Dos pueblos abandonados de Burgos

Valdearnedo y Castil:

Valdearnedo, en la comarca de Las Torcas, en La Bureba, y Castil de Carrias, en los montes de Oca

IÑIGO MUÑOYERRO

Los pueblos abandonados tienen encanto. Emoción. Casas desvencijadas, rincones oscuros, ruinas cubiertas de hiedra, iglesias hundidas y tumbas profanadas. Permiten fantasear con historias de criminales y brujas, tesoros moros, templarios e invasiones. Sus habitantes pensaban de forma diferente porque un día hicieron la maleta y se fueron.

En España hay más de 2000 de estas poblaciones. De ellas casi 80 están en Burgos, la provincia con más municipios (371) de la península. No se despoblaron todos a la vez. El éxodo se inició en los primeros años del siglo XX, pero la puntilla vino con la industrialización que comenzó en los años 50 y se prolongó hasta los 70. La emigración afectó a toda la provincia, pero donde más incidencia tuvo fue en el norte. Sus habitantes se fueron a Bilbao, Burgos o Miranda.

Pero setenta son muchos pueblos. Visitaremos solo dos. Dos recorridos preciosos pero diferentes.

Camino de Valdearnedo

Valdearnedo es un despoblado perdido en Las Torcas, entre el páramo de Masa y La Bureba, próximo a Poza de la Sal. Es un paisaje de pequeñas mesetas (navas) poco arboladas y muy erosionadas. Cuando sus últimos habitantes se fueron a Bizkaia en 1983 se convirtió en uno de los 'pueblos del silencio', término acuñado por el escritor burgalés Elías Rubio.

A Valdearnedo se llega a pie por una buena pista (tres kilómetros) que comienza en Arconada de Bureba, otra pequeña aldea agrícola que ha sufrido la mordida de la emigración, incluso en 1985 perdió el apeadero de tren de la línea Burgos-Villarcaryo. En lo alto se eleva la iglesia románica de Santa Eulalia de Mérida. Cerrada y sin culto. Tiene el tejado hundido y amenaza ruina. Para evitar robos, el retablo del altar mayor dedicado a Santa Eulalia fue trasladado al Museo del Retablo de la capital.

Durante el fácil paseo nos sorprenden los fantásticos colores del terreno. Oscilan entre el blanco de la greda y el yeso; el amarillo de las arcillas y el rojo de los óxidos del hierro. Los campos de cereal, trigo y cebada verdean. El arbolado se reduce a los chopos añosos, mimbreras y abedules que se alinean a orilla del arroyo. Aulagas, brezos, gayubas y enebros colonizan calveros y zonas erosionadas.

Al rato, en un cruce, aparece Valdearnedo. A la derecha, entre una maraña de olmos secos. Entramos por la única calle que cruza el caserío. Silencio y ruinas. Salvo dos casas el resto se ha derrumbado. Los vándalos han arrancado los dinteles de puertas y ventanas y han acelerado el deterioro.

Al final, sobre un alto se levanta la preciosa iglesia de la Natividad de Nuestra Señora, románica de mediados del siglo XII. Su estado de conservación es lamentable. Los ladrones han derribado los muros para apoderarse de capiteles, columnas y mármoles. Y el ábside ha sido despojado de su ornamentación. El tejado está agujereado y el interior, con las tumbas profanadas, está reforzado con tirantes de acero para evitar su hundimiento. El templo tiene los inviernos contados. La pila bautismal románica se custodia en el monasterio de las Clarisas de Castil de Lences.

El pueblo tuvo 20 casas abiertas. También escuela, luz y agua. Comentaba una oriunda del pueblo con familia en Carcedo y vecina de Burgos que los vecinos se fueron por el aislamiento, la falta de servicios y la escasez de agua. Además la mala calidad de la tierra que no garantizaba las cosechas.

Datos prácticos

Cómo llegar:
Valdearnedo: N-232 Oña-Cornudilla. BU-502 Poza de la Sal. BU-V-5021 Castil de Lences, desvío Arconada.
Castil de Carrias:
AP-1 salida Briviesca. BU-710 Belorado, desvío Castil de Carrias. También N-120, Belorado, BU-710 Castil de Carrias
Consejos:
En Valdearnedo no hay agua. En Castil es de mala calidad. Crema de sol.

