Cellorigo (La Rioja), un mirador privilegiado

Las escarpadas peñas protegen Cellorigo./
Las escarpadas peñas protegen Cellorigo.

Las vistas hacia el valle de los ríos Oja y Tirón constituyen el principal atractivo de este enclave riojano

ELENA SIERRA

Para subirse al púlpito de La Rioja no hace falta ser creyente ni estar dispuesto a pronunciar un sermón ante los feligreses. Pero esto ya es cuestión personal, claro, y si uno tiene fe y quiere tratar de convencer a los demás de algo –algo bueno, mejor–, este no es un mal sitio para hacerlo. Pero insistimos: aquí basta con creer en las buenas vistas y tenerle cierto cariño a la Historia y el legado de sus piedras para encaramarse y disfrutar. El llamado púlpito de La Rioja es uno natural, amplio y despejado, con vistas sobre el valle que atraviesan los ríos Tirón y Oja. Es el de la localidad riojana de Cellorigo, un pueblito situado a casi 800 metros de altura, bajo (o en o junto a) los Montes Obarenes, cuyas cumbres rondan los mil metros.

Púlpito de La Rioja, Cellorigo

Cómo llegar
La localidad se encuentra a 20 kilómetros de Haro.

Desde abajo y a distancia, cuando se dirige la mirada hacia la mole rocosa –desde Sajazarra, por ejemplo–, no se sabe muy bien si lo que ven los ojos es esa muralla natural de roca a la que acuden a escalar los aficionados o las casitas, que están dispuestas todas mirando hacia el horizonte, como a la espera de algo. Desde ahí arriba, es fácil imaginar a los jinetes a galope por los caminos del valle, llevando sus noticias al remoto Cellorigo. Que no es que esté muy lejos de todo, de hecho se encuentra a 50 kilómetros de Vitoria y unos 70 de Logroño, pero sí que se encuentra en el último rincón de la Rioja Alta, fronterizo con Burgos.

El castillo del pintor

Si se lee un poco sobre su historia, es posible imaginar también algunas de las muchas batallas entre árabes y cristianos hace mucho, mucho tiempo. Allí se libró la Batalla de Cellorigo, durante la Reconquista. De aquel castillo del siglo IX desde el que se gestionaba la guerra no queda nada, pero a cambio la localidad se inscribe en la ruta del Románico riojano con las ruinas de la ermita de Santa María del Barrio, que se levantó sobre un templo más antiguo, mozárabe. Y tiene además la iglesia de San Millán, muy posterior, del XV. Aquí se encuentra el mirador sobre una llanura plagada de viñas y de pueblos, y cerrada por la Sierra de Cantabria, la Sierra de la Demanda y los Montes Obarenes.

Y en el pueblo está también el palacio de los Frías Salazar, un conjunto formado por la torre fuerte del siglo XV y la vivienda del siglo XVI. El palacio es hoy propiedad del pintor Luis Guinea, que lo ha restaurado y lo ha llenado de cuadros. Para ver otra de estas torres defensivas en la comarca hay que dirigirse a Haro, donde la que en su tiempo fuera denominada la Torre de los Presos, abandonada en el siglo XV y que pasó después por las manos de varios propietarios privados, es hoy parte del Museo de La Rioja y alberga la colección de Arte Contemporáneo de los autores de la comunidad que han conseguido reconocimiento institucional.

El torreón es lo único que queda de la antigua muralla que defendió la ciudad, hoy epicentro del negocio del vino y del enoturismo, desde el siglo XIII. Su historia es similar a la del antiguo convento de San Agustín, que durante sus años de existencia ha sido utilizado para todo tipo de instalaciones. En el caso del torreón, lo más destacable es que fue prisión hasta el siglo XVI, pero dicen que era tan fácil evadirse de él que al final la autoridad decidió que ya estaba bien. Las instalaciones actuales pueden visitarse de martes a sábado de 11.00 a 14.00 y de 16.00 a 19.00 horas, los domingos de mañana hasta las 14.30.

Zapatillas

En pleno caso histórico de Haro está la zona conocida como La Herradura (las calles de Santo Tomás o Mayor, la plaza de la Iglesia, San Martín y Bilibio), donde el pintxo es el rey. Allí, como aquí, la costumbre es ir de un local a otro probando los caldos y los bocados y, de paso, viendo rincones con encanto por aquí y por allá. Verduritas y carnaza, todo es posible. Un clásico es el Mesón los Berones, el lugar en el que la zapatilla adquiere otro significado: aquí significa tostada de pan con tomate natural y loncha de jamón serrano. Está en Santo Tomás 28.

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