Albarracín: Apuesta al rojo

La catedral domina la silueta de Albarracín, cuya formidable muralla se aprecia al fondo. / Amaia González

Un cuidado exquisito del urbanismo convierte este pueblo turolense en una visita imprescindible

GAIZKA OLEA

Como si fuera una apuesta, Albarracín lo fio todo al rojo, al yeso rojo, concretamente, el que aporta color y unifica la imagen de postal de este pueblo turolense situado a 40 kilómetros de la capital que crece acostado sobre la pendiente ladera de un monte y protegido por una muralla de origen árabe que acrecienta aún más, si eso es posible, su icónica belleza. Todo para mil vecinos y decenas de miles de turistas que tratan de comprobar si, como se dice, estamos ante uno de los pueblos más bonitos de España y el mundo entero. Concursos aparte, nada tiene desperdicio en este rincón casi abandonado de una provincia abandonada como pocas que, sin embargo, lo tiene todo. Incluso la orografía que lo rodea tiene connotaciones fantásticas, pues se ubica en un recodo del río Guadalaviar (el río blanco, en árabe), en medio de los Montes Universales. Ahí es nada.

Albarracín (Teruel)

Dónde:
La ciudad se encuentra a 40 kilómetros de Teruel capital. Web www.albarracin.es.

Los pastores del Neolítico se asentaron en la comarca, como lo hicieron más tarde las tribus lobetanas, los romanos y los visigodos, que serían desalojados por el clan bereber de los Banu Razin en el siglo XI. A estos últimos debe Albarracín su nombre y su fisonomía, la emblemática torre del Andador, en lo alto del cerro como guardián de la muralla, y esa abigarrada construcción en la parte alta de la ladera, a los pies de su sólida alcazaba.

Recomendaciones

Dónde dormir:
El hotel Doña Blanca, situado en la parte baja del pueblo, es un tres estrellas funcional y práctico. Dispone de aparcamiento propio y es un buen punto de partida para tus rutas. Llano del Arrabal, 10. )978710000. albarracindonablanca.com.
Dónde comer:
El restaurante El Gallo, en la parte baja, ofrece menús contundentes con lo mejor de la recia gastronomía aragonesa y además se apaña bien con las pizzas. Puentes, 1. )978710032.

¿Hemos dicho laderas, cerros? Pues sí, y ese puede ser el único pero de un pueblo en el que cualquier desplazamiento requiere de piernas y ánimo, tanto en sus durísimos inviernos como en sus tórridos veranos. Albarracín tiene uno de esos cascos urbanos en los que la pendiente manda y ni siquiera tienen el humor de las gentes de Manresa, que prefieren llamar a sus calles con el nombre de ‘Bajada de...’, quizá para dar ánimos a sus sufridos pobladores.

Pero el esfuerzo merece la pena. Si estás en la parte baja, a orillas del río, arranca la caminata en la Oficina de Turismo y trepa con paciencia por la cuesta de Teruel, que es larga y recta como un puerto del Tour. A su término, en cambio, comprenderás que ha pasado lo peor. Caminarás junto al antiguo colegio de los Escolapios, enorme, hoy hotel, antes de toparte con el palacio de los Navarro de Arzuriaga, que se hicieron tan ricos con sus rebaños de ovejas que prescindieron del yeso rojo para diferenciarse de sus vecinos y pintaron la fachada de añil.

Luego, casi llaneando (pero sólo casi), se abre ante el visitante la calle Azagra, en recuerdo de los nobles navarros que expulsaron a los Banu Razin, y la Plaza Mayor, centro de Albarracín, el punto desde el que se distribuyen las calles principales del pueblo. Pero antes de proseguir, conviene asomarse al mirador abierto bajo los arcos de la plaza, junto al Ayuntamiento, un observatorio ideal de los edificios que conforman la parte antigua.

Pendiente de hilo

Allí están la catedral, la alcazaba árabe, el museo y las vistas más espectaculares sobre el tajo labrado por el río Guadalaviar. Allí mismo están los locales de las dos empresas que organizan visitas guiadas por el casco urbano, a las que merece la pena apuntarse. Una de ellas es la Fundación Santa María, organismo público responsable desde hace décadas de la reconstrucción de un pueblo que, pese a sus evidentes tesoros, corría el riesgo de quedar abandonado a su suerte.

Esa misma fundación dio los pasos necesarios para que Albarracín sea lo que es, para que reluzca su yeso rojo, para que el cableado haya sido soterrado y para que todo, desde las papeleras hasta las farolas, pasando por la más inestable de sus viviendas, sume con el fin de obtener los títulos de los concursos. Porque hay casas, como la llamada Julianeta, que parecen a punto de desplomarse por el esfuerzo de sus constructores de ensanchar cada piso respecto al nivel inferior, la única forma de ganar espacio en unas calles tan estrechas.

Asombra también que un pueblo tan pequeño tenga catedral (y obispo), cosas del reparto de poderes en tiempos pasados, un templo recién reformado y, visto desde fuera, incomprensible, porque es muy difícil saber dónde está su altar y dónde su coro. O un interesante museo sobre el pasado.

Pero todo queda a expensas de que la fuerza de tus piernas te lleve por el sendero que conduce desde la iglesia de Santiago hasta las murallas, un segundo tramo exigente pero imprescindible para apreciar el vigor de sus pobladores a lo largo de la historia y para obtener una asombrosa fotografía de Albarracín. Así que ánimo, basta con pensar que las cuestas son bajadas.

Dos visitas

La comarca de Albarracín está repleta de bonitas aldeas comunicadas por buenas carreteras, pero te vamos a dar dos consejos. El primero es visitar los refugios donde los pastores del Neolítico pintaron escenas de caza y de la vida cotidiana. El conjunto de pinturas, idéntico al que adorna otros espacios del Mediterráneo, es acreedor al título de Patrimonio de la Humanidad. La segunda recomendación es visitar en Gea de Albarracín el centro de interpretación del acueducto romano que une Albarracín y Cella, excavado en la roca viva a lo largo de 25 kilómetros durante el siglo I, y posteriormente recorrer algunos tramos de esta increíble obra.

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