Abandonamos Valdearnedo de vuelta a Arconada. Quizá en el camino nos crucemos con alguna perdiz.

Carcedo, capital del municipio está habitado y con la iglesia en perfecto estado. Ocupa un alto. Es una excelente construcción románica del siglo XII también dedicada a Santa Eulalia de Mérida. Destacan en el ábside la ventana y el relieve de los canecillos.

Castil de Carrias

Castil, Castil de Carrias en los mapas y Castrillo para sus antiguos vecinos era un pueblo grande que ahora está abandonado y deshabitado. Extraña porque era próspero y además se encontraba bien comunicado por carretera. Su caserío se enclava sobre una paramera yesífera en los Montes de Oca, entre Briviesca y Belorado. En los años 60 tenía 126 vecinos, que a inicios de los 70 habían bajado a 60. Vivían de la agricultura. También de las ovejas y de las cabras. La iglesia estaba consagrada a Santa María Única. Había taberna y organizaban fiestas con músicos que subían de Belorado y Briviesca.

Pero Castrillo tenía un problema y era el agua. La que había era gredosa y escaseaba en verano. Nada adecuada para beber y cocinar. La mecanización del campo unida a la concentración agraria hizo mella en el vecindario y en 1975 todos menos uno se fueron. Se quedó Florentino González. Soltero, cazador y ganadero que llevó una vida solitaria durante 19 años. Unos cazadores lo encontraron muerto una mañana de 1994. El puchero aún humeaba sobre la lumbre.

Aquel fue el último día de Castil como pueblo. Casi inmediatamente llegaron los saqueadores. Reventaron puertas y graneros. Arramblaron con todo lo que encontraron. También la emprendieron con la iglesia donde profanaron altares y tumbas. Y continuaron hasta que no quedó nada.

A Castil llegamos en coche entre campos inmensos sembrados de cereal. Aparcamiento en una amplia era frente a la iglesia. A la izquierda queda la antigua taberna donde moró Florentino.

Iglesia de Santa María

El templo amenaza ruina. Es un edificio de buena piedra de estilo renacentista cubierto de hiedra. Por dentro está destrozado. Los ladrones reventaron las tumbas en busca de joyas. Arrancaron los mármoles del altar y de los muros. Los huesos se mezclan con la basura y los grafitis nos informan de la procedencia de sus visitantes. Se lo llevaron todo.

El casco urbano aún aguanta a pesar de los años de abandono. Resisten en pie varias casas. Incluso hay alguna cerrada con candado a la espera del regreso de sus propietarios. Otra aún muestra el letrero de 'Se Vende'. La mayoría están desvencijadas con las ventanas y las puertas abiertas. Y muchas se han derrumbado. Evitaremos entrar en los edificios. Primero porque tienen dueño y segundo porque es peligroso.

Encoge el corazón pasear por sus calles venteadas y sembradas de escombro escuchando a los vencejos y a las palomas. Recogemos caléndulas y chiribitas. En temporada llegan los cazadores. Siempre aparca algún tractorista. También pastores que abrevan el rebaño.

Queda para el final de la visita al cementerio. Abandonado, infestado de hiedra y saúcos. Una placa de bronce recuerda el fallecimiento del niño Fortunato Torre Vadillo en agosto de 1938. Tenía 929 días.

Cerca de Castil, en la vertiente del Río Tirón podemos visitar Loranquillo. Está despoblado, pero no abandonado. Siempre fue un pueblo escaso en agua. La que mana de las fuentes no es apta para consumo por su alta concentración de yeso. Los vecinos recogían el agua de la lluvia en tinajas o la traían de fuera. A final se cansaron y se fueron a Burgos y Vitoria. Los últimos en el año 1996. Algunos vuelven al pueblo en verano y en las fiestas. La Iglesia está consagrada a San Miguel. Está cerrada por amenaza de ruina.

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