Las casas en las que se amaron Trotsky y Frida Kahlo

El revolucionario y la artista bisexual vivieron su historia de amor en Coyoacán, y allí siguen sus casas tal y como las dejaron, convertidas en museos

Luis López
LUIS LÓPEZ

Trostky era una fuerza de la naturaleza y lo demostró incluso el día de su asesinato cuando, con un piolet clavado en la cabeza, aún tuvo tiempo de reducir a Ramón Mercader y, luego, de contener a su guardia personal para que no se cargara al traidor allí mismo como si fuese un perro porque había que sacarle información. Trotsky era un tipo duro. Y también mandaba cartas de amor a Frida Kahlo en las que le decía que tenía rostro de cervatillo.

Frida Kahlo, muy al contrario, era la fragilidad hecha carne y huesos dolientes. Bigotona y bisexual, reunía todas las cualidades que hacen a una persona interesante: el desprecio absoluto por las convenciones sociales, la inteligencia, el ingenio, el talento y una biografía repleta de tormentos crónicos y, al mismo tiempo, de ansias por gozar cada instante. Frida, comunista y fumadora, tenía el gesto como de diosa azteca metida a estrella de rock.

La historia de amor entre el revolucionario ruso y la artista mexicana (28 años menor que él) se desarrolló en Coyoacán, emplazamiento que en los años treinta del siglo pasado era un pueblito próximo a Ciudad de México y que ahora ha sido engullido por la mayor urbe del planeta. El entorno ha cambiado mucho. Pero ahí sigue la Casa Azul de Frida y el edificio, casi convertido en búnquer, en el que Trotsky trató en vano de escapar de la condena a muerte que le había endosado Stalin. Ambas propiedades están separadas por cinco manzanas; la distancia que recorrían los emisarios de la pareja cargando con libros de cosas políticas entre cuyas páginas escondían sus cartas de amor.

La Casa Azul es hoy uno de los museos más visitados de México. Allí se cuenta la historia de Frida Kahlo, cejijunta y genial: de cómo siendo niña padeció una poliomelitis que le dejó una pierna más desarrollada que la otra y padecimientos crónicos; de como a los 18 años, en 1925, sufrió un accidente de tráfico que le fracturó la columna, las costillas, las piernas y un pasamanos le atravesó la cadera para salir por su vagina. Todo ello condicionaría su vida entera, en la que soportó más de treinta operaciones, la amputación de una pierna y las rigideces de corsés y otros aditamentos ortopédicos. Pero era una mujer especial, y en la pata de palo se puso cascabeles.

Las penalidades físicas también condicionaron su obra. Pintó, sobre todo, autorretratos, porque, al fin y al cabo, sus limitaciones para moverse y las largas temporadas que pasaba postrada en la cama no le permitían ver muchas más cosas. Suspendido sobre su cama aún está el espejo que le devolvía su imagen y que ella trasladaba al lienzo. En su estudio se conserva su silla de ruedas frente al caballete.

Pero Fridita, que así la llamaban muchos de sus amantes, no se arredró frente a sus padecimientos. Cultivó un compromiso social y político a la altura de su obra artística y, sobre todo, amó mucho. «Donde no puedas amar, no te demores», decía. El amor de su vida fue Diego Rivera, su marido, gran muralista mexicano, un mujeriego y vividor que se cepillaba a todo lo que se movía. Ella tampoco se quedaba corta. Así que era una pareja libre y, por tanto, atormentada.

Bajo su techo –la Casa Azul, donde nació, vivió y murió– se juntó buena parte de la intelectualidad que daría forma al siglo XX. Se decía que allí iba la gente por Diego, que era la estrella del momento, pero regresaba por Frida, por sus chistes, su picardía, su ingenio y, en fin, su magnetismo. Por allí pasó Andre Breton, padre del surrealismo, cuya esposa Jaqueline Lamba calentó la cama de Frida, igual que la cantante Chabela Vargas, el fotógrafo Nickolas Muray, el escultor Isamu Noguchi... Y, claro, Leon Trotsky.

En realidad, el revolucionario ruso se llamaba Lev Davídovich Bronstein y estaba condenado a muerte desde que se enemistó con Stalin: uno apostaba por globalizar el comunismo como vía para que fuese efectivo, y el otro quería una superpotencia bolchevique. Trotsky penó por varios destierros mientras toda su familia iba siendo asesinada hasta que Diego Rivera medió ante el presidente mexicano de entonces, Lázaro Cárdenas, para que le diese asilo en 1937. Se quedó a vivir, con su mujer, en la Casa Azul. Y, claro, no le quedó más remedio que enamorarse de Frida. Cuando Rivera se enteró de la aventura no se lo tomó bien y le echó de casa. Fue entonces cuando el revolucionario se trasladó cinco calles más allá.

Cactus en su jardín

Su casa sigue igual y también se puede visitar. Es como un monumento a la resistencia. Los muros están recrecidos, las puertas estrechadas o directamente tapiadas, las ventanas son como rendijas, y hay puestos de vigilancia elevados. Todo para repeler los atentados de los que era objeto. Y en ese ambiente opresivo trabajaba Trotsky, que de aquella vivía de los textos que escribía para publicaciones de medio mundo (hablaba seis idiomas) y de deslumbrar al personal con su potencia intelectual. Pero cuidado. También defendía que un buen comunista nunca debe olvidarse del trabajo físico, y el mismo entusiasmo con el que se aplicaba en sus escritos desde que amanecía, empleaba para cuidar conejos y gallinas, limpiar el huerto, y plantar cactus. Porque, esto es curioso, el revolucionario ruso sentía una fascinación muy especial por estas plantas, las únicas presentes en el jardín de su casa, que él mismo recolectaba en desiertos próximos. Ahora, rodean su tumba, que está ahí, en Coyoacán, en el mismo edificio donde vivió sus últimos años.

La Casa Azul - Museo de Frida Kalho

Dónde:
C/ Londres 247, Col. Del Carmen, Coyoacán. 04100 Ciudad de México, CDMX, México
Horarios:
Martes: 10:00 - 17:30 h. Miércoles: 11:00 - 17:30 h.
Tarifas:
200 pesos entre semana (unos 10 euros), 220 en fin de semana. Muy recomendable alquilar videoguía (80 pesos)

Museo Casa de León Trotsky

Dónde:
Av. Río Churubusco 410, Col. Del Carmen, Coyoacán. México
Horarios:
De martes a domingo de 10 a 17 h. Entrada: 40 pesos. (Visita guiada incluida)

Tras su asesinato, en 1940, Frida Kahlo fue arrestada como sospechosa, porque eran tiempos de intrigas. Pero no tenía nada que ver. Ella seguiría con Diego Rivera, con sus dolores y con sus genialidades hasta que murió en la Casa Azul en 1954. En el último cuadro que pintó proclamó, pese a todo: «Viva la vida».

Fotos

Vídeos