Venir a menos

MANUEL ALCÁNTARA

Todo podía haber sido algo peor, porque ahora la muerte viaja en furgoneta y llega rápidamente a donde más se la espera. Los malditos terroristas, que quieren hacer un mundo más habitable cargándose a muchos de sus habitantes, lo tenían todo preparado para atentar en Barcelona atropellando inocentes de forma muy parecida a como lo hicieron en Las Ramblas. Por una vez, el azar, que es mucho más influyente en nuestras vidas que el destino y que el carácter, jugó a nuestro favor. Si les sale bien lo de Cambrils, el siniestro imán de Ripoll se estaría frotando las pecadoras manos. Otra vez será, dicen los yihadistas que amenazan con nuevos ataques si España no se retira de la coalición internacional que lidera Estados Unidos y que combate, con poca eficacia hasta ahora, al autodenominado Estado Islámico, mientras se difunden imágenes de Younes Abouyaaqoub, abatido el pasado miércoles, mientras llamaba «hermanos» a todos los asesinos. No se ha inventado el antídoto contra el fanatismo. Lo intentó Voltaire y lo único que logró fue que le llamaran volteriano.

Hay muchas furgonetas y muchos paseos marítimos, pero lo peor es que hay más criminales, mientras la Generalitat mantiene su disparatado plan de convocar el referéndum ilegal y el PNV apoya la iniciativa del PSOE y Podemos. El imán, hoy tristemente célebre, no era conocido cuando reclutaba adeptos. ¿Cómo son tan fáciles de convencer estos jóvenes desnortados? Ayer se reunió la comisión permanente para forzar el pleno, mientras medio mundo, que es más de la mitad, ha decidido venir a vernos para comprobar si somos de verdad o como creemos ser. Nuestro problema, no sabemos si el mayor, es de identidad. El historiador Américo Castro hizo lo que pudo y se fue cuando no podía más. Demasiado enigma para él sólo o en compañía de otros. En eso estamos. Todavía.

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