Cabezas cubiertas en Balmaseda

Un grupo de visitantes observa el funcionamiento de la maquinaria. /Yvonne Fernández
Un grupo de visitantes observa el funcionamiento de la maquinaria. / Yvonne Fernández

El museo de las boinas cumple 10 años y nos lleva a la época de la revolución industrial

IRATXE LÓPEZ

Corría el año 1886 cuando Marcos Arena Bermejillo regresó desde México a su Balmaseda natal con fortuna y una idea clara: la puesta en marcha de un negocio textil. Aquel sueño se convertiría en realidad a partir de 1892 gracias a una fábrica a la que bautizó La Encartada, factoría ducha en boinas, diosa en el Olimpo de este sector dentro y fuera de Bizkaia. Cincuenta años -hasta 1948-, pretendía prolongar su vida ornando cabelleras vascas y foráneas, aunque sobrevivió hasta 1992. De propina ha sumado otros diez en 2017 como fábrica-museo -abrió en 2007-, la primera de sus características dentro del País Vasco y España. Por eso está de aniversario.

La dosis de energía necesaria la imprimieron el empuje de sus fundadores y la corriente del río Cadagua. Una cifra redonda, 50.000 pesetas de capital social escriturado, dio rienda suelta a este negocio autosuficiente que alojaba entre sus paredes un sistema de producción completo desde la materia prima al producto final, además de carpintería y taller mecánico donde reparar piezas y maquinaria. En cuanto a los obreros, 70 al comienzo, trabajaron mano a mano en jornadas de ocho horas, mayoritariamente mujeres -el 75% de la plantilla-, sin especializar y formados en la propia fábrica, pues bastaban de cuatro a seis meses para conseguirlo.

La Encartada, Balmaseda

Dónde.
Barrio El Peñueco 11. Información 946800778.
Horario.
Del 16 de octubre al 14 de abril de martes a viernes 10.00 a 14.00, sábados 10.30 a 19.00, domingos 11.00 a 15.00 h.
Precio.
5,50 € (visita guiada). Menores 26 años, mayores 60 años y grupos más 10 personas 3,25 €. Gratis. viernes y hasta 12 años.

Quienes accedían cada jornada eran hijos de la villa o de municipios colindantes, aunque hubo algún foráneo y extranjeros, sobre todo técnicos encargados de implantar nuevas líneas de producción. Llegaban en primer lugar los padres que, al abandonar su vida laboral, cedían el puesto a hijos o nietos. Los salarios eran bajos en relación al resto de sectores locales como los talleres de FEVE o los del plomo, pero en consonancia con la industria textil. Los hombres no cobraban mucho. Las mujeres menos aún. En 1933 un tejedor recibía 7 pesetas mientras que una tejedora llevaba a casa 4 por el mismo trabajo. La circunstancia abarataba el coste final del producto, haciéndolo más competitivo y menos justo.

Piezas únicas

Hoy en día, cualquier momento es bueno para celebrar la presencia de este museo empeñado en evocar los inicios de la Revolución Industrial. Máquinas, materiales y testimonios aguardan al visitante, cosiendo con hilo de añoranzas un manto de viejas anécdotas. Ingenios como la mula selfactina inglesa de 1892, capaz de hilar 65 kilos de boinas en ocho horas, o el telar Jacqard de 1904, que aunque achacoso hoy día puede engendrar aún paños, enriquecen la experiencia activa en la que además de mirar se arrima el hombro.

En la segunda imagen, una máquina de coser. / Ignacio Pérez

Entre los muros de la factoría la imaginación proyecta imágenes antiguas tras observar talleres auxiliares, vehículos de transporte y vestigios del sistema de lavado. Queda el conjunto mecánico íntegro: turbina hidráulica, secadero de lana, nave de hilatura, áreas de confección y acabado y nave de mantas y paños. Más allá, el despacho, las antiguas oficinas y la vivienda de los dueños transportan al turista a momentos de máxima actividad, como los vividos durante la Guerra Civil cuando el engranaje cumplía a pleno rendimiento. Fuera levantan sus muros dos bloques de viviendas obreras con una capilla adosada que también sirvió como escuela. Fue el hogar de quienes crearon primero boinas y después mantas, paños, bufandas, calcetines, madejas, pasamontañas…

Diez años, decimos, han pasado desde la conversión del inmueble en sala expositiva. Una década con 10.583 visitantes de media anuales, procedentes en un 70% de Bizkaia. Todos traspasan las puertas para sentir esta experiencia evocadora ante una colección industrial única por sus piezas originales. Muchos acuden a los talleres en familia, reclamo estrella. «¿Qué harías tú en una fábrica hace 100 años?» es la pregunta lanzada por una de esas reuniones en la que adultos y niños emplean su tiempo para conocer y desarrollar la rutina de los antiguos trabajadores de esta fábrica con un pasado, un presente y un futuro en la historia de Bizkaia.

Recomendaciones

Pintxo i Blanco.
Lo más típico en la villa balmasedana es apuntarse a un buen plato de putxera, cocido que encuentra sus raíces en el siglo XIX, cuando los maquinistas de la línea de ferrocarril Bilbao-La Robla preparaban al calor del carbón de sus máquinas la mezcla a base de alubias, tocino, chorizo y morcilla. Si acudes al restaurante entre semana debes encargar el manjar; sábados y domingos está disponible. Son 20 euros por persona e incluye postre y bebida. (Martín Mendia 5, Balmaseda. 637803516).

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