Vitoria: Y se hizo la luz

La guía explica detalles de la ruta en las escaleras que conducen a la plaza del Machete. /
La guía explica detalles de la ruta en las escaleras que conducen a la plaza del Machete.

Recorrido por la ciudad imaginando un pasado de calles y rincones oscuros

IRATXE LÓPEZ

Cualquiera que haya salido al campo sabe qué es eso de la contaminación lumínica en la ciudad. Uno alza los ojos para mirar las estrellas y ponerse melancólico, perderse en meditaciones de lo que fue, es y será, pero el cielo resulta una mancha informe en la que nada titila y, si lo hace, los guiños son débiles y dispersos porque la luz de la urbe no nos deja soñar entre constelaciones. Son las desventajas del mundo moderno, de noche eres capaz de distinguir a tus vecinos por la calle, de conservar la vista intacta mientras te enfrascas en un libro, de observar las burbujas que adornan el chocolate instantáneo, pero olvida perderte en el firmamento mucho más allá de la Osa Mayor.

Visita nocturna Vitoria

Cuándo y precios:
Jueves y viernes: 18.00 horas. Sábados y domingos: 11.00. Duración 1.30 horas. Precio 6 euros, niños gratis. Idiomas Castellano, euskera, francés e inglés. Reservas 618306771. Información www.ainharbe.com.

No siempre fue así, claro. Hubo un tiempo en el que el mundo se regía por la luz solar. Despertaba al amanecer y se iba a la cama con la anochecida. Seguro que a la gente le hubiese encantado llegar de la plaza al hogar sin sentir la oscuridad engullendo su sombra, meter la llave en la cerradura a la primera, subir las escaleras sin tropiezos. A cambio, asomarse a la ventana prometía baños de Vía Láctea. Los guías de Ainharbe proponen recordar aquello, meditar sobre la actualidad luminaria y proponer acciones que mejoren el futuro gracias a una visita sobre la luz (y su falta) por el casco viejo vitoriano.

«Desde la antigüedad el fuego, la luna, han sido esenciales para el desarrollo», explica la cicerone de este paseo con parada en el Museo Arqueológico –si está abierto– para tomar contacto con la evolución de las luminarias. «De la lámpara de aceite pasamos a las velas, que primero se confeccionaban con cera de abeja, después con grasa animal de desagradable olor y más tarde con saín de ballena, sin humo ni aroma, lo que influyó en el desarrollo del País Vasco como emporio ballenero». No por nada Vitoria mantuvo en auge un gremio de cereros hasta el XIX. «Incluso en el siglo XX seguían existiendo fábricas de este tipo».

Que la luz tiene mucho que ver con la espiritualidad es innegable. Por eso la marcha incluye entrar a alguna iglesia, comentar el coqueteo de los rayos con las vidrieras o cómo los retablos se pintaban de dorado para que el reflejo de esos haces iluminara el alma feligresa. En contraposición, la noche se relaciona con la llegada de figuras imprescindibles como los serenos, que aparecieron en la capital alavesa en 1830 con el mandato de garantizar la seguridad de los ciudadanos.

El canto de los serenos

Desde la caída del sol hasta el amanecer se encargaban del alumbrado público aunque también evitaban robos, auxiliaban a los vecinos en caso de necesitar médico o cura y daban la voz de alarma ante incendios. Para entrar en el cuerpo además de una hoja de conducta impoluta debían poseer fuerte constitución, cumplir entre 25 y 40 años, leer y escribir, tener conocimientos de meteorología, buena voz y, ¡atentos!, saber cantar. Anécdotas como ésta se reparten a lo largo de la ruta.

«Imaginad lo que suponía desplazarse hasta la Casa de Conversación cercana a la Puerta de Santa Clara entre los siglos XVIII y XIX. La gente acudía a jugar a la cartas, conversar, socializarse, pero a ciertas horas caminar por los estrechos cantones era una invitación al asalto. Por eso quienes tenían criados se hacían acompañar por ellos, los maestros llevaban a sus aprendices». El resto arriesgaban la bolsa y la vida por estar de cháchara con los amigos.

Son historias que alumbran la ruta antes de llegar a la meta, el Museo de los Faroles, cuyos orígenes se remontan al gremio de los cereros, promotor en 1613 de la Cofradía de Nuestra Señora de la Virgen Blanca. El lugar alberga el bellísimo ‘Rosario de faroles’ que cada 14 de agosto se pasea por las calles de la ciudad.

En este enclave es momento de preguntar cómo podemos reducir la contaminación lumínica, insalubre para la fauna. «Hablamos de las farolas de gas que precedieron a las eléctricas y analizamos las locales. De la importancia de usar iluminación horizontal, de la diferencia entre luz amarilla y blanca». Por resumirlo de manera poética, de la forma sostenible de mirar hacia adelante sin perderse las estrellas.

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