Castillos detrás de la playa

Camino sobre la costa de S’Agaró, un paisaje característico de la Costa Brava.
Camino sobre la costa de S’Agaró, un paisaje característico de la Costa Brava.

Costa Brava. Los pueblos medievales del Bajo Ampurdán quedan eclipsados por la deslumbrante Costa Brava. Nos damos un paseo por Pals y S’Agaró

Luis López
LUIS LÓPEZ

En los arrozales de Pals a veces hay dos viejos que cantan habaneras a la sombra de una higuera. Están rodeados por láminas de agua quieta que brillan bajo el sol de la tarde. Y una brisa fresca menea las hojas y las hierbas en un murmullo que se mezcla con los acordes de las guitarras. «Si quam em mori sigui a la meva terra, vull per a mi un bocí d’Empordá», cantan. ‘Si cuando me muera estoy en mi tierra, quiero para mi un trocito de Ampurdán’. Están seguros de vivir en el mejor sitio del mundo.

Pals y S’Agaró (Girona)

Cómo llegar :
Pals se encuentra a 650 kilómetros de Vitoria y a unos 700 de Bilbao por la A68 hasta Tarragona y posteriormente, por la E90.

El Ampurdán es una comarca gerundense con pinares y castillos, con llanuras cultivadas y colinas suaves. Pero la gente viene aquí, sobre todo, para ir a la playa. Ya se sabe: la Costa Brava, con sus calas tranquilas, su Mediterráneo y su luz, es un imán para turistas. Tanto, que muchos se quedan a remojo o sobre la arena gorda y ni exploran el interior. «Hay gente que lleva años veraneando aquí y nunca ha visitado el pueblo», se duelen en la oficina de turismo de Pals. Es en los días de lluvia cuando, si acaso, llegan los forasteros ociosos, cuando hay que hacer algo tras recoger la toalla. Entonces, descubren un rincón mágico.

Pero en las jornadas normales, las que brillan bajo un cielo azul, esta villa medieval de callejuelas intrincadas dormita plácidamente. Hay grupos reducidos de norteamericanos y canadienses jubilados que, sentados en sillas plegables, dibujan los rincones pintorescos. Es un tipo de turismo curioso: gente reconcentrada, en silencio, con pinceles o carboncillo en las manos, y delante de inmensas buganvillas que desparraman sus flores fucsias sobre fachadas de piedra. No se oye nada por ahí, más que las golondrinas que entran y salen de unas ánforas incrustadas al efecto y en posición horizontal bajo los aleros de los tejados centenarios.

Pals, un ejemplo

Al pueblo de Pals se entra por un arco en cuyo interior está la Virgen del Rosario. Bajo ella los antiguos pobladores se persignaban antes de salir del recinto amurallado para tener una buena muerte si acaso eran asesinados por los asaltantes que acechaban, ocultos, en los recodos de los caminos. Como la seguridad estaba intramuros, todo el mundo quería vivir ahí, de modo que cuando ya no había más suelo para hacer casas las construcciones crecieron sobre las calles, uniendo fachadas a la altura del primer piso, sobrevolando los callejones adoquinados que ahora, a veces, son como túneles frescos.

Recomendaciones

Dónde dormir
Hostal Barris. Establecimiento familiar que funciona desde 1923 en el centro del pueblo, a cinco minutos caminando del recinto gótico de Pals. Enginyer Algarra, 51 (Pals). )972636702.Desde 65 €.
Dónde comer
Sa Cova. Integrado en el hotel NM Suites el chef David Lamana sirve en este local una combinación de cocina tradicional con toques de autor. Onze Setembre, 70. Platja d’Aro. )972825770. Carta: 35 €.

Uno de los arcos que caracterizan las calles de Pals.

Pals no es ninguna excentricidad en la zona. Los pueblos medievales abundan por aquí y en una ruta de 46 kilómetros en coche hasta la capital comarcal, La Bisbal d’Empordá, se suceden villas fantásticas como Peratallada, que conserva su estructura medieval original dentro de una muralla imponente. La región, mayoritariamente llana, también es propicia para excursiones en bicicleta y para largos paseos –preferiblemente, a primera hora de la mañana o última de la tarde–.

Esa misma orografía también facilita la existencia de arrozales, cuya primera referencia en la zona data de 1452. Tienen una historia interesante: en el siglo XVIII se prohibió la producción de arroz porque la necesidad de inundar amplias extensiones de terreno –ahora hay unas 700 hectáreas de este tipo de cultivo– hacían proliferar los mosquitos. En fin, que las autoridades de entonces, entre morir de hambre o por las enfermedades, eligieron el hambre. Luego, a principios del siglo XX, se ideó un mecanismo para mantener el agua en movimiento y minimizar la proliferación de insectos, con lo cual se retomó este cultivo. Ahora, además, estas extensiones brindan un paisaje luminoso como tránsito previo a la playa de Grau, desde donde se divisan las islas Medas, que asemejan la silueta de un rinoceronte medio sumergido.

Tricornios y estrellas

Por muy bien que esté descubrir la vida interior del Bajo Ampurdán, no se puede pasar por aquí sin dejarse mecer por el Mediterráneo manso. Un lugar curioso para hacerlo es el Camino de Ronda que va de S’Agaró a Platja d’Aro, una zona pija a rabiar donde se suceden mansiones de empresarios multimillonarios y de futbolistas del Barça. S’Agaró ha sido durante décadas polo de atracción para el turismo de lujo: en los años 50 del siglo pasado se rodaron aquí películas como ‘Pandora y el holandés errante’ y ‘De repente el último verano’, lo que propició que durante largas temporadas tomasen el sol en sus calas Ava Gardner, Elizabeth Taylor, Montgomery Clift... En La Gavina, un cinco estrellas gran lujo, también se alojaron celebridades como Frank Sinatra o John Wayne.

Entre toda esa opulencia y el mar, muy cristalino, está el Camino de Ronda. Se llama así porque las autoridades, primero los carabineros y luego la Guardia Civil, patrullaban por ahí para combatir el contrabando. Sobre todo, durante la Guerra Civil y en la postguerra. Ahora, este paseo forma parte de la GR-92 que discurre por el litoral mediterráneo.

La caminata de la playa Sant Pol, en la sofisticada S’Agaró, hasta la muy turística Platja d’Aro, tiene una longitud de 6,5 kilómetros y desde aquí se aprecia por qué Ferran Agulló, en 1908, bautizó a esta zona como Costa Brava. Las rocas marrones y dentadas se desploman contra el mar tranquilo y parecen arañarlo en acantilados no muy altos pero sí agresivos. Sobre ellos, los pinos y los tamarindos dan sombra al caminante. Y abajo se ofrece el agua limpia. A la población local le gusta especialmente la cala Sa Conca.

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