Un niño ante la tragedia

Un niño ante la tragedia

Cómo comunicarse con un menor que ha perdido a algún familiar en un accidente. Los expertos aconsejan no ocultar la verdad y respetar el proceso de luto

LINDA ONTIVEROS

A veces ocurren tragedias, como la de familia que murió en un accidente mientras paseaba en Jerte. Sobrevivió un niño de 6 años. ¿Cómo se ayuda a un niño a enfrentar y, con el tiempo, superar el dolor?

A diferencia de los adultos, que ante una situación de emergencia, se reorganizan utilizando tanto recursos personales como institucionales, la reacción de los niños es más emocional. «La intervención debe ser inmediata, lo más próxima al lugar del acontecimiento y realizada de forma constructiva y esperanzadora», señala Isabel Landa, coordinadora del Grupo de Intervención Psicológica en Emergencias y Catástrofes del Colegio de Psicología de Bizkaia. «Es imprescindible que el niño se sienta seguro y hay que evitar que el adulto que le hable le transmita sus propios miedos y emociones».

En una situación de crisis con menores, la experta recomienda:

-Abrazar al niño, cogerle de la mano, sentarse junto a él. «En definitiva, cualquier contacto físico es importante para los menores».

-No mentirle ni realizar promesas que no se puedan cumplir.

-Mantenerle ocupado con juegos.

-Asegurarse que comprende todo lo que se le dice.

-Evitar términos técnicos o expresiones de difícil comprensión.

-Hablarle a su altura, si es necesario hay que agacharse, para no intimidarlo.

-Recordarle constantemente que está a salvo y seguro.

-En el caso de haber dos o más menores implicados hay que mantenerlos juntos y no separarlos, ya que cada uno de ellos supone un apoyo emocional muy importante para el otro.

«Para niños de cualquier edad, y con un lenguaje apropiado a su edad, los cuatro puntos principales a abordar serían: informar de lo ocurrido y de quiénes y cómo lo cuidarán para calmar la angustia, permitir hablar sobre el tema cuando lo necesite, favorecer la expresión emocional e incentivar la actividad gráfica y lúdica», explica Esther Roperti, doctora en Psicología Clínica, psicóloga general sanitaria y psicoterapeuta, y profesora invitada en la Universidad de Salamanca.

Para hablar de la muerte

Tanto para los adultos como para los niños, asimilar y comprender la muerte es un proceso complejo. Y cuando muere de forma trágica un ser querido, al niño se le debe informar lo antes posible y siempre por medio de una persona en la que confíe. «Es recomendable hacerlo en un sitio tranquilo, sin interferencias de ningún tipo, hablándole con cariño y toda la ternura necesaria para ayudar al niño a recibir la noticia con todo el cuidado y el afecto posible», aconseja Landa.

«A veces se nos plantea la duda sobre si decir toda la verdad. La respuesta es clara: sí. Pero es muy conveniente suministrar la información poco a poco, adaptándonos a su nivel de comprensión, explicándoles de forma concreta, sin exagerar ni minimizar la situación, que su ser querido ha muerto y ya nunca volverá a verle y que la tristeza es un sentimiento normal en una situación así».

Sin embargo, aunque se explique bien el significado de la muerte, los niños podrían fantasear posteriormente con la posibilidad del reencuentro. Hay que cuidar que quien hable con el niño no utilice expresiones como «no pasa nada», «está en el cielo», «te mira» o «se fue de viaje». «Generan angustia», asegura Roperti.

«Entonces se preguntan: ¿en el cielo? ¿Podré ir y verlo? Contribuyen a fantasías que luego pueden crear miedos. Hay que permitir la expresión emocional, que el niño llore, se lamente, al mismo tiempo que se le tranquiliza, apelando a quién o quiénes se ocuparán de él. Porque los niños dependen de los adultos para poder sobrevivir y entonces es importante nombrar a aquellos que cuidarán de ahora en adelante».

Para poder afrontar su dolor, los niños deben comprender qué es la muerte. «Es importante explicar unos conceptos básicos sobre la muerte: todos los seres vivos mueren, cuando morimos no podemos volver a estar vivos nunca, cuando morimos el cuerpo ya no funciona y, por último, toda muerte tiene un por qué», mantiene Landa. «Los niños entre 3 y 6 años piensan que ni sus padres ni ellos mismos van a morir e interpretan de forma literal cualquier explicación que demos sobre la muerte; incluso creen que la persona fallecida puede experimentar sentimientos y sensaciones como si estuviera viva».

«Por su parte, los niños entre los 6 y 9 años, comprenden la diferencia entre vivir y no vivir en términos biológicos, pero con 6 años piensan que a ellos no les va suceder», prosigue Landa. «No es hasta los 8 o 9 años cuando ya son capaces de comprender que ellos también se pueden morir. Hacia los 8 años un niño puede participar en las ceremonias de despedida si quiere. Es fundamental acompañarle y explicarle con antelación en qué consisten».

Un duelo puede durar alrededor de 2 años y para poder proseguir con su propia vida, el niño necesita el apoyo de sus cuidadores, quienes deben conocer las fases del duelo. «En los niños la tristeza se expresa a través de la irritabilidad», advierte Roperti. «El niño estará triste, irritable, se enfadará con el muerto por dejarlo, lo echara en falta... todo eso es normal. Hay que recordar que usan el lenguaje gráfico y lúdico y que a través de él elaborarán poco a poco el duelo».

Por último, se recomienda hacer lo posible por alentar el diálogo: «que el niño vea que la muerte y el luto es un tema del que se puede hablar, tratar. Que no es un tabú ni un secreto. Y que otras personas de su edad han pasado por experiencias similares», concluye Roperti.

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