Burgos: ciudad de cuento

El arco de Santa María es la puerta más conocida a la ciudad vieja y protege el casco urbano en su lugar más cercano al río Arlazón./
El arco de Santa María es la puerta más conocida a la ciudad vieja y protege el casco urbano en su lugar más cercano al río Arlazón.

Visita guiada para descubrir episodios curiosos de la historia de una ciudad fundamental en la Edad Media española bajo la mirada del escritor burgalés Saturnino Calleja

IRATXE LÓPEZ

El pasado está lleno de anécdotas, se alimenta de recuerdos narrados al oído, cuchicheos y curiosidades. Cada ciudad tiene las suyas, Burgos también. Las narra una visita guiada, perfecta para adoradores de historietas. Para quienes disfrutan cantares de juglar, fábulas ciertas o inverosímiles que, de tanto repetirse, crean memoria. Su nombre: «Tienes más cuento que Calleja», en honor al escritor burgalés Saturnino Calleja, que compuso más de 300 relatos, historias de gentes sin historia. «Doce puertas tuvo antaño la capital burgalesa…». Así comienza la primera. Una docena de salidas y accesos, sustraídos a la robustez de la muralla. Por ellas pasaban hombres y carruajes, cabalgaduras y mercancías. Y en ellas aguardaban pacientes, en busca de clientela, meretrices de toda clase, horizontales como se las conocía entonces, atentas al trasiego y a la moneda.

Era tal su número que la reina Juana, La Loca, decidió regular las mancebías para que un edificio escondiera lo que la decencia no soportaba mirar. «Las prostitutas iban identificadas, incluso existió una casa pública al considerarse servicio necesario», comenta la guía. Se distinguían por el vestir, por el final picudo de sus faldas que dio origen a la frase «irse de picos pardos».

Datos prácticos

Cuándo
Todo el año.
Grupos
(Se adaptan a horarios y fechas solicitadas)
Duración
1.30 horas
Precio
En función del número de personas
Información
659268321
Web
www.guiasdeburgos.es

Miedo a los terremotos

La explicación tiene lugar frente al Arco de Santamaría, al que precede el Paseo del Espolón. Estatuas de cierto porte vigilan esta senda. «Hubo un tiempo en el que, para recorrerlo, era obligatorio el uso de sombrero. Cada clase ocupaba un hueco preciso, de mayor a menor alcurnia a medida que se acercaban al río, bastante más sucio entonces». Señores, artesanos, modistillas… a los que quedaba claro su lugar en el mundo. Por encima de todos, las esculturas que debieron haberse instalado en el Palacio Real de Madrid. 108 deseaba tener Felipe V, quien dijo adiós a la ensoñación por culpa de su esposa Isabel de Farnesio. Temía la dama un terremoto que hiciera caer tanto arte aplastándola. Por eso donó cuatro de ellas a Burgos y acabó repartiendo el resto por la geografía peninsular.

Frente a la Casa de los Gigantillos la guía apunta nueva anécdota. Reconocibles para cualquiera visitante, esta pareja de burgaleses cuya réplica en figuritas se encuentra en cualquier tienda de recuerdos tuvo el dudoso honor de viajar en 1939 a la Alemania nazi. Representaba a España con motivo de un festival folclórico. La embarcaron desde Lisboa y, mantienen las crónicas, que la gente acudía embelesada a verla pasar. Ya en Berlín, se marcó un pasodoble, «baile muy español pero poco burgalés», comenta riendo nuestra cicerone.

Las torres y el cimborrio de la catedral asoman tras los edificios de la plaza Mayor.
Las torres y el cimborrio de la catedral asoman tras los edificios de la plaza Mayor.

Un Cid con ansias de seguir hacia delante embistiendo al viento aguarda imperturbable nuestro encuentro. «Tenemos a un Rodrigo Díaz de Vivar real y a otro legendario. Sabemos más de la leyenda repetida en el ‘Cantar del Mio Cid’. De sus dos hijas Elvira y Sol. De su caballo Babieca, que vivió 40 años. De su valor y el de su espada Tizona». En realidad el Cid tuvo dos hijas, María y Cristina, y un hijo, Diego. Resulta complicado creer que su montura viviera tantos años. Heroicidades firmaría, villanías también se le conocen. Eso sí, el arma puede verse aún en el Museo de Burgos.

Recomendaciones

Vermutería Victoria
Si buscas vermú y algo para picar acércate a este establecimiento. «Cantemos unidos la insigne grandeza…». Así empieza el himno de Burgos que todos los días, a las diez de la noche, puede escucharse en el coqueto local situado junto a la Catedral. La costumbre se ha convertido en tradición al reunirse gentes de todo tipo dispuestas a mojar la garganta primero para articular notas después. Si quieres unirte al coro tienes la letra escrita en las servilletas. (Plaza Rey San Fernando, 4).
Rimbombín
Tradición manda. En ella se inspira la cocina de este local pegado a la Plaza Mayor donde abundan bullicio y picoteo. Pintxos, tapas, raciones… En su carta tampoco extrañarás carnes de la región, quesos, vinos, morcilla de Burgos, hortalizas y verduras de la tierra. Imprescindibles: las alpargatas, el huevo con pisto y los tigres. (Sombrerería, 6. 947261200).

Tras atravesar los Soportales de San Antón, a los que en el siglo XIX los lugareños denominaban «los insoportables» por la conflictividad del vecindario, el recorrido se detiene frente a la Casa del Cordón. El anecdotario del enclave es enorme. Allí murió Felipe el Hermoso, tras jugar un partido de pelota. Aseguran que, cansado, bebió con tal ansia un vaso de agua fría que la temperatura le provocó un corte digestivo mortal. «Probablemente tendría más peso en el asunto el efecto de un veneno, teniendo en cuenta los continuos roces que mantenía con su suegro, Fernando el Católico».

Morcillas envenenadas

En la Plaza Mayor, siguiente parada, se celebraban las corridas de toros, acontecimiento prolongado la jornada entera. Cada cual portaba su comida para no perder detalle ni sitio. Los toros llevaban fuego en los cuernos. Eran atacados con lanzas. Y había encierros de cuarenta reses que bajaban por San Lorenzo. «Isabel La Católica las odiaba. El Papa Pío V en el siglo XVI las definió como ‘cosa del demonio’. Siempre han tenido adeptos y detractores». Entre los platos típicos escondidos en la cesta se hallaba, por supuesto, la morcilla, estrella culinaria burgalesa. «Cuando el mundo no se distinguía por la higiene abundaban las enfermedades. Los perros eran uno de sus transmisores. Para acabar con ellos dejaban como cebo morcilla envenenada». De ahí la frase «que te den morcilla», sentencia peyorativa que desea más mal que bien.

Paseo del Espolón, con la puerta de Santa María al fondo.
Paseo del Espolón, con la puerta de Santa María al fondo.

Casi al final de la cita, la diosa Flora riega la fuente de una plaza conocida por su nombre aunque en realidad se llame Plaza Huerto del Rey. Allí creó Santa Teresa su última fundación. En una de las ciudades más hospitalarias pues, en el siglo XV, contaba con treinta hospitales que daban servicio al sinfín de peregrinos atraídos por el Camino de Santiago.

El Hospital del Rey acogía grandes colas ya que facilitaba a los andarines creyentes un menú envidiable: 575 gramos de pan blanco, 1 litro de vino, 1 plato de caldo o de potaje de legumbres u hortalizas y 300 gramos de carne de carnero. Todo un banquete. Para consumir antes de la visita a la catedral donde una mañana…

Pero ésa ya es otra historia.

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