Víctimas, verdad y disenso

Nadie quiere preguntarse si el terrorismo y la derrota de ETA deben tener alguna consecuencia en la valoración del nacionalismo y su radicalidad

Joseba Arregi
JOSEBA ARREGI

En las semanas pasadas hemos podido revivir dos atentados terroristas de ETA que sucedieron hace algunos años, el largo secuestro y subsiguiente liberación de Ortega Lara, y la ejecución aplazada, revestida de secuestro y posterior asesinato, de Miguel Ángel Blanco. En ambos casos el verdugo fue ETA. Ambos hechos merecían toda nuestra atención, nuestra memoria, exigían y nos exigen actualizar el significado político de las víctimas primarias de ETA, los secuestrados y asesinados, y sobre la base de ese significado político extraer las consecuencias políticas para la construcción de nuestro futuro político.

La realidad ha sido otra: disputas, teatro, actitudes tacticistas, negacionismo, contradicciones, repetición de palabras, eslóganes y frases vacías, con los herederos de los acompañantes de los terroristas en el Congreso en Madrid, en el Parlamento vasco, en el Gobierno en Navarra sin condenar la historia de terror de ETA, y en los medios de comunicación diciéndonos que no van a entregarnos su cabeza política ni van a ayudar a aclarar asesinatos todavía no resueltos -Kubati, el asesino de Yoyes en El Correo-. Hablan con corrección de cabeza política, porque ETA mató por razones políticas, por un proyecto político radical nacionalista, pero nadie, repito, nadie quiere preguntarse si el terrorismo de ETA, y la derrota de ETA, deben tener alguna consecuencia en la valoración del nacionalismo en su conjunto y sobre todo en su radicalidad. Por mucho que la expresidenta del Parlamento vasco Izaskun Bilbao negara que ETA mataba en nombre del pueblo vasco, era ETA la que establecía la relación y no los críticos con el nacionalismo, y era el PNV quien establecía esa relación cuando sus líderes afirmaban que ETA y su terror eran fruto del conflicto vasco, y que solo la negociación, el pacto de Estella/Lizarra podía acabar con el terrorismo.

Hubo un tiempo en que se recurría al pluralismo de las distintas asociaciones y fundaciones de víctimas del terrorismo para negar a las víctimas de ETA significado político alguno, para negarles categoría política y la posibilidad de incidir en la definición de las políticas antiterroristas. Fue entonces cuando hubo que definir la verdad objetiva de las víctimas, una verdad que no depende ni de las asociaciones de víctimas, ni de lo que pensaban en vida las víctimas asesinadas: muchos tenían ideas contradictorias respecto a ETA y la forma de terminar con ella.

Esa verdad objetiva, la intención política de los verdugos, es indisponible y está escrita a sangre y fuego, literalmente, en cada uno de los asesinados. Pero incluso desde instancias merecedoras de todo nuestro reconocimiento como Gesto por la Paz se tuvo que recurrir a hablar de una condena prepolítica, exclusivamente ética y sin derivar en crítica a ninguna ideología política para incluir a los partidos nacionalistas en la crítica común: a las víctimas asesinadas de ETA se les arrebataba el aguijón político.

Así se convirtió en hábito exigir la unanimidad en la condena del terrorismo, aunque hubiera que pagar siempre el mismo precio, la negación en la práctica del significado político de las víctimas. Tras la impuesta renuncia de ETA a continuar con su violencia terrorista se dio a ETA por amortizada, se proclamó el inicio de un tiempo nuevo en el que ETA pertenecía al pasado, y al parecer también su vinculación con el nacionalismo radical. Había llegado el momento de establecer un relato de todas las víctimas, las de la Guerra Civil, las del franquismo, las de los abusos policiales, pues todas ellas eran iguales en el sufrimiento. Podemos continuar con las afirmaciones actuales de que no hay que destacar un nombre propio, pues hay que incluir a todas las víctimas. Se afirma que no hay que recordar a las víctimas de ETA si no es incluyendo a las víctimas de la Guerra Civil que yacen en las cunetas. Pero ni así se alcanza la unanimidad en la condena de toda violencia, de toda violación de los derechos humanos, del derecho más importante se dice, el derecho a la vida.

El precio de la verdad

En esa unanimidad se paga un precio, que es el precio de la verdad. Un líder del PNV afirmaba, tras negarse a respaldar alguna de las mociones propuestas en el contexto del aniversario de la ejecución de Miguel Ángel Blanco por ETA, que en el llamado ‘espíritu de Ermua’ se mezclaba el terrorismo con el conjunto del nacionalismo. Supongamos que se diera esa tentación. Lo que sí se dio después es la negativa a vincular terrorismo y nacionalismo radical por parte de quienes se habían llenado la boca diciendo que lo diferencial de ETA era el apoyo de buena parte de la sociedad vasca, su carácter de consecuencia del conflicto vasco.

Por todo ello, me atrevería a recomendar algo a las asociaciones y fundaciones de víctimas del terrorismo: rechazad la idea de la unanimidad y el consenso necesario para arropar (palabra aborrecible) a las víctimas, exigid el derecho al disenso, pues solo en el disenso de todas las falsas unanimidades y de todos los falsos consensos litúrgicos y rituales en los homenajes a las víctimas se podrá mantener la verdad política de las víctimas, que fueron asesinadas para poder hacer realidad un proyecto nacionalista radical, revestido de socialismo. Solo en el disenso será posible salvaguardar la verdad de que las víctimas fueron asesinadas porque ETA y su nacionalismo radical querían una comunidad política vasca sin libertad de conciencia, sin libertad de identidad, de sentimiento de pertenencia y que esa sociedad debe ser ilegítima.

Habrá que confiar en el trabajo de los historiadores universitarios, académicos y científicos para que escriban la historia, una historia que no responda a intereses partidistas, que no esté ideologizada de antemano. Dice Tony Judt que cuando se universaliza el victimismo ha llegado la hora de recordar a los verdugos, pues solo así recobraremos la memoria de las víctimas. Si no existieron los verdugos, las víctimas ya están condenadas al olvido. Y si no sabemos por qué mataron los verdugos, nunca se sabrá por qué hubo víctimas.

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