Voladura sin gallardía

El pronunciamiento light del president no evitará que Rajoy actúe y deja muy tocada la unidad del independentismo

ALBERTO AYALA

No. El president de la Generalitat, Carles Puigdemont, no pasará a la historia como el mártir que se inmoló políticamente por sus ideales independentistas. Tampoco por ser un político con una destreza dialéctica desconocida capaz de lograr lo imposible: cuadrar el círculo de contentar al Estado y a la CUP, los socios catalanes de Otegi. Quedará como algo bastante más vulgar: el sustituto (de Mas) que presuntamente lideró un ‘procés’ que en realidad dirigían otros (ERC y ANC), que ha conducido a Cataluña a un callejón de compleja salida y que ayer sintió miedo al abismo.

Las filtraciones de las que solemos vivir los periodistas iban esta vez perfectamente encaminadas. Puigdemont, sin un solo aliado internacional, no iba a hacer una Declaración Unilateral de Independencia (DUI) al uso. Menos a aprobarla en votación en el Parlament. ‘Lo que fuera’ se iba a dejar en suspenso, sometido a una moratoria, para dar tiempo al diálogo.

Y se cumplió el guión. Con un vago añadido: la suspensión del proceso hacia la república catalana será por «varias semanas» para intentar propiciar ese diálogo del todo inviable por, al menos, dos razones. Porque el soberanismo catalán hace tiempo que se situó fuera de la legalidad. Y porque sobre lo único de que quieren hablar Puigdemont y Junqueras es sobre la construcción de ese su nuevo estado.

Así que después de cientos de horas de reuniones y consultas, el president eligió una declaración implícita, no taxativa para evitar más problemas legales. Una pseudodeclaración de independencia para dar cumplimiento, dijo, al mandato ciudadano del 1-O de que «Cataluña se convierta en un Estado independiente en forma de república». Cita con las urnas en la que 2.044.000 catalanes apoyaron la ruptura con España, lo que apenas representa un 38,5% del censo.

De esta forma, Puigdemont consumaba una doble voladura. Primero con el Estado. Pero, además, la del propio bloque soberanista.

Los juegos de palabras no contentaron al Gobierno Rajoy, que tildó el pronunciamiento de «inadmisible» y avanzó «consecuencias» en las próximas horas. Previsiblemente, el presidente Rajoy adelantó anoche mismo esas medidas al líder socialista Pedro Sánchez en la reunión que ambos mantuvieron en La Moncloa. Hoy se oficializarán en un Consejo de Ministros extraordinario, según comunicó la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría.

La quiebra en el secesionismo se intuía desde que se retrasó el inicio del pleno una hora. La CUP mostró su absoluta desilusión porque sus compañeros de viaje, el PDeCAT y ERC, hubieran rechazado que el Parlament proclamara formalmente la independencia en votación. Sus juventudes, Arran, tildaron de «traidor» a Puigdemont, al igual que cientos de manifestantes ‘indepes’ que se habían concentrado en los alrededores del Parc de la Ciutadella y que tras escuchar el discurso del president se marcharon visiblemente enfadados.

El secesionismo intentó disimular la herida con la firma ‘in extremis’ por parte de los 72 parlamentarios soberanistas de una declaración de independencia sin valor legal. La CUP se retira del Parlament y deja al PDeCAT y ERC solos. Al menos hasta que ese texto se vote en la Cámara.

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