Viejos problemas del Athletic

Los rojiblancos son demasiado previsibles ante rivales como el Getafe, que son el 80% de los que van a visitar San Mamés

JON AGIRIANO

No hay un equipo en la Liga que sea más transparente que el Athletic en lo bueno y en lo malo. Sus virtudes y defectos los conoce todo el mundo. Se trata de una cuestión de personalidad. De una temporada a otra, el resto de las plantillas de Primera sufre cambios, ya sean ligeros retoques, mudanzas de tamaño medio o grandes transformaciones. Algunos equipos, de hecho, padecen metamorfosis tan radicales que uno no llega a reconocerlos, de la misma manera que no es capaz de reconocer una ‘goitibera’ en los impresionantes bólidos -yo juraría que los pilotos hablaban por radio en inglés con los ingenieros de su equipo desplegados en el pit lane- que el domingo bajaron por la cuesta de Zabalbide. El Athletic, por el contrario, apenas se altera. Frente a tanto rival voluble y tornadizo, representa la estabilidad, la permanencia. La mar en calma, podríamos decir, utilizando una metáfora marinera como las que Josu Urrutia desplegó ayer con profusión en su discurso en la basílica de Begoña.

Son ya dos temporadas sin fichar y las únicas novedades son los canteranos que ascienden o regresan tras una cesión, ninguno de los cuales acostumbra a tener, como es lógico, un impacto transformador nada más llegar al primer equipo. El Athletic, insistimos, no cambia y, como consecuencia de ello, tampoco varían la mayoría de los problemas a los que se enfrenta. El domingo pudimos ver perfectamente, una vez más, las dificultades que sufren los rojiblancos ante rivales serios y ordenados que se meten en su campo. Es decir, ante el 80% de los equipos que le visitan en San Mamés. De ahí que el partido nos dejara una inevitable sensación de ‘deja vú’. Todo lo que sucedió se había visto ya un montón de veces, sobre todo en las dos últimas temporadas. La única diferencia es que, en muchos de esos encuentros, el Athletic acabó logrando la victoria a base de amor propio, de insistencia y de Aritz Aduriz. Digamos que el desenlace de la narración fue distinto, pero la introducción y el nudo fueron los mismos.

Nadie puede dudar de que Ziganda se ha hecho un diagnóstico perfecto de la situación. Es más, siendo como es, estoy convencido de que ese diagnóstico lo hizo hace mucho tiempo, estando todavía en el filial. El navarro sabe perfectamente lo que ocurre y el tratamiento que necesita su paciente. Ahora bien, también sabe que aplicarlo no será fácil. Y es que el Athletic arrastra una serie de problemas de compleja resolución. Veamos los principales, los que todo el mundo pudo observar al primer vistazo en el partido contra el Getafe.

La salida de balón desde la defensa, por ejemplo. Lleva tiempo en estado defectuoso. A base de reducir los riesgos, se ha llegado un punto en el que es rarísimo ver que se comienza una jugada con un pase bien filtrado de los centrales, sobre todo Laporte, el más dotado para hacerlos. Dos años abusando del balón largo han hecho daño, tanto al equipo como al central francés, que ha perdido trascendencia. En el Athletic, cuando se empieza combinando desde atrás, suele hacerlo el medio centro que se retrasa hasta situarse entre los dos centrales. En general, esto termina provocando que haya más distancias entre líneas y que el equipo se demore con toques inocuos, sin riesgos. Y que, por tanto, el juego se ralentice demasiado y se vuelva previsible. Lograr una circulación más veloz y precisa es, por supuesto, el gran reto.

Hay otros dos problemas que podríamos llamar estructurales. Ante rivales bien pertrechados, Muniain es el único que aporta desborde entre líneas. Lo que sucede es que para ello debe jugar por dentro, es decir, abandonar la banda izquierda, que de ese modo queda hecha un erial ya que Balenziaga es básicamente un buen defensor a quien no se le puede pedir que aproveche esos espacios libres en el campo rival. Los rivales, por supuesto, lo agradecen. Un equipo escorado siempre es más fácil de desactivar. Evidentemente. Y queda una última cuestión, que cada vez será más delicada: la necesidad de dosificar a Aduriz y, en menor medida, a Raúl García, que tampoco está para jugar tres partidos por semana, como se vio el domingo. Sin sus hombres-gol, o con ellos entre algodones, el Athletic baja varios peldaños su nivel competitivo. En fin, que Ziganda tiene trabajo.

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