El bosque con sentido

Un hombre abraza una sequoya en el sendero sensorial.
Un hombre abraza una sequoya en el sendero sensorial. / ALICIA DEL CASTILLO

El tacto, el olfato y el oído sustituyen a la vista en un recorrido especial por el parque de Bertiz en el corazón del valle navarro

IRATXE LÓPEZ

Déjame sentir tu vida, tocar tu piel de madera, absorber tu aroma a humedad. Déjame acariciar la suavidad de tu musgo, prenderme al abrazo de tu tronco, descansar sobre tu cama de helechos. Deja, bosque del Edén, que las gotas de rocío lloren sobre mis manos. Que mi ojos se zambullan en la claridad de tu estanque. Que tus pobladores arrullen con sus cantos mi felicidad. Abre tus confines, Jardín de Bertiz, a este visitante. Acoge a los que hasta ti llegamos para amarte con los cinco sentidos. Uno de ellos se impone normalmente sobre el resto en cualquier visita. Nubla las capacidades de los demás que aguardan rezagados ante su impulso. Todo es vista cuando tenemos ojos para ver pero… ¿y si no fuera ése el caso? ¿Cómo miran quienes perdieron esa capacidad? Un itinerario sensorial en el Jardín Histórico-Artístico del primer Parque Natural declarado en Navarra, el del Señorío de Bertiz, responde a estas cuestiones. Concede su minuto de gloria a tres sentidos acostumbrados a la sombra: tacto, oído y olfato.

SEÑORÍO DE BERTIZ. BAZTÁN

Cuándo
Todo el año.
Horario
Julio, agosto y fines de semana de septiembre de 10.30 h. a 19.30 h. y resto de septiembre y octubre de 10.30 h. a 17.30 h.
Duración
40 minutos
Precio
3€ mayores 18 y menores de 65 años.
Web
www.parquedebertiz.es
Reservas
948592421

La ruta invita a la experimentación, a cruzar la frontera de nuestra costumbre y fundirse con el mundo natural. Diferente para los adultos, participativa de cara a los niños, en ella no está prohibido tocar, al contrario. Manos, brazos, cuerpo entero han de posarse, rozarla, amarrarla bajo la atenta escucha de nuestros oídos y el despliegue aromático de una nariz despejada. Sirve para integrarse con el medio durante cuarenta minutos. Para recorrer los 450 metros a través de los que se extiende su camino, percibiendo el espacio de un modo distinto al usual.

Tocar, oler y escuchar

En uno de los laterales han colocado una cuerda de seguimiento. Está a tres metros de altura, sujeta a palos de madera. El turista debe guiarse con ella. Lleno emoción si es invidente. Cerrando los ojos si ve y quiere experimentar la experiencia al completo. Con la mirada atenta si no apetece perder la belleza de este lugar más que centenario, encargado en el siglo XIX por Pedro Ciga y su esposa Dorotea Fernández. Ellos decidieron construir y mejorar sus elementos arquitectónicos y ornamentales, el antiguo palacio, el puente de acceso, las fuentes, estanques, pérgolas y cenadores de influencia romántica y modernista. Deseaban, además, recuperar el bosque perdido, conservar la naturaleza propia del valle.

Naturaleza es lo que toca, nunca mejor dicho. Primera prueba de tacto, para percibir las formas vitales de la madera muerta, aunque a primera vista la idea resulte contradictoria. Segunda prueba, adentrarse en una nueva temperatura, luz y sonido entre bambú. Tercera, atender al bosque, escuchar junto al estanque el rumor de la cascada, el canto de los pájaros, las hojas agitadas por el viento. Cuarto, abrazarse a un árbol como parte de una terapia de comunión entre la naturaleza y tú, sentir su cuerpo en tu cuerpo, dejar que su sabia se hermane con tu sangre. Quinto, oír al Bidasoa, conversar con ese río que riega la tierra, que la revive y da de beber a los animales. Sexto, permitir que los helechos te hagan cosquillas, seguir con los dedos sus caprichosas formas. Y séptimo, caminar por el interior de un roble, descubrir gracias a su olor y texturas que, incluso muerta, la madera se convierte en fuente de vida para otros seres.

Un bosque inmenso

Todo con la ayuda de instrumentos, piezas diseñadas para estimular esos sentidos como trompetas auditivas gracias a las que escuchar distintos sonidos amplificados, taburetes donde sentarse a completar la actividad con detenimiento y lanzaderas táctiles que ayudan a acercar ese mundo verde y agranatado, mostaza y marrón de los vergeles. Parte ínfima, además, del gran padre que es el parque natural, con un bosque de unas 2.052 hectáreas cruzado por bellas regatas como Ayansoro y Suspiro, cuya primera referencia de propiedad se remonta a 1392.

Pedro María Bértiz, su titular, fue nombrado Merino de las Montañas y juez por el rey Carlos III "El Noble". Manejó los lindes de este tejido natural repleto de fauna, con habituales como el jabalí, el zorro o el tejón, la ardilla, el erizo y el corzo. Surcado desde el cielo por el trepador azul, el carbonero palustre o el herrerillo capuchino; y más arriba, el buitre, el alimoche, el águila culebrera y el cernícalo.

Allí donde el hayedo dibuja entornos de fantasía, espectaculares no solo en Navarra sino en todo el sur de Europa. Donde cuentan que las lamias, símbolo repetido en los escudos de la zona, peinaban sus cabellos. En una tierra plagada de mitos. De senderos de diversa dificultad. De nieblas que envuelven al caminante en la leyenda.

RECOMENDACIONES. Dónde comer

Altxunea
Local acogedor de trato familiar, mantiene la esencia de la comida casera. Sus especialidades en carne pasan por parrilla de carbón vegetal, solomillo de ternera y chuletillas de caseríos vecinos y chuletón de vaca pirenaica con curación propia. En pescados, kokotxas de merluza rebozadas con salsa de hongos, besugo, rape, almejas a la plancha marinera y tartaleta de txangurro. (Calle del Consejo, Ituren. 948450410)
Santxotena
Cocina tradicional basada en productos de la tierra de primera calidad, con elaboración cuidada por parte de una saga de cocineras. No hay que irse sin probar la menestra de verduras y alubias rojas o blancas con almejas. En pescados, la merluza, el rape o los chipirones en su tinta. Y en carnes, el rabo, la chuleta y solomillo de ternera del valle, el txuri ta beltz y la caza en temporada. (Pedro Axular s/n, Elizondo. 948580297
Arotxa.
Consagrado como uno de los grandes asadores de chuleta, trabaja con carne de textura única, natural y sabor inconfundible. Las chuletas se asan sobre carnón de encina, en varillas inclinadas que facilitan la impregnación de las fragancias, surgiendo doradas por fuera y filtradas con calor en su corazón, sangrantes y con un solo aderezo, sal gris de Guerande. (Santa Catalina 34, Legasa. 948456100)

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