Víctimas fáciles

Una cosa es tener poca paciencia con los entrenadores y otra no tener ninguna

JON AGIRIANO

Con la destitución de Fran Escribá el lunes y la renuncia ayer en Las Palmas de Manolo Márquez, al parecer por problemas de «desubicación», ya son tres los entrenadores de Primera que no siguen en sus cargos. Y sólo han pasado seis jornadas. ¿Se están acortando los plazos de permanencia de los técnicos? Es evidente que sí. La tendencia es imparable. La pasada temporada ya vivimos una situación similar. Recordarán que Pako Ayestarán duró apenas cuatro partidos, los mismos que Zubeldía este año en el Alavés, antes de quedar achicharrado en la silla eléctrica de Mestalla, y que a Paco Jémez le fulminaron en el Granada en la sexta jornada. Hace dos años, en la campaña 2015-16, el margen de supervivencia era todavía algo mayor, aunque los banquillos ya empezaban a oler muy pronto a chamusquina. Paco Herrera en la Unión Deportiva Las Palmas, Lucas Alcaraz en el Levante y David Moyes en la Real fueron los tres primeros en caer. Lo hicieron en las jornadas 8, 9 y 11, respectivamente.

Es cierto que en España, como en otras latitudes meridionales, el oficio de entrenador siempre ha sido inestable. De hecho, esa volatilidad se aceptaba como una parte de la idiosincrasia de nuestro fútbol, tan pasional y epidérmico, tan diferente a otros como el inglés, donde había entrenadores que ocupaban un banquillo siendo mozos y seguían en él cuando ya tenían estatuas en las plazas y nietos en la universidad. Ahora bien, creo que esto se nos está yendo de las manos. Una cosa es tener poca paciencia con los técnicos, que es un error, y otra no tener ninguna, que es una completa estupidez, una reacción de niño consentido incapaz de asumir la más mínima frustración. O dicho de otra manera: incapaz de asumir que el fútbol en un juego, es decir, una actividad sujeta al azar, y que la responsabilidad del entrenador es la que es por mucho que algunos de ellos -qué daño están haciendo a su oficio- se crean el centro del universo y vayan por ahí prometiendo algo que nunca dependerá realmente de ellos: buenos resultados.

Dicho esto, resignémonos. El fútbol es ya como un circo romano, dominado por la televisión y las redes sociales. Necesita víctimas cada vez con más ansiedad y las primeras son los entrenadores. Que estén muy bien pagados no les libra de esa triste condición, aunque sea un consuelo.

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