Ferrería El Pobal: la rueda que dio forma al hierro

El museo-ferrería vizcaíno propone una visita guiada con cicerone de excepción, el ingeniero industrial José María Izaga, para conocer la única rueda hidraúlica superviviente en el País Vasco

IRATXE LÓPEZ

Bizkaia es hija del hierro. El mineral, cedido por las entrañas de la tierra, favoreció el nacimiento de las ferrerías y, con ellas, de una de las labores más comunes en nuestros antepasados, la de ferrón. Al principio, el hombre contaba solo con sus músculos para obtener el mineral. Los primeros hornos de transformación se encontraban al aire libre, en zonas cercanas a masas forestales. Necesitaban del carbón vegetal para la combustión, de la fuerza humana para avivar el fuego mediante fuelles y para martillear sobre piedra o yunque la pastosa masa obtenida. Así crecieron las ferrerías de viento o monte, las haizeholak. Hasta que alguien inventó cómo sumar la energía del agua a ese trabajo. Ser más rápido. Y productivo.

La feliz idea multiplicó asentamientos, desperdigados en las orillas de los ríos. Durante el siglo XVIII solo Bizkaia contaba con más de ciento setenta, y no fue ésa la época dorada de la siderurgia tradicional. Uno de los secretos del gran avance: la llegada de la gran rueda hidraúlica. La Ferrería El Pobal conserva la única de todo el País Vasco. Mañana, sábado 17 de junio, el complejo celebrará su decimotercer cumpleaños convertido en museo con una visita guiada en la que la protagonista principal es esta circunferencia de madera.

José María Izaga, así se llama el experto cicerone encargado de la cita. Ingeniero industrial, secretario de la ACEM (Asociación para la Conservación y Estudio de los Molinos), explicará a la concurrencia el valor de ese elemento, humilde en apariencia pero, realmente, una de las conquistas tecnológicas esenciales de la historia. «Hasta inicios del siglo XX dos ruedas hidráulicas movidas por el agua del río Barbadún ponían en marcha las instalaciones. Desde esa fecha lo hacía la única superviviente. Consta de un círculo formado por seis piezas de madera sobre las que se montaban doce palas, de las que se conservan diez. Permite conocer con detalle cómo eran esas ruedas, fuente de energía para las ferrerías vascas durante más de cuatro siglos», adelanta Izaga.

Sabe de lo que habla pues, junto al fallecido Jorge Soler, es el autor de un estudio protagonizado por la pieza. Quienes asistan a la cita escucharán de su boca las características de este primitivo motor, esencial para el patrimonio cultural vasco. Un invento que utilizando una fuente de energía barata, la del agua, era capaz de poner en marcha grandes ingenios al servicio de industrias que antes se valían únicamente del sudor humano: la del hierro, la papelera, los molinera, la textil...

Ingenio original

«Esta rueda tiene una estructura y características diferentes de las que se han considerado hasta ahora tradicionales, lo que sugiere que no todas las instalaciones respondían a un modelo homogéneo. Varias de sus palas presentan formas más desarrolladas que podrían suponer intentos de mejora en el rendimiento de innovar esta tecnología que quedaría obsoleta a mediados del XIX».

Años antes había nacido El Pobal en Muskiz, sobre el río Barbadún. Construida a principios del siglo XVI por la familia Salazar, aguantó hasta 1965 los avatares de un progreso que, con la llegada de los Altos Hornos, le pasó por encima. Firmó el cierre como la última de su clase en el País Vasco.

En detalle

Dónde.
Ferrería El Pobal, Ctra. Muskiz-Sopuerta (Muskiz).
Cuándo.
17 junio Horario 12.00 horas (por la tarde, a las 16:00, 17.00 y 18.00 horas habrá visitas guiadas pero no por José María Izaga).
Precio
Gratis.
Reservas.
629 271 516 info@elpobal.com

«La nueva competencia era imposible de superar, por eso sus gestores trataron de orientarla hacia la fabricación de productos de hierro y acero, herramientas y otros elementos forjados». La protagonista de nuestra historia movía un martillo de forja descomunal, que observarán asombrados los visitantes. «El Pobal es uno de los ejemplos más característicos de supervivencia y adaptación a la demanda a lo largo de sus cerca de cuatrocientos cincuenta años de existencia activa».

Martillo pilón frente al horno y la primitiva rueda que movía el mazo (en la imagen, a la izquierda José María Izaga).

Cuando, en los años noventa, la Diputación Foral de Bizkaia compró el complejo para transformarlo en museo, la rueda yacía deteriorada tras décadas sin uso. Se desmontó, trató para su conservación y volvió a montar, aunque actualmente se expone en una de las salas como máxima joya arqueológica de la colección. Los participantes distinguirán su curvilínea figura solitaria, lustrada y mantenida con mimo como la piel de una mujer, pero no han de olvidar que antaño formaba parte de una gran máquina, que encabezaba un puzzle completado por ese desproporcionado martillo pilón gracias al que los ferrones trabajaban la masa incandescente de hierro que surgía del horno, la agoa, para transformarla en tochos y barras destinados a la venta o moldeados en el mismo lugar como utensilios. «El diámetro de la rueda corresponde a los conocimientos tradicionales de los maestros ferrones anteriores al siglo XVIII. Su velocidad, relativamente rápida, unida a la existencia de ocho levas, permitía una cadencia superior a los 200 golpes por minuto». Nada que ver con las posibilidades del brazo humano.

Más allá de todas estas cifras, lo impresionante es contemplar aún hoy en día la maquinaria en acción. Sentir el calor que ahogaba a los ferrones, la envolvente oscuridad del recinto, iluminado solo por las llamas. Entender que la aplicación del agua desde finales del siglo XIII hizo más soportable la agotadora labor de aquellos hombres. Que fuelles y martillos se ponían en marcha gracias al fluir del río y que esa corriente permitió controlar el caudal del aire. Obtener una temperatura elevada y constante. Aumentar la producción y calidad de un hierro que colocó al País Vasco en la mapa industrial.

Dónde comer

Hablar de trabajo da hambre. Por eso, tras la visita puedes acercarte hasta el Restaurante La fábrica de Juan, en Zierbana. Varios de sus clientes recomiendan el tataki y el salmorejo de curry con cecina. Para los golosos hay un combinado de postres, así no debes conformarte con uno solo. (Playa de La Arena, Zierbana. Tf. 94 636 53 61)

Si te inclinas por un recurso más apañado, estilo bocadillo y hamburguesas, entra en Donibaneko Batzoki Sagardotegia. Por supuesto, los de buen comer, pueden pedir chuletón o ensalda templada de bacalao. (San Juan s/n, Muskiz. 94 646 69 97)

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