegia' (panadería)... De noche, las puertas clausuradas impiden brotar el aroma a lomo y jamones, a pan recién horneado, pero el aire huele a leña, a calor de hogar y charla alrededor de la chimenea. Encontrar el origen de ese olor no resulta fácil. Tal vez surja de 'Oscozena', donde aperos de labranza adornan la entrada. O desde 'Escribanea', presidida por un banco y una mesa que parecen invitar al extraño, por el 'Ongi Etorri' labrado en la verja que confirma la buenaventura para el recién llegado.

También huele a carne a la brasa, a reunión familiar. Por un segundo el turista que campa a sus anchas se siente solo pero olvida la sensación un instante después, cuando cala en sus entrañas la felicidad de estar a su aire. Dichoso, pone rumbo hacia la extraña iglesia de San Juan Bautista, sencilla construcción gótica del siglo XIV que parece haber sido tragada por una vivienda. Dos notas recuerdan su labor eclesial, el campanario y un pórtico de arco apuntado con rostros esculpidos que miran a los ojos. Lo saben, el caminante es el único ser vivo a esas horas, al menos de cancelas para afuera. El único sin contar las almas de antaño que visten el aire. Hasta que un perro de andar torcido se cruza, le observa sin ganas y pasa de largo.

Es tarde ya. Las campanas se columpian doce veces. Sobre los portones eguzkilores desperezan sus hojas, llegó el momento de ahuyentar a las brujas. Costumbre pagana que otros sustituyen por ángeles o cruces católicas. Hechiceras o demonios, lo mismo da, cada cual teme a sus propios monstruos. El turista sin embargo solo tiene miedo al adiós, por eso apura los minutos que le quedan antes de cubrirse bajo sábana. La paz es tan placentera que su conciencia lucha contra el sueño. Cuando los párpados se abaten pesados, imagina a lobos escapando de blasones en las fachadas. En 1514 Fernando el Católico confirmaba el diseño del escudo: un árbol con un lobo delante y palos gules, armas del Reino de Navarra y de la Corona de Aragón.

Es hora de seguir a estos elegantes animales y regresar, de partir al hotel. Mañana el pueblo despertará al nuevo día y otros visitantes completarán el mismo recorrido. De día, para sentir los despertares. De noche, para expiar los sueños.

DÓNDE DORMIR

Hotel Ayestarán. Hostal rural de trato familiar, a solo media hora de Pamplona y un poco más de San Sebastián. Si no tienes coche, a ambas ciudades se puede llegar en autobús (existe una parada justo delante del hospedaje). Inaugurado en 1912 gracias al impulso de la familia Ayestarán, que aún lo tiene a su cargo, mantiene el estilo de la época y una historia plagada de nombres propios como Ernest Hemingway u Orson Welles, que durmieron en sus habitaciones. En verano abre una piscina y cuenta con pista de tenis.

Un fin de semana al año, en este caso en noviembre, programa el Misterio de Ayestarán, juego de pistas teatralizado en el que tendrás que aplicar tus dotes deductivas para descubrir a un asesino que se encuentra muy cerca de ti. (Aralar 22/27, Lekunberri. Tf. 948 504 127. http://hostalayestaran.com)

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